—No importa —logro murmurar con un hilo de voz—. No importa.
Y es cierto. No importa. Nunca importó entregarlo todo —mi cuerpo, mi corazón y estas letras— a cambio de una oportunidad disfrazada de herida. Nunca importaron las noches en vela en las que, ahogándome en lágrimas de cristal luchaba por salir a la superficie, por seguir nadando. Nunca importó vivir al borde del abismo, a una palabra de caer al vacío, a un espejismo de adornar un cuerpo con más heridas sobre cicatrices. Nada de eso importó.
A ti no.
Porque luego estaba yo. Desdibujada entre las gotas de lluvia, rota en pedazos y con la mirada puesta en el cielo intentando pedir un deseo a esas estrellas que parecían ser el único faro en medio de tanto dolor, tanta oscuridad. Y lo pedí una, mil veces, gritando, llorando, suplicando, susurrando, en silencio.
Y el brillo se apagó. Todos se fueron sin mirar atrás.
Ojalá yo también pudiera hacerlo. Bailar con fantasmas es más fácil cuando sabes que desaparecerán al amanecer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario