15/12/25

Mundus perfectus [Antonio Lissot]

El viento soplaba de una forma diferente en la ciudad de Londres. El sol, que brillaba de una manera distinta, seguía siendo cálido, pero ese calor no parecía natural. Se podía apreciar un gran arco iris que casi se veía mítico, pero no había llovido en mucho tiempo. Las calles estaban limpias a la perfección, pero nadie las limpiaba. Nadie notaba esos pequeños detalles. La felicidad de cada uno era más que suficiente para mantenerlos distraídos. Era una fiesta que no acababa.

De repente, un hombre apareció tirado en el medio de la calle como si alguien lo hubiera dejado en el sitio equivocado. Su aparición obstruyó a los coches que pasaban, pero en vez de tocar la bocina y protestar, un joven se bajó para ayudar al hombre. Él abrió los ojos, sin saber ni dónde estaba ni cuándo estaba.

—¿Hola? ¿Estás bien? —dijo el muchacho que intentaba levantarlo.

—¿Dónde… dónde estoy?

—Bueno, a ver… Empecemos de nuevo. ¿Cómo te llamas? —preguntó al hombre, mientras lo llevaba del brazo hacia la acera.

Por unos segundos, la pregunta lo llevó a buscar un nombre entre un mar de confusión sin poder encontrarlo, pero eventualmente lo recordó.

—Me… Me llamo Orión. ¿Dónde estoy?

—Estás en Londres —respondió el muchacho— ¿No te acuerdas de qué te ocurrió?

—No… —contestó Orión, pero le costó hacerlo.

El hombre decidió mirar hacia arriba, queriendo contemplar el cielo y la luz del sol, pero la vista tampoco resultaba familiar. En lo más alto que podía ver había una grieta en el manto celeste del mundo, como si el mismísimo Apocalipsis estuviera a punto de empezar, y aquel sol tenía dos colores: una mitad normal y otra mitad azul. Orión estaba convencido de que estaba alucinando.

—¿Qué carajo...? —dijo el hombre sin miedo de ser grosero—. ¿Qué coño le pasa el cielo? ¿Y el sol? ¿Por qué está así?

—¿El cielo? —le contestó el joven, confundido—. No le pasa nada al cielo y tampoco al sol.

—¿Pero serás ciego? ¡Hay una maldita grieta ahí arriba! ¡Y el sol es mitad rojo y mitad azul!

—Sí, creo te estás volviendo loco. Vamos al hospital.

Por alguna razón extraña, Orión podía ver el cielo tan extraño, pero no el chico. Antes de que el hombre empezara a cuestionar su propia sanidad, encontró un anillo que sí logró reconocer. Era el anillo que había fabricado para que su hija se lo entregara a su futuro marido. Sin embargo, también empezó a recordar más detalles.

—Esto es imposible —dijo el hombre—. Recuerdo habérselo dado a Sara antes de…

—¿De qué hablas?

Ese anillo desbloqueó su memoria, que parecía estar perdida para siempre. Él ya pensaba que el mundo que lo rodeaba era diferente y pudo sentir la falta de familiaridad en el mismo viento, que no soplaba igual que antes. El anillo confirmó sus dudas. Orión logró recordar lo que había sucedido.

—Yo… morí. Ya lo recuerdo…

—¿¡Qué?!—. El muchacho pensó que había oído mal.

—Yo no sobreviví aquel día… Me habían asesinado… Y antes de morir, le di este anillo a mi hija, Sara…

Apenas terminó esa frase, el mundo se detuvo. El joven con el que estaba hablando se quedó congelado como una estatua; los coches estaban inmóviles sin poder llegar a sus destinos; el viento ya no soplaba a través de la barba negra de Orión y las hojas de los árboles quedaron flotando en el aire, queriendo caer, pero sin que la naturaleza lo permitiera. De pronto, Orión empezó a escuchar una voz que hacía eco en el espacio. Sonaba pacífica, pero también potente y sobrenatural.

—Entonces, lograste recordar todo. Ya veo que se me escapó uno.

El hombre no llegaba a encontrar de donde salía la voz, pero supo perfectamente que la había escuchado. Miró por todos lados, pero no encontró a nadie que se estuviera moviendo. Sin saber qué hacer, le respondió:

—¿Quién eres? ¡Muéstrate!

La voz soltó una risa calmada.

—No te estreses. Todo está bien. Si en verdad quieres verme, ven a donde estoy. Haré que sea más fácil llegar ahí.

Como si el propio universo estuviera jugando con él, a Orión se le apareció un portal inmenso por donde pudo ver un castillo de cristal en medio de un desierto nocturno. Sin saber qué estaba sucediendo, sujetó su gabardina y atravesó la puerta a la siguiente dimensión.

Apenas pisó la arena del desierto, Orión contempló el viento de este nuevo lugar. Tampoco le pareció familiar. Por alguna razón extraña, la corriente solo hablaba el idioma de la melancolía. El espacio estaba rodeado de tinieblas que no conocían la piedad ni la esperanza, pero no podían detener la luz que emitía el castillo. Aquella fortaleza luminosa tenía torres puntiagudas que rozaban las nubes y las desafiaban, como si el único posible dueño de aquella estructura fuese Dios. Aun así, Orión decidió caminar hasta llegar a la entrada del monumento a la divinidad y antes de que empujara las puertas gigantes, se abrieron solas para darle una bienvenida. Irónicamente, a pesar de lo brillante que era el castillo por fuera, el interior era un entorno completamente distinto. Lo único que se podía ver era el completo dominio de la oscuridad. Las antorchas eran las únicas fuentes de luz que había en aquel vacío.

Finalmente, apareció un hombre elegante, el verdadero dueño de esa voz divina. Su aparición hizo que la sala tuviera una pequeña luz de tinte azul; brillaba, pero no calentaba. Su ropa blanca contrastaba con el atuendo negro de Orión; su rostro fino y limpio se distinguía de la cara llena de dureza del invitado y sus ojos de oro gritaban divinidad, mientras que los marrones de Orión mostraban imperfección.

—¡Bienvenido!. Tú debes de ser Orión. Orión Markosias Nikolaos.

—¿Cómo sabes quién soy? —respondió Orión agresivamente.

—Tranquilo: no tengas miedo. Soy Joel, el dueño de este castillo, y creo que ya has notado que el mundo ahora es… distinto.

—¿Lo cambiaste tú, verdad?

—Correcto. Más bien, yo soy la razón por la que sigues vivo.

Cada vez que hablaba aquel hombre, la mirada de Orión se volvía más cínica.

—¿Qué carajo hiciste? ¿Por qué hiciste eso?

—No temas. Yo simplemente pretendo recrear la realidad; transformar el mundo en un lugar sin sufrimiento. Para lograr ese objetivo, tuve que revertir algunos hechos en los últimos años, incluyendo tu muerte.

—¿Un mundo sin sufrimiento?

—Claro. ¿Acaso nunca te lo habías planteado?

—Personalmente, no tengo ese tipo de sueños húmedos, si te soy sincero —respondió Orión con ironía, lo que provoca la risa silenciosa de Joel—. ¿Por qué quieres conseguir algo así?

—¿Qué tipo de pregunta es esa? —cuestiona Joel, con una sonrisa tranquila—. ¿Por qué no querrías tener un mundo perfecto, donde nadie tuviera que sufrir tragedias ni remordimientos y sólo conozca el sabor de la esperanza?

—Un mundo así no puede existir —respondió el invitado con firmeza.

—Eso es mentira. Ya lo has visto con tus propios ojos. De hecho, en el mundo ordinario, aquel joven no te habría ayudado a levantarte en la calle. Él no se lo hubiera pensado dos veces antes de atropellarte a toda velocidad. Gracias a mi voluntad, yo previne eso.

Orión no supo qué decir. Se quedó mirando el suelo, que le mostraba su propio reflejo, dudando de las intenciones del señor.

—Dime, Orión —agrega Joel, mientras le da la espalda y mira hacia arriba—: ¿nunca has pensado si todo lo que hemos vivido, todo el dolor que hemos tenido que soportar, se pudo haber prevenido?

—¿Todo lo que hemos vivido? ¿Eres humano?

Joel mantuvo su sonrisa tranquila.

—Efectivamente —responde el poderoso—. A pesar de este poder que tengo, también soy un ser de carne y hueso como tú.

—Entonces tu idiotez se puede explicar mejor. Sí, me hubiera encantado haber prevenido algunas cosas que me ocurrieron, pero aquí sigo. No tengo ni el tiempo ni la necesidad de pensar en esas cosas, porque aprendí a vivir con ello.

—¿Qué aprendería alguien si un coche lo atropellara a toda velocidad si su vida se acabara ahí? —preguntó Joel— ¿Qué aprendería una familia si se viera forzada a morir de hambre o si tuviera que intentar sobrevivir en una guerra que no dependiera de ella? ¿Qué clase de monstruo no querría revertir esas injusticias? Incluso tu propia muerte fue una de los millones que ocurrían cada día.

Orión suspiró y le contestó:

—Tú me devolviste la vida, es verdad; pero no me devolviste mi mundo. Lo reemplazaste con una fantasía. Pude ver los rostros de esas personas en Londres. Ellos sonreían, pero parecían lobotomizados. No parecían… humanos.

—Pero lo siguen siendo. Siguen siendo personas, pero esta vez tienen

verdadera esperanza.

—¿Qué van a saber esos autómatas sobre el valor de la esperanza si nunca la han perdido? ¿Crees que ellos podrían valorar la felicidad si nunca lloran o sufren? Nosotros somos incapaces de ser perfectos. Tú tampoco lo eres.

El maestro del castillo endureció su rostro.

—¿Estás implicando que el sufrimiento es necesario?

El silencio devoró la sala mientras la máscara de Joel empezó a caer. La mera implicación de algo así despertó algo dentro de él, algo que él pensó que logró reprimir por completo. Como consecuencia, se dio la vuelta y respondió con tono agresivo:

—Mírame a los ojos, Orión. ¿Qué necesidad hay de que un niño tenga que luchar contra un cáncer durante toda su vida solo para acabar muriendo en el intento?

Las carcajadas lejanas de un niño empezaron a hacer eco en el palacio.

—¿Qué necesidad hay de que esa pérdida conlleve el suicidio de su madre? ¿Qué necesidad hay de que un esposo tenga que atravesar por eso, sin poder hacer nada para salvar a sus seres queridos?

Cada frase estaba más cargada de frustración que la anterior. Su voz comenzó a temblar. Joel siguió:

—¿¡Qué necesidad hay de que él tenga que vivir el resto de sus días cómo si no hubiera pasado nada, sabiendo que por mucho poder que tenga, sus fantasmas nunca lo dejarán dormir?!

Joel empezó a respirar más fuerte.

—¡Respóndeme, Orión! ¡Dímelo!

Orión se quedó mirando sus ojos llenos de culpa. Él sabía que ese era su duelo. Su dolor. Joel no era un dios ni una forma de divinidad. Él era humano y sufrió, igual que él. Al saber esto, sintió simpatía por Joel.

—Te entiendo. Eso destruiría a cualquiera y lo sé perfectamente. Pero eso no justifica que manipules la realidad a tu gusto. Si tu hijo nunca pudiera morir, ¿de verdad lo amarías… o solamente la idea de él?

—¡Cállate! —replicó Joel, consumido por el odio.

—Déjame mostrarte algo —continuó Orión, mientras sacaba el anillo de su bolsillo— ¿Ves esto? Se lo di a mi hija, Sara, antes de morir. Yo sabía que mi vida iba a llegar a su fin, pero no dejé que esa desesperanza me devorara. Se lo di para que ella se lo pudiera entregar a su futuro marido. Mi muerte le dolió tanto que tuvo que internarse en un hospital de psiquiatría, pero ahí fue donde conoció a ese hombre. Aun así, tú borraste ese mundo. Le robaste la felicidad, intentando recuperar la tuya. Por eso rechazo tu nueva realidad y haré lo que sea para volver a la normalidad, incluso si significa volver a morir.

Joel, al escuchar sus palabras, también entendió su pérdida, pero se enfureció.

Cansado de debatir con alguien que no debía recordar su vida pasada, se transformó en una bestia demoníaca con alas negras de ángel, cuerpo de león y una cola de escorpión. Su verdadera forma era la de mantícora. Con una sed de violencia, le advirtió con una voz distorsionada y monstruosa:

—¡Está es mi realidad, mi mundo! ¡Bajo mi voluntad, la humanidad será feliz! ¡Rechaza tu vida entonces! ¡Te la quitaré con mucho gusto!

Orión, sabiendo que iba a perder su vida igualmente, sacó su machete y desafió a la bestia.

—¡Nadie será tu esclavo!

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