17/1/26

Desconocerte [Inés Soledad]

Perdida en el laberinto de calles, por ser incapaz de encontrarme en el del corazón, alcancé a reconocer en la lejanía a un extraño. Durante unos instantes, me quedé varada en mitad de una calle cualquiera, siendo por primera vez dolorosamente consciente de esa figura tan familiar que parecía desdibujarse entre el bullicio.

Y es que lo conozco todo de ese extraño. Tonterías como el hecho de que ese «llego en cinco minutos» siempre se terminaba convirtiendo en un «llego en diez»; esa manía de restarle importancia a lo que de verdad la tenía; ese brillo que parecía desprender cada vez que entraba en una estancia y la iluminaba entera con la mirada; ese escribir prosa y terminar escribiendo en verso, enredados entre tercetos y cuartetos.

«Tú no eras así», pienso mientras vuelvo a observarte en la distancia. «Has cambiado de corazón».

Y es que es cierto. Tú no eras así. Yo tampoco.

Eres un espejo en el que no me reconozco. No me reconozco en esas súplicas silenciosas y a gritos; en esas promesas vacías con fecha de caducidad; en ese quedarme cuando lo único que deseaba era irme, huir sin mirar atrás.

Y es que deberían existir palabras para nombrar esto: desconocer a alguien. Desconocer sus gestos, sus costumbres, sus silencios e incluso sus miradas. Desconocer la forma exacta en que dolía perderlo todo sin perder nada.

Cruzamos nuestras miradas un instante. Solo uno. El suficiente para reconocernos entre recuerdos, ausencias, años y capas de sentimientos.

Las palabras mueren en mis labios. Nunca deberían haber nacido en ellos.

Y ahí estoy de nuevo, perdida en el laberinto, entre calles sin nombre, decisiones equivocadas y fantasmas en cada esquina que me susurran que no todos los laberintos tienen salida.

 

Cerrar la puerta [Inés Soledad]

La risa brota de mis labios sin gracia. Y no, no te lo digo, porque sé que lo sabes; sabes cómo te miro, sabes cuál es el sentimiento que me atraviesa el pecho y las entrañas. Me vacié del todo, hasta casi no ser capaz de reconocerme en el espejo. Derramé una y mil lágrimas por un amor condenado a cadena perpetua, al exilio, y esperé frente a esa puerta, tu puerta, hasta que comprendí que el portazo era inevitable. No pude arrancarme el corazón del pecho, pero si hubiera podido, lo habría hecho.

—Vale —respondo sin respuesta—. Vale.

No me importa que no me creas. Ya no.

Quizá porque creer o no dejó de ser hace tiempo el eje de esta historia. Lo fue durante un tiempo, cuando todavía las palabras podían enmendar hechos, convertir el condicional en presente, las promesas en aviones de papel.

Ahora no.

Ahora ya solo queda este silencio suspendido en el aire, como preludio de una despedida que, esta vez, sí llega. Y es todo lo que siempre imaginé: dolor lacerante en el centro del pecho; pequeñas cápsulas que en su interior prometen albergar una calma que no llega; gritos y golpes frente a tu puerta; huidas a medianoche para recorrer esas calles vacías en las que una vez yo confesé verdades a medias y tú, mentiras a medias.

Me arranco el corazón una vez más y, entre tiritas y con aguja e hilo, logro coser los retazos de una historia que va dejando un rastro rojizo a su paso.

Y dejo de llamar, de escribir, de llorar, de prometer, de mentir, de esperar frente a tu puerta. Esta vez cierro la mía. Cierro mi puerta.

Quizá nunca debería haberla abierto...

Vivir con el cinturón de seguridad abrochado [Inés Soledad]

 Si la vida fuese como sacarse el carnet de conducir, las cosas serían infinitamente más sencillas de lo que son ahora. Una parte teórica construida a partir de cuatro conceptos bien aprendidos y que nos empeñamos en repetir de forma casi automática: «lo que tienes que hacer es», «ahora gira hacia la derecha», «abróchate muy fuerte el cinturón de seguridad». Y luego está la otra parte: la práctica, donde el profesor no deja de agarrar el volante por miedo a que la caída llegue incluso antes de alzar el vuelo.

Un par de meses más tarde, sales de la academia con el carnet en la mano. «¡Ya sé conducir!», exclamas, con la ilusión burbujeando en la boca del estómago.

Cuando subes solo al coche por primera vez, te abrochas el cinturón de seguridad sin apenas pensarlo. Tiras de la cinta hasta escuchar el clic y asumes que así es como se hacen las cosas.

«Por precaución».

«Por si pasa algo».

«Nunca se sabe», te excusas.

Y conduces.

Sales a la carretera confiando en que con eso basta. Que mientras conduzcas en línea recta y sin acelerar, todo irá bien.

Pero pasan los meses. Y empiezas a notar que no todos los trayectos son iguales. Que hay pendientes demasiado inclinadas que no estaban en el mapa. Que algunas personas frenan sin previo aviso. Que hay días en los que el asfalto resbala aunque el cielo esté despejado.

Y te aprietas el cinturón. Vuelves a utilizar las mismas excusas de siempre: «por precaución», «por si pasa algo», «nunca se sabe».

Y aprendes a vivir con el cinturón de seguridad abrochado. A conducir con cautela. A no acercarte demasiado a nadie. A mantener las manos firmes en el volante y el corazón bien sujeto para que no salga despedido, herido.

A veces fantaseas con asomarte por la ventanilla, rozar con las puntas de los dedos los rayos incandescentes del sol, la brisa salada del mar.

Pero no lo haces.

No puedes permitirte distraerte.

Hasta que llega el golpe.

El diagnóstico es contundente: siniestro total.

«¿Toda la vida viviendo con el cinturón de seguridad puesto para esto?», te preguntas, incrédula.

Te desabrochas el cinturón de seguridad.

Y, por primera vez, no sabes si es demasiado tarde o si, al fin, acabas de aprender a conducir, a vivir de verdad.

Bailar con fantasmas [Inés Soledad]

—No importa —logro murmurar con un hilo de voz—. No importa.

Y es cierto. No importa. Nunca importó entregarlo todo —mi cuerpo, mi corazón y estas letras— a cambio de una oportunidad disfrazada de herida. Nunca importaron las noches en vela en las que, ahogándome en lágrimas de cristal luchaba por salir a la superficie, por seguir nadando. Nunca importó vivir al borde del abismo, a una palabra de caer al vacío, a un espejismo de adornar un cuerpo con más heridas sobre cicatrices. Nada de eso importó.

A ti no.

Porque luego estaba yo. Desdibujada entre las gotas de lluvia, rota en pedazos y con la mirada puesta en el cielo intentando pedir un deseo a esas estrellas que parecían ser el único faro en medio de tanto dolor, tanta oscuridad. Y lo pedí una, mil veces, gritando, llorando, suplicando, susurrando, en silencio.

Y el brillo se apagó. Todos se fueron sin mirar atrás.

Ojalá yo también pudiera hacerlo. Bailar con fantasmas es más fácil cuando sabes que desaparecerán al amanecer.