La mañana comenzaba con un resplandor frío, de esos que parecen barnizar los ventanales de los edificios altos con una pátina de hielo líquido.
En el rascacielos donde se grababa el saturday night live matinal de ¡Buenos días, nación!, Jonás cruzó el vestíbulo como si la alfombra roja se desplegara ante él, aunque en realidad fuese lunes y el café aún no hubiese hecho su magia.
El presentador más caro del país avanzaba con el mentón erguido, el abrigo de cachemir gris ondeando a su espalda como una bandera.
Sus asistentes se apartaban a su paso. No porque lo admirasen, sino porque lo temían. Él lo sabía y le encantaba. Era la clase de vanidad que consumía como combustible de lujo.
Dentro del estudio, una productora le entregó un guion. Jonás lo recibió con dos dedos, como si el papel pudiera ensuciarlo.
—Está lleno de anotaciones… —torció el labio—. ¿Quién te enseñó a redactar? ¿Un granjero?
La mujer enrojeció y murmuró una disculpa casi inaudible. Jonás ni la escuchó; ya había girado sobre sus zapatos italianos para corregirle el maquillaje a otra asistente. Con gesto perezoso, le alzó la barbilla y dijo:
—Ese delineado te hace parecer cansada. Y ya tienes bastantes problemas por tu cuenta, cariño.
La muchacha retiró la mirada. Jonás continuó su ronda de comentarios despectivos igual que un escultor en mármol que jamás está contento con su obra. Cualquier cosa que no fuera él mismo le parecía un borrador mal hecho.
Su equipo estaba compuesto solo por mujeres. Él presumía de ello como si fuese un logro magnánimo, un gesto casi filantrópico. Pero en realidad era un enjambre de quejas, demandas abandonadas por falta de pruebas, lágrimas apagadas en los baños. Jonás no daba limosna emocional y si alguna de sus trabajadoras insinuaba incomodidad, él se encogía de hombros. «Así es este negocio», solía decir.
En el camerino, mientras los focos blanqueaban su piel perfecta contrastando con su americana gris, se miró al espejo con una sonrisa que pretendía ser elegante y terminaba pareciendo una confesión de narcisismo.
«Soy una pieza única. Un tesoro nacional. Uno de los pocos hombres que pueden sostener un programa entero sobre sus hombros», se felicitó en silencio mientras ajustaba la solapa de su chaqueta azul marino.
Detrás de él, Daisy apareció con su habitual carpeta roja. Ella era la más eficiente del equipo y era en una fiesta donde Jonás la había conocido, aunque para él solo era una más en su colección de figuras decorativas.
—Jonás, la reunión con los patrocinadores es en diez minutos —anunció.
—Perfecto. Diez minutos más para que el país disfrute de mi cara —respondió él con un brillo insolente en los ojos.
Ella no contestó. Solo se ajustó la falda negra y regresó a su puesto.
Diciembre irrumpió con sus luces colgadas en todas las avenidas y el edificio entero parecía haberse vestido de gala.
Jonás recibió la llamada más esperada desde que obtuvo su primer contrato televisivo.
—Queremos que presentes el Gran Acto de Año Nuevo —dijo la voz del director general—. El país entero te verá.
Jonás sintió un cosquilleo parecido a la ambición multiplicada. Era el último hito, la joya de su corona dorada.
—Naturalmente, aceptaré —contestó sin contener una sonrisa victoriosa—. Era cuestión de tiempo.
Colgó y se alisó la camisa, aunque ya estaba perfecta.
Por fin.
«La noche donde todo el país se viste de lentejuelas para mirarme a mí. ¡Qué bien suena!». Su ego, ya exorbitante, infló su pecho como si fuese un globo atado por una cuerda demasiado fina.
