El vacío en mí
se abre como un abismo sin fin.
No hace ruido, pero pesa;
cada respiración deja una pieza
de mí que no encaja, que se dispersa.
La vergüenza en él
se arrastra en su piel,
en el temblor de sus manos
y en los silencios que dejamos crecer.
Nos cruzamos en la habitación
y el aire entre nosotros
sabe de culpas y alas rotas,
de miradas que se esconden
tras puertas que nadie toca.
Me pregunto si alguna vez
la luz podrá filtrarse
entre mi vacío y su vergüenza
o si estamos destinados
a reflejarnos solo en la ausencia.
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