17/1/26

Vivir con el cinturón de seguridad abrochado [Inés Soledad]

 Si la vida fuese como sacarse el carnet de conducir, las cosas serían infinitamente más sencillas de lo que son ahora. Una parte teórica construida a partir de cuatro conceptos bien aprendidos y que nos empeñamos en repetir de forma casi automática: «lo que tienes que hacer es», «ahora gira hacia la derecha», «abróchate muy fuerte el cinturón de seguridad». Y luego está la otra parte: la práctica, donde el profesor no deja de agarrar el volante por miedo a que la caída llegue incluso antes de alzar el vuelo.

Un par de meses más tarde, sales de la academia con el carnet en la mano. «¡Ya sé conducir!», exclamas, con la ilusión burbujeando en la boca del estómago.

Cuando subes solo al coche por primera vez, te abrochas el cinturón de seguridad sin apenas pensarlo. Tiras de la cinta hasta escuchar el clic y asumes que así es como se hacen las cosas.

«Por precaución».

«Por si pasa algo».

«Nunca se sabe», te excusas.

Y conduces.

Sales a la carretera confiando en que con eso basta. Que mientras conduzcas en línea recta y sin acelerar, todo irá bien.

Pero pasan los meses. Y empiezas a notar que no todos los trayectos son iguales. Que hay pendientes demasiado inclinadas que no estaban en el mapa. Que algunas personas frenan sin previo aviso. Que hay días en los que el asfalto resbala aunque el cielo esté despejado.

Y te aprietas el cinturón. Vuelves a utilizar las mismas excusas de siempre: «por precaución», «por si pasa algo», «nunca se sabe».

Y aprendes a vivir con el cinturón de seguridad abrochado. A conducir con cautela. A no acercarte demasiado a nadie. A mantener las manos firmes en el volante y el corazón bien sujeto para que no salga despedido, herido.

A veces fantaseas con asomarte por la ventanilla, rozar con las puntas de los dedos los rayos incandescentes del sol, la brisa salada del mar.

Pero no lo haces.

No puedes permitirte distraerte.

Hasta que llega el golpe.

El diagnóstico es contundente: siniestro total.

«¿Toda la vida viviendo con el cinturón de seguridad puesto para esto?», te preguntas, incrédula.

Te desabrochas el cinturón de seguridad.

Y, por primera vez, no sabes si es demasiado tarde o si, al fin, acabas de aprender a conducir, a vivir de verdad.

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