Para celebrarse a sí mismo, entró en una tienda de lujo cuyos escaparates parecían vitrinas de joyería. Allí eligió un traje verde confeccionado con lana fina y reflejos casi esmeralda. El chaleco era de tono un poco más claro, los pantalones estrechos, la americana casi teatral.
Todo había sido pensado para ser inolvidable.
—Lo estrenaré en la noche más vista del año —le dijo a la dependienta, que asentía, tratando de mantener el tipo.
Amaneció el 31 con un cielo de plata que parecía anunciar un día épico. Jonás se levantó mucho antes del amanecer, incapaz de dormir por la emoción. Se duchó como quien se purifica para un ritual y dejó que el agua resbalara sobre su torso con una lentitud ceremoniosa.
Luego abrió la caja donde reposaba su traje verde. Pasó los dedos por la tela, apreciando la textura suave y el brillo casi felino.
—Mi obra maestra —susurró.
Se vistió despacio: camisa blanca impecable, chaleco verde claro, americana de esmeralda profunda, pantalón ceñido, zapatos negros lustrados como obsidiana. Hizo nudos dobles, ajustes milimétricos. Una coreografía entre él y el espejo.
Cuando salió, la calle estaba saturada de coches. Una marea de luces rojas.
—Genial —bufó—. Toda esta gente debería quedarse en casa mirándome luego, no obstaculizando mi camino.
El atasco fue infernal. Jonás golpeó el volante varias veces, insultó en voz alta y en voz baja, sudó fría rabia.
«Tengo que llegar. No puedo quedar como un aficionado que llega tarde. ¡Soy Jonás Medina, por favor!».
Llegó corriendo al edificio, casi sin aliento. Le quedaban diez minutos para maquillarse y cinco para ocupar posición en el set.
Daisy lo esperaba junto a los focos con un auricular y un vestido deslumbrante de lentejuelas rojas, bordeado de borrego blanco que quedaba delicioso con su piel dorada.
—Jonás, estás… casi a punto —dijo con incertidumbre.
—Obviamente. Traje nuevo, carrera imbatible. Todo perfecto.
Ella lo miró con los ojos entrecerrados. Dio un paso adelante.
—Jonás… ese traje…
—¿Qué pasa con él? —respondió él, irritado por anticipado.
—Es… del mismo verde que la pantalla verde del set.
Él parpadeó. Ella tragó saliva.
—Si vas así, Jonás… —añadió— vas a parecer una cabeza flotante. Y… brazos flotantes. Y probablemente un fantasma sin torso. Los gráficos se comerán tu cuerpo entero.
Un silencio que parecía tener bordes afilados se expandió entre los dos.
—¿Qué? —dijo Jonás, con la voz quebrándose como cristal helado—. ¿Estás bromeando?
—¡Ojalá!. Pero no. Mira.
Abrió un monitor de pruebas. En él, su traje era un agujero negro donde se proyectaban imágenes aleatorias.
No. No. No.
«No puedo arruinar mi noche. No puedo presentarme como un truco mal ejecutado. Tengo que tener cuerpo. Tengo que existir. El país entero debe verme entero».
Jonás comenzó a marearse.
—No hay tiempo para ir a una tienda… —susurró Daisy.
—¡Pues inventa una solución! —gritó él.
Ella respiró hondo. Y entonces él la miró como quien observa un salvavidas flotando.
—Daisy. Dame tu ropa.
—¿Qué? ¡No! Jonás, eso no… ¡Es un vestido! ¡Y es muy corto! ¡Llevo medias, tacones…!
—Y un gorro navideño que combina perfecto con la escenografía —añadió él con brusquedad—. Daisy, no es una petición. Es una orden. No puedo salir desnudo en televisión. Tendrás que usar mi traje.
—Pero… —ella lo miró horrorizada—. ¿Quieres que… que tú…?
—Sí. Dame todo. Medias. Tacones. Sujetador incluido. ¡Vamos!
