Bajo la sombra de un árbol, a las afueras de
la gran ciudad, un hombre tumbado en la hierba intenta alcanzar el descanso
cerrando los ojos mientras da las últimas caladas a un cigarro, pero su
esfuerzo es en vano, cuando de la nada una voz le grita desde lejos. Una mujer
con sombrero aparece a pocos metros del árbol y él puede deducir que algo de
ella le resulta familiar. La mujer se acerca lentamente abriéndose paso entre
la maleza y dice:
—¿No me recuerdas? ¿Acaso el
tiempo te ha obligado a olvidar?
El hombre se levanta de un salto
y sus ojos quedan presos de su presencia.
—No te atrevas a insinuar que tu
recuerdo ha rozado el olvido porque no es verdad. Me llegó la noticia de que
mientras me consolabas en tus brazos, no era el único al que le concedías algún
baile.
La mujer se empieza a ruborizar y
sus pensamientos la transportan a siete años atrás.
—¿Acaso lo fui yo?
Responden como si estuviesen
moviendo las piezas de un tablero de ajedrez. Se miran sorprendidos y
desafiantes.
El hombre apaga su cigarrillo en
la suela de su zapato y se acerca a la mujer que, desconfiada, da unos pasos
atrás, mientras que él no deja de acercarse hasta sentir su aliento en la piel.
—Te quise de verdad, sin
condiciones. Aprendí a jugar con tus reglas pensando que sería lo más fácil
para conquistar tu corazón y, sin embargo, a lo único que me ha llevado es a la
locura, a la desesperación y a envejecer. Quien ama sufre y yo sufrí. ¿O es que
no ves mi aspecto? Pero aun así te querré siempre, aunque no puedas
corresponderme.
La mujer, compungida, sabe que lo
siente de verdad, pero no quiere aceptarlo y sigue con la conversación.
—¿Me estás culpando por tu
aspecto? No es el amor el culpable de tu aspecto: lo es la obsesión, la llama
que te esfuerzas por mantener ardiente, además de los cigarros que sostienes
entre tus labios mientras dibujas mi rostro en un papel.
Sorprendido, el hombre esconde
los bocetos de aquella mujer retratada rápidamente en su bolsillo y, aunque se
siente feliz por saber que ella todavía recuerda algo suyo, no quiere perder la
oportunidad de oírlo de su boca.
—¿Cómo sabes que te dibujo en un
papel?
La mujer, sin pensarlo ni un
segundo, responde con sinceridad:
—Desde que te conozco es lo único
que haces: dibujas lo bello, como cuando me vestía o me maquillaba frente a un
espejo o incluso cuando en la penumbra me desnudaba a tus espaldas. Te has
quedado allí, atrapado, y por eso no has cambiado. Al igual que tú plasmas
aquello que quieres recordar, yo también. Dejé nuestro recuerdo intacto, porque
te quise, pero, como a todos los demás, nunca privé de mi amor a nadie. La
belleza del amor reside en que perdure y para que eso ocurra hay que saber
parar y aceptar su final. ¿No crees que pintar encima de un dibujo puede
estropearlo? No hay razón para que no busques el amor en otro lugar. No tendrás
ni que buscarlo, porque si yo no me pude resistir a tus encantos, ¿quién podrá?
El hombre, de rodillas, suplica a
la mujer con interés, diciendo:
—¿De qué me sirve haberte
conocido si no puedo estar contigo? ¿De qué me sirve el aire si ya no lo voy a
necesitar para amar? ¿De qué me sirven los ojos si ya no voy a verte más? ¿Será
más bello lo que me queda por vivir que lo que ya he vivido?
¿Y si mi vida es un cuadro...?
La mujer replica al instante:
—Podrás pintarme en él y tenerme
para siempre.
La mujer se queda muda y el
hombre se aproxima a ella cada vez más para poder rozar su mano, pero ella se
niega a revivir la historia, porque si la toca de nuevo, puede estropear tanto
el principio como el final.
Al borde del precipicio que
separa el recuerdo del olvido, ambos negaron haberse conocido y, separando sus
caminos, se prometieron la eternidad.