Dejé que mis pies descalzos se deslizaran por el suelo lleno de escarcha. Los copos de nieve mojaban mi vestido de seda blanca. Y allí, descalza y empapada, por fin me sentí como un hada.
Notaba mis dedos congelarse y a cada paso que daba, sentía que resbalaba. Pero, a pesar de todo, fui capaz de avanzar con el viento, la nieve y la escurridiza hierba escarchada. Poco a poco, creí que mejoraba; que el ser de orejas puntiagudas con sus alitas finas volaba.
Puede que mis intentos fuesen inútiles. Que jamás lograra alzarme con mis ropas mojadas. Aun así, contemplaba el bosque blanco, maravillada. Por mucho que temblara o complicado que me resultara, mi vista estaba clavada en el cielo y en los copos de nieve, escuchando las melodías que a mi alrededor se cantaban.
No me quejé cuando caí al suelo húmedo y cristalino, ni tampoco cuando las ramas permitieron que el vestido blanco se rasgara. Me levanté y aquí sigo, caminando con la mirada elevada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario