13/12/25

Noches en el bar Aurora [Lucía de Brito]

         Personajes: Miki (Joven músico, bohemio aparente, de familia rica). El americano (Hombre que huye de su pasado, vivió en Tailandia). Anya (42 años, prostituta de lujo, sola, pero con dinero). Evita (Menor de edad y vive con su padre alcohólico). La dueña (Observadora y figura de contención del bar).

Interior de un bar con un piano pequeño y una gran barra de copas. 

Prólogo - Bienvenidos

El bar aún está vacío. Las luces son cálidas. Miki está sentado al piano, tocando los acordes de Imagine de John Lennon, mientras La dueña organiza los vasos y limpia la barra. Se escuchan pequeños golpes y notas de piano afinándose.

Miki.—(Tocando suavemente los acordes de Imagine). ¿Suenan bien los graves o tengo que subir un poco la octava?

La dueña.—(Sin dejar de limpiar). Suenan perfectos… como siempre. Tú sí que sabes cómo darle vida a un piano viejo.

Miki.—(Sonríe, un poco nervioso). Viejo… pero vivo.

La dueña.—(Se detiene un momento y lo mira). Mira, Miki… te di este piano y este trabajo porque vi algo en ti. No cualquier chico que toca se merece un espacio aquí. Tú tienes talento.

Miki.—(Susurra). Gracias, Aurora… de verdad. Aquí puedo ser yo… aunque solo sea antes de que lleguen los clientes.

La dueña.—(Asiente, con una sonrisa cálida). Siempre tendrás un lugar aquí, Miki. Ahora termina de afinar y prueba esa última canción. Las puertas se abren en cinco minutos y quiero que suene como si el bar respirara contigo.

(Miki asiente y empieza a tocar los acordes de Imagine con más confianza. Las notas llenan el bar vacío de vida mientras La dueña lo observa, orgullosa y satisfecha. El bar está listo. Las luces se encienden un poco más y el ambiente comienza a llenarse de energía. Suena de fondo música rock de los años 70, un tema animado que levanta el ánimo. Miki se mueve entre el piano y la barra, ajustando algunas cosas, con una sonrisa nerviosa. Las puertas se abren y entran los primeros clientes.)

La dueña.—(A Miki, mientras sirve). Bueno… ¡es la hora de la verdad! ¿Listo para ver si tu piano sobrevive al rock de los setenta?

Miki.—(Riéndose). Tranquila… mi piano sabe adaptarse. Solo espero que los clientes también sepan disfrutarlo.

La dueña.—(Señalando a los primeros en entrar). Ahí vienen… los sedientos y los curiosos. Siempre mezclados.

Miki.—(Susurra, observando a los clientes). Me gusta verlos llegar… cada uno trae una historia.

La dueña.—(Con complicidad). Esa es la gracia.

(Los clientes se dispersan entre mesas y sillas. Algunos piden copas, otros simplemente observan el bar. La música rock sigue de fondo. La dueña atiende a todos con rapidez y carisma, Miki ajusta un par de notas en el piano de vez en cuando, sonriendo tímidamente.)

Cliente 1.º.—(Con emoción a La dueña). ¡Qué ambiente! ¿Siempre ponéis esta música?

La dueña.—(Sonríe). Cada noche tiene su estilo… hoy toca rock de los setenta. Pero tranquilos, aquí la música se adapta a ustedes, no al revés.

Miki.—(Desde el piano, murmura). Y yo intento que todos encontréis un rincón donde sentiros vivos… aunque sea un minuto.

(La música sube un poco. La barra se llena de vida. Miki toca algunas notas improvisadas entre canción y canción, mientras La dueña sirve con una mezcla de firmeza y ternura. El bar cobra vida y se siente acogedor, bullicioso y lleno de historias por contar. La música rock de fondo se ha apagado. Los clientes conversan en voz baja, pero la atención se concentra en el pequeño escenario. Miki se sienta al piano, ajusta un par de notas y una luz cálida lo ilumina. La dueña organiza vasos detrás de la barra, observando con orgullo.)

La dueña.—(En voz baja, para sí). Ahí está… Mi Miki, listo para que este bar sienta su corazón.

Miki.—(Suspira, mientras acaricia las teclas). Bien… que empiece la noche.

(Comienza a tocar suavemente. La luz sobre él crea un halo íntimo en el escenario. Los clientes se callan, algunos se acercan curiosos. Se oye el tintineo de la puerta. Entra El americano, serio, con paso firme. Se acerca a la barra.).

El americano.—Un güisqui, solo.

La dueña.—(Sirviendo el vaso). Aquí lo tienes.

El americano.—(Observando el escenario, curioso). ¿Quién es el cantante?

La dueña.—(Sonríe, orgullosa). Ese… es Miki. Piano y voz. Lo traje aquí porque vi algo especial en él. Te atrapa sin querer, ¿verdad?

El americano.—(Asiente, mirando a Miki tocar). Sí… se nota.

(Miki toca un acorde más profundo, como si respondiera sin palabras a la mirada del Americano. La luz sigue iluminándolo, el bar está lleno de vida, pero hay un momento de silencio respetuoso alrededor del piano.)

La dueña.—(Susurrando mientras atiende otros clientes). Siempre supe que tenía algo que la música de este bar necesitaba…

(El Americano bebe su güisqui, contemplando el escenario. La atmósfera íntima se mantiene mientras Miki continúa tocando, la luz centrada sobre él. El piano de Miki sigue sonando suavemente. La luz lo ilumina en el escenario. El americano está en la barra, bebiendo su güisqui y observando la música. La puerta se abre y entra Anya, elegante y atractiva, con paso seguro. El bar parece contener la respiración un instante ante su presencia.)

La dueña.—(Cortés, distante). Buenas noches… ¿qué desea beber?

Anya.—(Con voz firme y controlada). Un gin tonic, gracias.

(La dueña sirve la copa sin pronunciar una palabra, evaluando a la desconocida. Anya se acomoda en la barra con elegancia, observando el lugar.).

El americano.—(Mirándola, intrigado). Buenas noches.

Anya.—(Girando la mirada hacia él, con una media sonrisa). Buenas noches… Parece que aquí todos encuentran su refugio.

El americano.—(Sonríe con cautela). Sí… un lugar donde nadie pregunta demasiado.

(Se produce un instante de conexión silenciosa. Miki toca un acorde profundo, envolviendo la atmósfera. La atracción entre El americano y Anya es evidente, pero ambos la ocultan tras una aparente indiferencia.)

Anya.—(Con una ligera inclinación de cabeza, con voz suave). Interesante… hay algo en la música que hace que uno olvide un poco quién es afuera.

El americano.—(Asintiendo, con tono medido). Sí… Parece como un mundo aparte.

(Se miran unos segundos, manteniendo la compostura. Sus gestos son elegantes, pero hay tensión debajo de la superficie. Miki sigue tocando, la luz cálida lo ilumina, y el bar sigue vivo alrededor.).

Anya.—(Suavizando la mirada, dejando un halo de misterio). Bueno… parece que ambos disfrutamos del mismo silencio entre las notas.

El americano.—(Sonríe levemente, conteniendo su interés). Exacto… silencio y música. Nada más. 

Acto i - Pretty Woman 

(El piano de Miki sigue sonando suavemente, la luz cálida ilumina la barra. Anya y El americano todavía mantienen su silenciosa tensión, cuando la puerta se abre y entra Evita. Evita camina con paso seguro, minifalda y botas, irradiando juventud y desparpajo. Se acomoda en la barra, pero se mantiene aislada, observando a todos con distancia, sin interactuar con nadie. Su energía altera el ambiente, pero no lo toca directamente.)

La dueña.—Buenas noches…

Evita.—(Con voz firme, sin mirar a nadie). Un refresco, por favor.

(Miki ajusta la música, haciendo un acorde ligero y juguetón. Anya y El americano intercambian miradas, curiosos por la nueva presencia, pero Evita ignora a todos, centrada en sí misma.).

Evita.—(Para sí misma, con una sonrisa que mezcla orgullo y nerviosismo). Aquí nadie me distrae…

(La puerta se abre de nuevo y entra EL Hermano pijo de  Miki, elegantemente vestido, con actitud confiada, pero con cierto aire despreocupado. Evita lo ve y su postura cambia sutilmente: baja un poco la guardia, le da una mirada curiosa y casi traviesa.)

Evita.—(Más relajada, jugando con su bebida). Bueno… tal vez alguien vale la pena.

(Miki la mira sorprendido, como si no esperara que su hermano tuviera efecto sobre Evita. La música cambia ligeramente, ganando un ritmo más ligero y coqueto. La atmósfera del bar se transforma: la independencia y desconfianza de Evita se mezclan con una chispa de interés genuino. El hermano pijo de Miki se acerca a Evita con una sonrisa confiada, elegante y despreocupada.)

Hermano pijo de  Miki.—(Con tono amistoso, quizás un poco arrogante). ¿Qué te parece si brindamos? Un par de copas no hacen daño…

Evita.—(Con una media sonrisa, intentando mantener su actitud segura). Bueno… no creo que una copa…

Hermano pijo de  Miki.—(Interrumpiéndola suavemente). Solo unas pocas, confía en mí.

(Evita acepta y ambos brindan. Al principio, Evita mantiene su compostura, pero pronto el alcohol empieza a relajarla demasiado. Sus movimientos se vuelven más desenfadados, la voz más suelta y risueña.)

Evita.—(Riéndose con un toque de nerviosismo). ¡Vaya…! Esto… esto sí que no lo esperaba…

Hermano pijo de  Miki.—(Sonriendo, divertido). A veces, hay que soltarse un poco, ¿no?

(Miki observa desde el piano, preocupado, mientras La dueña frunce el ceño discretamente. Anya y El americano notan la transformación de Evita: de segura e independiente a desenfadada y vulnerable.)

Evita.—(Apoyándose ligeramente en la barra, riendo sin control). Nunca pensé… que… que esto sería tan… tan…

El americano.—(En voz baja a Anya, serio). Parece que la chispa de independencia se está apagando un poco…

Anya.—(Susurrando). Sí… y eso cambia todo el equilibrio del bar.

(La luz sobre Evita se vuelve un poco más cálida y temblorosa, reflejando su vulnerabilidad. La música de Miki se vuelve más suave, casi cómplice de la transformación de Evita. El Hermano pijo de  Miki sigue sirviendo copas a Evita, quien al principio dudaba, pero ahora se deja llevar por la situación. Sus ojos brillan con una mezcla de emoción y vulnerabilidad: nunca nadie le había dado atención tan directa y lujosa.)

Evita.—(Riendo, casi sin control, mientras toma otra copa). ¡No… no puedo creer que alguien… me invite a todo esto!

Hermano pijo de  Miki.—(Sonriendo, sin percibir la magnitud). Solo quiero que disfrutes la noche.

(Evita bebe demasiado, riendo y hablando más de la cuenta, mientras su actitud de «chica segura» se desmorona. Se siente como la protagonista de una película de lujo, como si estuviera viviendo un momento de película: su versión de Pretty Woman.)

Evita.—(Con voz exaltada, apoyada en la barra, casi cantando). ¡Esto… esto es increíble! Nadie… nunca… nadie me había hecho sentir así…

(Miki observa desde el piano, inquieto. La dueña frunce el ceño con desaprobación, mientras El americano y Anya intercambian miradas, conscientes de que la dinámica del bar ha cambiado drásticamente.)

Anya.—(Susurrando a El americano). Esto no es diversión… es una ilusión que puede terminar mal.

El americano.—(Serio, observando a Evita). Sí… y ella ni siquiera se da cuenta de que se está perdiendo a sí misma en esto.

(Evita ríe, levanta la copa otra vez, y la luz cálida la rodea, enfatizando su momento de gloria efímera. La música de Miki se vuelve más ligera, casi traviesa, acompañando la sensación de ensueño, mientras el bar entero percibe la ruptura de su compostura y la irrupción de su vulnerabilidad. La luz cálida ilumina la barra. Evita, claramente pasada de copas, se tambalea mientras ríe sin control. Se apoya dramáticamente en la barra como si fuera la protagonista de una película romántica.)

Evita.—(Gritando alegre, exagerando). ¡Soy… la reina del bar! ¡El mundo es mío!

(Miki deja de tocar, frunciendo el ceño, mientras su hermano lo mira con nerviosismo).

Miki.—(Preocupado). Eh… hermana… creo que quizá ya te has tomado… ¿Unas… cinco copas?

Hermano pijo de  Miki.—(Sonriendo, ajeno a la gravedad). ¡Solo se está divirtiendo! Además… ¡parece que le gusta mi estilo de invitación!

(Evita agarra otra copa, levantándola como si fuera un trofeo.).

Evita.—¡Brindemos por mí! ¡Por la chica que nunca pensó que alguien le pagaría copas sin motivo! ¡Yo soy Pretty Woman… versión bar!

La dueña.—(Frunciendo el ceño, con tono seco). ¡Pretty Woman o no, esto se está saliendo de control!

(Evita se tambalea hacia la dueña, haciendo una reverencia exagerada y teatral.)

Evita.—(Dramática). ¡Ah, señora! ¡No te preocupes, estoy viviendo un sueño!

(Anya y El americano intercambian miradas, conteniendo una risa).

Anya.—(Susurrando). Creo que estamos ante una catástrofe… pero divertida.

El americano.—(Susurrando). Sí… y además alcohólica.

(Evita se cae suavemente sobre un taburete, levanta la copa y la hace girar como si fuera un cetro).

Evita.—¡Oh, mundo cruel! ¡Tantos brindis desperdiciados en gente aburrida! ¡Pero no esta noche!

(Miki se levanta del piano, intentando acercarse.).

Miki.—(Con tono serio, pero algo cómico por la situación). Vamos… basta, antes de que conviertas mi bar en un circo.

Hermano pijo de  Miki.—(Rascándose la cabeza). Bueno… quizá exageramos un poquito…

(Evita se pone de pie de repente, tambaleante, y hace una pose teatral.).

Evita.—¡No exagero! ¡Yo estoy viviendo mi momento de película! ¡Aplausos!

(El bar entero se queda en silencio por un segundo, y luego todos, involuntariamente, sueltan una pequeña risa, entre preocupación y diversión. La luz cálida sigue sobre Evita, resaltando su caos cómico. Evita, tambaleándose sobre el taburete, sostiene su copa como si fuera un trofeo. La luz cálida la ilumina, dándole un aire dramáticamente teatral.)

Evita.—(Con voz un poco confusa pero orgullosa). ¡No puedo creer que nadie me haya preguntado… si… si soy menor!

(Se hace un silencio absoluto. Todos los presentes se quedan congelados. Miki casi deja caer la mano sobre el piano, Anya arquea una ceja, y El americano la observa con incredulidad. La Dueña cruza los brazos.)

Hermano pijo de  Miki.—(Traga saliva, horrorizado). ¿Menor…?

Evita.—(Sonriendo inocentemente, ignorando el drama). Sí… ¡y nunca me habían invitado a tantas copas!

(Hermano pijo de  Miki da un paso atrás, pálido, mirando las copas en su mano.).

Hermano pijo de  Miki.—(Aterrorizado, tartamudeando). Bueno… yo… eh… creo… mejor me voy… antes de… antes de tener que asumir alguna responsabilidad legal…

(Se gira rápidamente y sale del bar, dejando un eco de pasos apresurados. Todos lo miran mientras la puerta se cierra tras él.).

Miki.—(Suspiro exasperado). Genial… y ahora tenemos que quedarnos con ella.

Anya.—(Con un toque de humor seco). Me encanta… yo que pensaba que la noche no podía empeorar.

El americano.—(Con sonrisa contenida). Al menos no nos aburriremos…

La dueña.—(Frunciendo el ceño). No es momento de bromas. ¡Tenemos que controlar esto!

(Evita, todavía en su estado Pretty Woman, se da cuenta del silencio y mira a los cuatro adultos con una mezcla de sorpresa y diversión.)

Evita.—(Con voz más suave, juguetona). ¿Me quedo con vosotros entonces? ¡Qué suerte la mía!

Miki.—(Girando los ojos). Sí… suerte la tuya… y pesadilla la nuestra.

Anya.—(Susurrando a Thomas). Esto va a ser largo…

El americano.—(Mirando a Evita). Largo y complicado, seguro.

(Evita levanta la copa de nuevo, mientras Miki, Anya, El americano y La dueña se preparan para mantenerla a salvo y bajo control, cada uno con su estilo. La luz cálida sigue sobre ella, pero ahora con un matiz de responsabilidad colectiva y caos contenido. Evita, completamente exhausta y aún tambaleante, se deja caer en un rincón del bar. Miki, Anya, El americano y La dueña se miran, evaluando la situación.)

Miki.—(Susurrando). Bueno… ahora toca improvisar cama.

Anya.—(Con una sonrisa divertida). Supongo que los abrigos sirven para algo más que cubrirnos del frío.

(Rápidamente, todos reúnen sus abrigos y los acomodan en el suelo, formando un lecho improvisado para Evita. Ella se deja caer, envuelta en el colchón de prendas, y suspira profundamente, entregada al sueño. Un momento de calma cae sobre el bar.)

