—En honor a la víspera de vuestras nupcias, aquí va una nueva composición, Majestad.
»“Érase una vez” es el comienzo de todas las historias bonitas —comenzó el bardo mientras deslizaba sus dedos por el laúd—. Entonces, ¿cómo empezamos aquellas que no lo son? La siguiente canción es triste y no es bella, aunque se debe escuchar con el corazón.
El rey ladeó la cabeza y entornó sus negros ojos, escuchando con atención las palabras del intérprete y analizando cuidadosamente el roce de cada cuerda, cada nota que se entrelazaba con la melodía de su voz grave.
—Siglos atrás, en Trolión, vivía Diocles, anciano ciego de una aldea. Tenía por costumbre sentarse junto a la puerta de su humilde cabaña para escuchar lo que ocurría en las calles. Su oído fino captaba todo; el trino de un pajarillo recién nacido en su nido, el murmullo del río que corría al otro lado del lugar, el hacha del verdugo impactar sobre la madera en la plaza del pueblo en los días de justicia popular… Si se levantaba del taburete de tres patas, su escucha mágica atravesaba kilómetros de campiña y le permitía oír a los amantes escapando juntos del destino, al viajero sorprendido por ladrones en medio del camino, al pastor de ovejas cantar y golpear las piedras con sus animados ritmos… Las espadas de los hombres guerrilleros eran también frecuentes sonidos. Es por esto último que dejó de hacer aquello de levantarse y oír a lo lejos, pues no quería plantearse la suerte de aquellos que proferían tales gritos.
»Una mañana, sin saber muy bien por qué, se incorporó costosamente y esperó, atento a sus oídos. Dejó de escuchar a los pájaros y al río y se concentró en hallar los desagradables y metálicos ruidos.
»Aquella misma noche, al venir de trabajar sus hijos, les hizo sentarse a la mesa.
—Hijos míos —fue lo primero que dijo—, os querría tener siempre conmigo, pero hoy hay algo que debo pediros. Sabed que desde que tengo memoria, en la lejanía, hay gentes que se pelean cada día y mi conciencia ya no está tranquila. Antes lo dejaba pasar, ignorando el motivo; pero esta mañana he podido escuchar una conversación, una rencilla, y ahora conozco el porqué: esta guerra suya se trata de una gran lucha por una joya—. El hombre suspiró, cansado, tomó vino y prosiguió la apelación—. Me gustaría, hijos míos, que uno fuera a solucionar estas trifulcas tan inútiles y brutales.
—Pero, padre —respondió Orsíloco, intentando entender lo que Diocles requería—, ¡cómo se puede solucionar un enfrentamiento empezado tantos años atrás!
—Lo podría intentar, padre —respondió, sin embargo, el hermano gemelo, Cretón— pero no confíe en el éxito de tan descabellado plan.
—Te acompañaré por cortesía, hermano —habló Orsíloco, el magnánimo—. Si vas, cuenta con mi espada para tratar de detener esa triste guerra, por muy infructíferos que resulten nuestros esfuerzos al final.
»Y así fue cómo ambos hermanos marcharon, dirigiéndose al oeste, el lugar del metal. Cuando llegaron, no creían la barbarie que sus ojos les mostraba: hermanos que luchaban instigados por sus padres, hombres fuera de sí que vociferaban y se golpeaban con sus aceros sin ninguna clase de piedad ni mesura… Cretón se giró justo a tiempo de ver a un hombre de largos cabellos descuartizar a otro y despojarlo después de sus armas. Orsíloco no podía apartar la vista de un loco que, subido a un carro de caballos, arrastraba el cadáver de su adversario por el campo de batalla.
»A los lados de aquel horrible panorama, las mujeres estaban sentadas con rostros vacíos y apagados, mirando al horizonte sin ver absolutamente nada. Orsíloco se acercó a una muchacha cuyos ojos marrones no prestaban atención a los horrores de la batalla; simplemente permanecía sentada en la silla de madera parda, quieta y callada, dejando pasar las horas largas e ignorando los combates que frente a ella y sus compañeras los hombres libraban.
—Disculpe, bella dama, ¿cuánto tiempo lleva aquí sentada?
»Como si de un trance despertara, su rostro se iluminó al escuchar palabras claras. Se giró al caballero Orsíloco y le costó articular palabra con su voz agrietada.
—Incontables años, señor. Desde que los hombres decidieron cruzar su espada.
—¿No fue eso hace mucho, cuando usted ni siquiera en esta tierra estaba? —inquirió Cretón al escucharla; no podía ser tan joven como para haber presenciado todos los años de batalla.
—¡Oh, por supuesto que fue hace muchos, muchísimos años, pero yo la tierra de Trolión sí que la pisaba! Verá usted, señor, desde el primer choque de metal, los días para nosotros no pasan. Aquí esperamos las mujeres a que uno de estos gane la joya y el resto de nosotras podamos ser desposadas.
—¿Cómo es eso, qué relación tiene un adorno cualquiera con la mano de tantas doncellas?
—¡No os atreváis a referiros así a la joya del ocaso, forasteros del este! —gritó un luchador embrutecido, dirigiéndose a ellos con la espada. Sin embargo, apenas se les hubo acercado fue abatido por una lanza.
—Les aconsejo que vayan hacia el oeste de este descampado y vean ustedes mismos la joya de la que hablan —murmuró la doncella, resignada.
»Cretón y Orsíloco le hicieron caso y siguieron el rumbo del sol hasta llegar al fin de aquel campo, donde el gran astro se escondía tras una muralla dorada. En lo alto, sobre un trono, estaba dicha joya. Pero no era una joya, sino Helena, divina dama.
»Incluso desde la distancia pudieron apreciar que no había otra en belleza igual. Rostro frío de blancas mejillas, sus ojos de miel contemplaban la batalla. El pelo se doraba con el sol a sus espaldas y el viento que lo agitaba expandía por los campos su fragancia de rosas y dalias. Los labios tenían un tono carmesí tan fuerte que dañaba la vista de quien lo miraba.
—¿Qué tenéis vos que ver con el combate, hermosa diosa áurea, que lo contempláis desde ahí arriba sentada?
»Ella los miró de soslayo antes de volver a fijar su vista en la contienda. Cuando pensaban que no replicaría, sus labios se entreabrieron para hablar casi cantando, entonando dulces sonidos más que verdaderas palabras.
—Siempre es por mi causa y yo jamás hago nada—, suspiró, sacudiendo su cabellera con la barbilla elevada. —Ya que lo preguntáis, valientes hermanos, os lo contaré: con uno de estos combatientes, un rey, yo iba a estar casada. Sin embargo, apareció otro pretendiente y —dejó escapar una risa suave y amarga—, antes de darme cuenta, creyó que de él estaba enamorada. Se enzarzaron en una pelea mientras yo observaba, decidida a amar a quien probara ser digno con su espada. No pasó mucho tiempo cuando otros hombres, viéndome aquí sentada, intentaron también probarse a sí mismos para hacerme ver que debía marchar con ellos. Al ser yo el premio y estar esperando en la muralla del poniente adquirí el título de «joya del ocaso» y pronto toda la región quedó absorta en esta interminable batalla. Los animales pararon, las aguas callaron y los años huyeron de los integrantes de una guerra fratricida por el amor de la Helena divina. Así que aquí espero, pero no confío siquiera en que haya un desenlace para esta desgracia; la creo infinita.
—¿No habéis considerado, vos que amapolas tenéis en las mejillas, que si eligierais a uno y lo anunciarais vencedor de la justa este conflicto terminaría?
»En los ojos melosos de Helena, las pupilas se tornaron cristalinas.
—Noble caballero, se me ha enseñado siempre que Helena no tiene opción, sino que desposará al que el destino decida.
»Antes de que Cretón y Orsíloco pudiesen seguir hablando con la dama maldita por la belleza femenina, apareció un guerrero a sus espaldas y los asesinó sin dudar un segundo en cuanto los vio dirigirse a la Helena divina. Los gemelos gritaron al unísono y, también al mismo tiempo, los recogió la Muerte tras una dolorosa agonía.
»A unos kilómetros, en la lejanía, Diocles se dejó caer en su taburete, maldiciendo su prodigiosa escucha de noticias.
»Los ojos negros del monarca parpadearon varias veces cuando se dio cuenta de que la canción había finalizado.
—¿Eso es todo, bardo? ¿Qué pasó después? —inquirió, intrigado.
—No se sabe, Majestad. Todo dependía de la dama Helena—. Al pronunciar estas últimas palabras, la mirada del artista se dirigió momentáneamente a la prometida del rey, cuya vista empañada por algunas lágrimas silenciosas estaba clavada en sus manos—. A pesar de que ella afirmaba no tener elección.
«Y de Diocles nacieron después dos hermanos gemelos, muy expertos en guerras, Cretón y el magnánimo Orsíloco. Embarcaron muy jóvenes ambos en negros navíos; con los dánaos se fueron a Ilión la de hermosos corceles, […], pero los envolvió con sus velos la muerte».
—La Ilíada, Homero («Canto V»).