Perdida en el laberinto de calles, por ser incapaz de encontrarme en el del corazón, alcancé a reconocer en la lejanía a un extraño. Durante unos instantes, me quedé varada en mitad de una calle cualquiera, siendo por primera vez dolorosamente consciente de esa figura tan familiar que parecía desdibujarse entre el bullicio.
Y es que lo conozco todo de ese extraño. Tonterías como el hecho de que ese «llego en cinco minutos» siempre se terminaba convirtiendo en un «llego en diez»; esa manía de restarle importancia a lo que de verdad la tenía; ese brillo que parecía desprender cada vez que entraba en una estancia y la iluminaba entera con la mirada; ese escribir prosa y terminar escribiendo en verso, enredados entre tercetos y cuartetos.
«Tú no eras así», pienso mientras vuelvo a observarte en la distancia. «Has cambiado de corazón».
Y es que es cierto. Tú no eras así. Yo tampoco.
Eres un espejo en el que no me reconozco. No me reconozco en esas súplicas silenciosas y a gritos; en esas promesas vacías con fecha de caducidad; en ese quedarme cuando lo único que deseaba era irme, huir sin mirar atrás.
Y es que deberían existir palabras para nombrar esto: desconocer a alguien. Desconocer sus gestos, sus costumbres, sus silencios e incluso sus miradas. Desconocer la forma exacta en que dolía perderlo todo sin perder nada.
Cruzamos nuestras miradas un instante. Solo uno. El suficiente para reconocernos entre recuerdos, ausencias, años y capas de sentimientos.
Las palabras mueren en mis labios. Nunca deberían haber nacido en ellos.
Y ahí estoy de nuevo, perdida en el laberinto, entre calles sin nombre, decisiones equivocadas y fantasmas en cada esquina que me susurran que no todos los laberintos tienen salida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario