17/1/26

Cerrar la puerta [Inés Soledad]

La risa brota de mis labios sin gracia. Y no, no te lo digo, porque sé que lo sabes; sabes cómo te miro, sabes cuál es el sentimiento que me atraviesa el pecho y las entrañas. Me vacié del todo, hasta casi no ser capaz de reconocerme en el espejo. Derramé una y mil lágrimas por un amor condenado a cadena perpetua, al exilio, y esperé frente a esa puerta, tu puerta, hasta que comprendí que el portazo era inevitable. No pude arrancarme el corazón del pecho, pero si hubiera podido, lo habría hecho.

—Vale —respondo sin respuesta—. Vale.

No me importa que no me creas. Ya no.

Quizá porque creer o no dejó de ser hace tiempo el eje de esta historia. Lo fue durante un tiempo, cuando todavía las palabras podían enmendar hechos, convertir el condicional en presente, las promesas en aviones de papel.

Ahora no.

Ahora ya solo queda este silencio suspendido en el aire, como preludio de una despedida que, esta vez, sí llega. Y es todo lo que siempre imaginé: dolor lacerante en el centro del pecho; pequeñas cápsulas que en su interior prometen albergar una calma que no llega; gritos y golpes frente a tu puerta; huidas a medianoche para recorrer esas calles vacías en las que una vez yo confesé verdades a medias y tú, mentiras a medias.

Me arranco el corazón una vez más y, entre tiritas y con aguja e hilo, logro coser los retazos de una historia que va dejando un rastro rojizo a su paso.

Y dejo de llamar, de escribir, de llorar, de prometer, de mentir, de esperar frente a tu puerta. Esta vez cierro la mía. Cierro mi puerta.

Quizá nunca debería haberla abierto...

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