Daisy protestó durante dos minutos completos. Pero él insistió, empujado por el pánico y su sentido absoluto de derecho divino. Al final, ella, derrotada por la urgencia, accedió.
Entraron al camerino. Ella le entregó su ropa con resignación exasperada.
—Ten cuidado con las lentejuelas. Son delicadas.
—Más delicado soy yo —respondió él, empezando a quitarse la chaqueta mientras Daisy se tapaba los ojos.
El proceso fue caótico. Jonás resoplaba, sudaba, maldecía. Las medias eran un desafío atlético. El sujetador un rompecabezas. El vestido ajustado lo dejó sin aire.
El gorro navideño coronó el desastre.
Cuando salió, Daisy soltó una risa involuntaria.
—Pareces… —ella buscó una palabra diplomática— festivo.
—Pareceré un héroe nacional cuando termine esto —gruñó Jonás, intentando caminar con tacones. ¡Dioses! ¿Cómo caminan ellas? Esto es un campo de batalla.
—Bueno… ya casi empezamos —dijo Daisy, vestida ahora con su enorme traje verde, que le quedaba ridículamente grande—. ¿Estás listo?
—No, pero vamos igualmente.
Las cámaras se encendieron. La audiencia nacional esperaba a Jonás Medina con su tradicional porte imponente.
Y lo que apareció fue… Jonás Medina.
Pero vestido como una asistente navideña glam, con un traje corto de lentejuelas rojas y borreguito blanco que brillaba con los focos, medias altas que hacían que sus piernas parecieran esculturas heladas, tacones temblorosos y un gorro de Santa Claus que bailaba con cada respiración.
Su sonrisa era la mezcla exacta de pánico, orgullo y resignación.
—¡Bue… buenas noches, nación! —dijo, con voz firme a pesar de todo—. ¡Bienvenidos al Acto de Año Nuevo!
Un murmullo recorrió el estudio.
Daisy, detrás de cámaras, veía a Jonás luchar para no tambalearse.
«No te caigas, Jonás. No me obligues a salir corriendo a ayudarte frente a todo el país», pensó ella, con un cariño que no sabía que tenía.
Jonás, por su parte, pensaba en bucle: no resbales, no abras demasiado las piernas, recuerda que llevas medias, respira, no mires a la cámara como si estuvieras suplicando auxilio.
Aun así, había una chispa de funambulista orgulloso en su pecho. Cómico, sí. Ridículo, tal vez. Pero sobreviviría.
El show avanzó con momentos memorables: un tacón que casi se dobló, un tirón del vestido que reveló un centímetro extra de muslo, una risa colectiva del público que terminó transformándose en ovación.
Al final, mientras los fuegos artificiales estallaban en pantalla, Daisy se acercó a él con una sonrisa suave.
—Lo hiciste. Y no pareciste una cabeza flotante —dijo en tono celebratorio.
Jonás exhaló por primera vez en horas.
—¡Gracias por… tu ropa!
—¡Gracias por no desmayarte! —respondió ella.
Hubo un segundo donde se miraron. Un segundo cálido. Silencioso. Lleno de una energía inesperada entre lentejuelas y tacones prestados.
Él, sorprendentemente, sonrió.
—Daisy… mañana… podríamos tomar un café. Para darte las gracias, digo. O… no sé.
Ella arqueó una ceja.
—¿Jonás Medina pidiendo un café de agradecimiento?
—Bueno… a veces los milagros ocurren.
Daisy rio. Y por primera vez, Jonás sintió que su ego había soltado un pequeño suspiro, dejándolo respirar como un ser humano normal.
A su alrededor, el set explotaba en aplausos.
La nación jamás olvidaría ese Año Nuevo.
—Y así, hijos míos, es como conocí a vuestra madre. Ahora, a la cama, que ya se está haciendo tarde y vuestra madre me va a regañar por dejaros estar despiertos a estas horas. ¡Hasta mañana! ¡Que soñéis con los angelitos!
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