Evita.—(Murmurando mientras se acomoda). Gracias… soy la reina del reino de los abrigos…

(Se escucha un pequeño ronquido. Los cuatro adultos vuelven a la barra y se sientan, cada uno con su bebida.).

La dueña.—(Con un suspiro). Nunca pensé que terminaría cuidando a una menor borracha en mi bar…

Miki.—(Moviendo su copa). Y yo… nunca pensé que ver a alguien así me haría sentir tan… responsable y culpable al mismo tiempo.

Anya.—(Mirando su bebida, pensativa). Es curioso… ver a alguien perder el control te hace cuestionarte tus propios límites.

El americano.—(Con tono serio pero suave). Sí… y también te recuerda que detrás de cada fachada hay alguien vulnerable, incluso si nunca lo admiten.

Miki.—(Sonriendo levemente). Nunca imaginé que una noche tan caótica me haría reflexionar tanto.

Anya.—(Sonrisa irónica). O tal vez solo necesitamos un poco de drama para hablar de nosotros mismos…

El americano.—(Riendo). Drama… y alcohol. Mucho alcohol.

(Los cuatro se miran, relajándose un poco. La música de Miki vuelve a sonar suavemente, casi como un acompañamiento melódico a la conversación y a la calma inesperada. El bar vuelve a ser un refugio, pero ahora teñido de complicidad y reflexión.)

La dueña.—(Con una sonrisa pequeña). Bueno… al menos ahora sabemos cómo NO invitar a nadie a tantas copas.

(Todos ríen suavemente, mientras Evita duerme plácidamente en su improvisada cama de abrigos, ignorando el revuelo que provocó, y la luz cálida del bar envuelve la escena en calma y complicidad. Evita duerme profundamente en su improvisada cama de abrigos. La luz cálida y tenue envuelve el bar. Miki, Anya, El americano y La dueña se sientan en la barra, cada uno con su bebida. El ambiente es tranquilo, con el piano de Miki tocando suavemente acordes lentos.)

Miki.—(Mirando su copa). Nunca pensé que cuidar a alguien podría hacer que uno mirara su propia vida tan de cerca.

Anya.— (Suspira, apoyando la cabeza levemente en la mano). A veces me pregunto… cuánto de lo que mostramos es real, y cuánto es solo la máscara que creemos que los demás quieren ver.

El americano.—(Asintiendo). Exacto… todos tenemos nuestra coraza. Yo… siempre trato de parecer confiado, seguro… pero muchas noches me siento tan perdido como cualquier otro.

La dueña.—(Con voz firme pero suave). Yo también… he aprendido a mantener la compostura, a mostrar autoridad… pero detrás de esta barra hay noches que me duelen más de lo que imagino.

(Miki mira hacia Evita dormida y sonríe ligeramente.).

Miki.—Y verla así… completamente vulnerable… me recuerda que todos empezamos siendo frágiles. Que no hay vergüenza en eso.

Anya.—(Con un toque de humor melancólico). Incluso yo, que siempre aparento control absoluto, tengo momentos en los que quisiera poder rendirme… y nadie lo vería.

El americano.—(Mirando su bebida, pensativo). Supongo que esa es la magia de un lugar como este… un bar… donde las máscaras se caen, aunque sea un poco.

La dueña.—(Sonriendo suavemente). Y a veces, solo a veces… uno puede permitirse mirar la realidad de los demás sin juzgarla.

(Se produce un silencio cómodo, roto por el leve ronquido de Evita. Todos sonríen ligeramente, sintiendo una conexión silenciosa.).

Miki.—(Susurrando). Me gusta… me gusta esta sensación. Que, aunque la noche haya sido un caos, hay momentos en los que todo se vuelve… claro.

Anya.—(Mirando alrededor, con una sonrisa triste). Sí… claros y humanos. Eso es todo lo que pedimos.

El americano.—(Levantando suavemente su copa). Por la humanidad… por los errores… y por los momentos que nos hacen crecer, incluso sin quererlo.

(Todos chocan suavemente sus copas. La música de Miki sigue sonando, lenta y cálida, mientras la luz se concentra suavemente sobre Evita y luego sobre los cuatro adultos, mostrando un instante de complicidad, reflexión y humanidad compartida. Evita abre los ojos lentamente. Parpadea, confusa, y luego se incorpora de golpe, mirando a su alrededor con terror exagerado.)

Evita.—(Gritando). ¡¿Qué me habéis hecho?! ¡¿Me habéis drogado?! ¡¿Me habéis raptado?!

(Miki, Anya, El americano y La dueña reaccionan al instante, levantando las manos, visiblemente aterrados.).

Miki.—(Saltando hacia ella, torpemente). ¡No, Evita! ¡Nada de eso! ¡Solo has dormido!

Anya.—(Intentando calmarla, pero tropezando con un abrigo). ¡Evita, por favor! ¡Estás a salvo!

El americano.—(Sosteniendo una silla como barrera ridícula). ¡Yo tampoco he hecho nada… y creo que la dueña tampoco… bueno, ¿verdad?

La dueña.—(Con los brazos cruzados, exasperada). ¡Basta de gritar! ¡Nadie te ha hecho daño!

(Evita comienza a saltar dramáticamente de un lado al otro del bar, señalando a todos con acusación exagerada.).

Evita.—¡Esto es un complot! ¡Me habéis drogado para reíros de mí!

(Miki intenta atraparla, pero se tropieza con un taburete; Anya corre para sujetarla y choca con El americano, haciendo que la silla de este caiga ruidosamente. La Dueña resopla mientras trata de calmar la situación.).

Miki.—(Gritando). ¡Evita, respira! ¡Te prometo que nadie te ha hecho nada!

Anya.—(Torpe, casi cayéndose). ¡Evita, confía en nosotros!

El americano.—(Intentando racionalizar, mientras se esconde detrás de la barra). Solo te has pasado con la bebida… nada más…

(Miki rueda los ojos, Anya pone las manos en la cabeza, El americano suspira, y la DUEÑA deja escapar un «¡Ay, Dios mío!»).

Miki.—(Susurrando). Esto va a ser más largo que tocar el piano toda la noche…

(Evita vuelve a saltar, haciendo poses teatrales, mientras los adultos intentan «atraparla» con movimientos torpes y caóticos, provocando golpes suaves, caídas de manteles y abrigos por el bar. La música de Miki, ahora suave pero cómica, acompaña la escena.).

Anya.—(Susurrando a El americano). ¿Siempre es así cuidar a una menor borracha?

El americano.—(Con cara de «por qué estoy aquí»). Si no es así, lo inventaremos esta noche…

(Evita finalmente se sienta en el suelo, cruzando los brazos con expresión dramática y desconfiada. Todos se miran, exhaustos y cubiertos de abrigos caídos y vasos vacíos.).

La dueña.—(Resignada, con humor). Bueno… al menos no ha roto nada… todavía.

(Todos respiran, mientras la luz cálida del bar ilumina el caos, resaltando la combinación de comedia física, confusión y torpeza cómica.). 

Acto II - Cinco mil por amor 

(Sentados en una mesa con un cartel de reservado. El americano y Anya hablan mientras fuman unos cigarros. Un Cliente elegante aparece, se acerca a Anya con una sonrisa confiada. Anya lo recibe profesionalmente.).

Cliente.—Todo listo, Anya. Ya pagué lo acordado.

(Thomas observa, y su fascinación se transforma en celos e ira.).

El americano.—(Entre dientes). No… no puedo soportarlo…

(En un arrebato, El americano empuja al Cliente, que cae al suelo. Anya grita horrorizada.).

Anya.—¡¿Qué estás haciendo?! ¡¡Cinco mil euros!!

El americano.—(Agitado). ¡No puedo verte con nadie más!

(El Cliente se levanta, indignado, y se aleja renqueando. Anya se lleva las manos a la cabeza, mezcla de miedo, frustración y rabia.).

Anya.—¡Esos eran mis cinco mil euros! ¡El trabajo ya estaba hecho!

El americano.—(Respirando agitadamente). ¡No me importa! ¡Te quiero, Anya!

(Anya lo mira con furia y distancia, sin suavizar su postura.).

Anya.—(Fría). No entiendo qué te hace pensar que el amor puede cambiar lo que soy… El dinero, el lujo… eso es lo que importa. Siempre ha sido así.

(El americano se queda paralizado, sus ojos reflejan la mezcla de pasión y dolor. Anya da un paso hacia la puerta, lo ignora y entra al bar. El americano la observa, respirando agitadamente, sin moverse. La luz de la calle se concentra sobre él, mostrando su derrota momentánea. La luz dentro del bar es tenue. Algunos clientes dispersos murmuran al fondo. Miki toca suavemente el piano, creando un ambiente íntimo. El americano se acerca a Anya, que está apoyada en la barra, con una copa en la mano. Sus ojos aún brillan con autoridad y frialdad.)

El americano.—(Con voz temblorosa, pero firme). Anya… necesito decirlo. No puedo dejarlo pasar…

Anya.—(Sin mirarlo). ¿Otra vez sobre «nosotros»?

El americano.—(Acercándose, intentando mantener contacto visual). Sí… sobre nosotros. Sobre mí. Sobre lo que siento por ti. No es solo deseo, ni locura… es… amor. Puro. Y sé que tú no quieres escucharlo, pero tenía que decírtelo.

Anya.—(Lo mira, con una media sonrisa, fría). Cariño…, no confundiré mis emociones con lo que realmente importa. Lo que me da poder, lo que me mantiene en la cima… es el dinero, el lujo, el control. El amor… eso es para otros.

El americano.—(Dolorido, pero sincero). Pero no entiendes… Yo… yo no quiero tu dinero, ni tus lujos. Quiero a la mujer que eres… más allá de todo eso.

Anya.—(Alejándose, con determinación). No hay «más allá» cuando tu vida gira en torno a lo que otros pueden pagarte. Yo vivo de mi estilo de vida. Y tú… tú no puedes cambiar eso.

(El americano la observa, derrotado, intentando contener la frustración y el dolor. Miki toca una nota larga y melancólica, subrayando la tensión. Anya da un paso hacia la puerta, dejando claro que la conversación ha terminado.).

El americano.—(Susurrando, casi para sí mismo). Te querré, aunque no quieras… aunque nunca sea suficiente para ti.

(Anya sale del bar sin mirar atrás, elegante y segura. El americano se queda solo, apoyado en la barra, con la copa en la mano, mirando cómo el humo del cigarrillo se mezcla con la luz tenue. La música de Miki se desvanece lentamente, dejando el silencio cargado de emoción. El americano se acerca a la barra, con pasos pesados y con la mirada baja. Su rostro refleja tristeza y vergüenza. Miki sigue tocando el piano suavemente, y La dueña lo observa desde detrás de la barra. La música cambia lentamente, y se escucha Sorry Seems to Be the Hardest Word.)

El americano.—(Suspirando mientras se sienta en la barra). No… no sé ni por dónde empezar…

Miki.—(Mirándolo con atención, dejando de tocar un momento). Empieza por lo que sientas…

El americano.—(Mirando su güisqui, voz baja). Estuve casado… con una mujer tailandesa. Creí que el amor podía ser recíproco… pero nunca lo fue. Jamás.

La dueña.—(Con voz suave, mientras le sirve un trago). A veces, el amor verdadero se topa con corazones que no saben corresponder…

El americano.—(Asintiendo, amargamente). Sí… y aquí estoy. Observando cómo pierdo… cómo siempre pierdo. Incluso con Anya… pensé que podía controlarlo… pero… fallé.

(Miki retoma la melodía, ahora más lenta y melancólica. El americano cierra los ojos, dejando que la música y su propio dolor lo envuelvan.).

El americano.—(Con un hilo de voz). Nunca había amado de esta manera… nunca había sentido este vacío…

La dueña.—(Con tono comprensivo). Todos cargamos con cicatrices. Algunos en silencio, otros como tú… en voz alta.

Miki.—(Mirando al Americano mientras toca). Pero incluso en la tristeza… hay belleza. En el recuerdo, en el fracaso… y en la honestidad de decirlo.

(El americano deja escapar un suspiro largo y triste. Mira la barra, su güisqui, la música… y lentamente parece aceptar la vulnerabilidad de su momento.).

El americano.—(Susurrando). Supongo que, a veces, decir “lo siento” es lo más difícil…

(La cámara o la luz del teatro se centra en él, solo, con Miki tocando suavemente, y La dueña observando con empatía. La canción continúa, reforzando la atmósfera melancólica.). 

Acto III - Noches raras, gente normal 

(De pronto, la puerta del bar se abre de golpe. Entran dos Policías, empapados por la lluvia. La música se detiene de forma brusca, como si el piano hubiera sentido el cambio de atmósfera.).

Policía 1.º—(Firme, proyectando la voz por todo el local). ¡Buenas noches! Estamos buscando a un hombre conocido como El Americano… Thomas Harris.

(El americano levanta la cabeza, sobresaltado y con los ojos abiertos como si despertara del peso de su propia tristeza.).

La dueña.—(Confusa). ¿Qué ocurre?

Policía 2.º—Venimos por una investigación pendiente. Un robo cometido hace unos meses. Tenemos motivos para creer que el sospechoso ha estado escondiéndose… aquí.

(El americano se pone en pie bruscamente. El taburete cae. Su respiración se agita. Mira la puerta… luego las ventanas… luego las sombras.).

Miki.—(En voz baja, desconcertado pero atento). ¿Thomas?… ¿qué hiciste?

Thomas.—(En pánico, murmurando). No… no puedo dejar que me lleven… no ahora…

Policía 1º.—¡Señor Harris, quédese dónde está!

(Pero Thomas se echa a correr entre las mesas. Empuja sillas, casi tropieza. La dueña se mueve hacia atrás sorprendida. Miki se queda inmóvil, con la mano suspendida sobre el piano.).

La dueña.—(A Miki, en un hilo de voz). Siempre supe que había algo raro en él…

Miki.—(Sin apartar la mirada de Thomas). Sí… tristeza no era lo único que traía encima.

(Los policías corren detrás de Thomas. El sonido de las botas retumba por el bar. La puerta trasera se abre de un golpe y Thomas desaparece en la lluvia. Los policías salen tras él. Se hace un silencio denso. Sólo queda el eco de la persecución alejándose.).

Miki.—(Dejando caer sus manos lejos de las teclas). Sabíamos que ocultaba algo… pero no imaginé que fuera tan grande.

La dueña.—(Mirando la puerta por la que había escapado). Aquí todos cargan secretos… pero el suyo, Miki… el suyo pesaba demasiado.

(La luz baja lentamente, dejando a ambos en la penumbra del bar, con la ausencia de Thomas flotando como un fantasma. El bar Aurora está casi vacío. Afuera sigue lloviendo. Miki acomoda unas partituras sobre el piano. La dueña recoge vasos y limpia la barra con un suspiro largo… pero esta vez, no de tristeza, sino de agotamiento mezclado con incredulidad.)

Miki.—(Estirándose los hombros). Bueno… creo que he vivido noches raras, pero esta… esta se lleva el premio gordo.

La dueña.—(Resoplando). ¿Rara? Miki, tuvimos de todo. Empezó Evita, bebiéndose medio bar y jurando que iba a cantar… ¡cuando no podía ni tararear el Cumpleaños feliz!

Miki.—(Recordando y conteniendo la risa). Claro… y cuando quiso subirse al piano para «sentir el arte desde arriba».

(Se ríen. La tensión de la noche se diluye en el ambiente.).

Miki.—Y luego vino Anya… con esa mirada de «yo no tengo problemas, los problemas los tienen los demás».

La dueña.—(Asintiendo). Esa muchacha trae más giros argumentales que una novela filipina.

Miki.—Aunque debo admitirlo… cuando entró El Americano… ahí sí que se notó que venía tormenta.

La dueña.—¡Por el amor de Dios, Miki! Ese hombre siempre tuvo cara de haber enterrado un secreto… o doce.

Miki.—(Señalando la puerta por la que escapó). Y resulta que sí. Que uno de esos secretos era… un robo. ¡Un robo de hace meses!

La dueña.—(Indignada pero divertida). Meses, dice. ¡Meses, Miki! Y nosotros sirviéndole güisqui como si fuera un poeta atormentado.

Miki.—Bueno… atormentado estaba. Poeta ya no sé.

La dueña.—(Apoyándose en la barra, cansada). Mira… entre Evita borracha, Anya dramática, y El Americano huyendo como si el suelo quemara… creo que hoy hemos cumplido con la cuota anual de locura.

Miki.—(Sonriendo, tocando un acorde suave y alegre). El Bar Aurora donde las noches empiezan tristes, se ponen intensas y terminan como una comedia sin guion.

La dueña.—(Mirando las luces del bar, resignada). Pues que Dios nos agarre confesados para la próxima. Porque aquí, Miki… aquí nunca entra gente normal.

Miki.—(Cerrando el piano con suavidad). Pero nos gusta, ¿no?

La dueña.—(Sonríe, agotada). No te voy a mentir… un poquito, sí.

(Se apagan lentamente las luces. Solo quedan La dueña y Miki riendo bajito, recogiendo el desastre de la noche más extraña del año.).

 

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