16/12/25

Pensamientos en la estación [Lucía Cervera Rodríguez]

El estruendo de las ruedas de metal al chirriar contra las vías me arrancó de mis cavilaciones. Observé el tren aproximándose a tanta velocidad que levantaba las hojas marrones y amarillas acumuladas a ambos lados de su recorrido, creando una lluvia de cálidos colores otoñales sobre el fondo del cielo gris. Mis pensamientos volvieron al día anterior.  

—¡Así que es eso! —le había gritado—. Volverás con ella y yo solo seré historia, ¿no? 

—Irene, es más complicado que… 

—¡No, no lo es!—. No me valían sus excusas. No cuando había pasado todo un verano enamorándome cada vez más, solo para que me sustituyera a la mínima oportunidad—. Volverás con ella y te olvidarás de mí, Jaime. Ya sabes lo que dicen: «un clavo saca a otro clavo».  

Noté algo húmedo bajando por mi mejilla y me limpié la lágrima, furiosa. No pensaba llorar por él. Mi mente vagó a un recuerdo más feliz, de hacía un mes. Antes de las sospechas y los secretos. Antes de leer aquel mensaje.  

—Podría quedarme aquí todo el día —había dicho yo mientras contemplaba las olas.  

—Te aseguro que yo también —coincidió él, acomodándose mejor en la arena mientras evitaba moverme de su hombro, en el que estaba apoyada. Se me quedó mirando con aquellos ojos castaños, embobado.  

—¡Hey! Que se te va a caer la baba —había bromeado con una sonrisa.  

—Es que eres preciosa —murmuró, inclinándose hacia mi boca. 

Aparté el recuerdo de mi mente. Rememorar el roce de sus labios salados en los míos resultaba doloroso, así como escuchar cualquier sonido similar al de su voz, tan relajada como el suave oleaje de las playas de aquel lugar. Incluso las secas hojas de otoño se asemejaban a sus ojos cálidos. En la estación, en cambio, no había nada como él; todo era ruido excesivo, gente estresada, silbatos estridentes… Ni siquiera mi abrigo me daba el calor típico de su abrazo. 

El tren ya casi había llegado, trayendo consigo un fuerte viento que arrancó el pañuelo de mi cuello. Me agaché para recogerlo, pensando en cómo él mismo se había ofrecido a ayudarme a transportar todas las bolsas y maletas que se me habían caído hasta la residencia de mi universidad. No fue en ese momento cuando me fijé en él, sino más bien cuando hacía unos meses nos habían dejado plantados a ambos en el mismo restaurante. La diferencia era que, en su caso, no había sido intencionado y ahora volvería con esa chica, que había estado todo el verano mandándole mensajes. Mientras tanto, yo estaba echándome a un lado, dándome cuenta de que nunca había sido más que una simple distracción.  

Parecía apropiado dejarlo en otoño. A fin de cuentas, de esa manera alguien podría llamarlo «amor de verano» en vez de «error». Así por lo menos incluiría la palabra «amor» junto a mi nombre.  

Llegó el tren y agarré con fuerza mi bolsa de viaje, dejando mis nudillos blancos. Hora de abandonar su pueblo e irme a casa. Era casi como si pudiese seguir oyendo su voz.  

—¡Irene, espera! 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario