13/12/25

Estación: José Olmedo [Emilio José Alarcón]

 

One does not become enlightened by imagining figures of light, but by making the darkness conscious.

Carl Jung

Alchemical Studies, par. 335

 

 

Me siento obligado a escribir una historia personal muy extraña. Me siento obligado a escribirla sabiendo plenamente que nadie la va a leer y que, en el caso de que alguien lo haga, no la creerá. Me siento obligado a escribir esta historia porque me estoy olvidando de ella:

Estaba regresando de un viaje laboral extremadamente tedioso. Me sentía cansado, abrumado y con un tercer sentimiento extraño que no había sentido nunca; no podía ponerle nombre a este y se me hace difícil describirlo, pero lo intentaré. Sentía, de manera extremadamente consciente, cómo el asiento del tren me transportaba bruscamente a altas velocidades, empujando mi espalda y, al mismo tiempo, todo mi cuerpo hacia una dirección fija mientras yo permanecía inútil e inmóvil. No sé si tiene mucho sentido, pero esto me provocaba una ansiedad (creo que era ansiedad) abrumadora. También era un poco abrumante la conversación telefónica del hombre que iba sentado a mi lado, pero mucho menos. Vi, mientras seguía pensando en este intruso sentimiento, a un gato escondido entre maletas. Me miraba fijamente. Era una mirada cálida e inocente que me hizo olvidar por un momento mis locuras. Lentamente, cayó sobre mí un sueño pesado. Luego de unos cinco minutos donde se me cerraban los ojos una y otra vez, sucumbí y me dormí.

Cuando desperté, de manera inexplicable, yo estaba parado fuera del tren con mi maletín en la mano derecha. Lo que me despertó fueron los pitidos que hacen las puertas del tren antes de cerrarse. No me dio tiempo a volver a entrar, tampoco lo intenté creo; todavía no había procesado lo transcurrido. El tren se fue y yo estaba parado en medio de esta estación, inútil e inmóvil. Nunca he tenido episodios de sonambulismo, pero no había otra explicación de lo que acababa de pasar. Lo primero que noté fue que las luces debían de estar dañadas, ya que parpadeaban. Levanté la mirada y vi el letrero que contenía el nombre del lugar: Estación: José Olmedo; ese es mi nombre. Recuerdo que, por alguna razón, esto no me sorprendió.

Sentí algo acariciar lentamente mi tobillo, entonces bajé la mirada y descubrí una sorpresa consoladora: el gato del tren se había bajado conmigo y estaba frotando su cabeza en mi tobillo. Volví a mirar hacia arriba y entonces lo vi: el techo, vasto como el de una catedral, coronado por un crucifijo que se extendía a lo largo de toda la estructura. No sé cómo pude pasar por alto algo así. (Estoy casi seguro de que no me asombré al ver esto y de que, por alguna razón extraña, me encontraba en un estado de confusión tranquila, casi aceptante). Investigué, solo con la mirada, mis alrededores. La estación era inmensa; parecía propia de una capital, pero no podía serlo: habría escuchado de una que llevara mi nombre. Descubrí más elementos extraños a través de mi meticulosa, aunque inmóvil, investigación. Había un camino amarillo que comenzaba justo donde yo estaba parado y se dirigía hacia las escaleras que llevaban al segundo piso. También me percaté, desde abajo, de que este segundo piso estaba anormalmente repleto de espejos rectangulares. Lo más curioso era que ciertas partes de la estación cambiaban cuando no las veía, aunque en general mantenía la misma estructura. En ese punto, debería de haber estado espantado, alarmado y acobardado, pero no lo estaba.

Seguí el camino amarillo mientras el gato avanzaba delante de mí. Cuando llegué al segundo piso, bajé la mirada hacia el lugar donde había estado segundos antes: algo había cambiado. No sabía exactamente qué era, pero estaba seguro de que así era. Un maullido del gato llamó mi atención; estaba parado junto a uno de los espejos, casi invitándome a investigar. Me paré frente al espejo y me examiné de pies a cabeza. Efectivamente, era yo, pero sentía que mi reflejo me juzgaba. Comencé a irme, pero inmediatamente me di cuenta de que el hombre en el espejo no imitó mis movimientos; entonces regresé enseguida. (Que quede claro que cualquier diálogo que escriba no es exactamente como ocurrió. No me acuerdo lo suficiente bien de estos para recitarlos de memoria).

—¿Te pasa algo? —preguntó.

—No, no, nada. Perdón —respondí con vergüenza.

Me lo quedé viendo un rato más hasta que dijo:

—¿Entonces? ¿Por qué me sigues viendo?—. Se me quedó viendo, esperando una respuesta—. Pareces estar confundido. Puedes preguntarme lo que sea.

Observé mi reflejo un rato más, preparándome mentalmente para hablar con él.

—¿Dónde estoy?—. Mi pregunta causó que me observara con preocupación, pero cambió su expresión por una más calmada.

—No es un lugar peligroso, aunque a veces parezca serlo —dijo en un tono amigable.

—¿Dónde puedo comprar un boleto para regresar a casa?

—Quédate un rato más. No te arrepentirás.

—Pero necesito volver a casa —dije con un tono casi vencido.

—No te preocupes. Puedes regresar cuando quieras. Intenta comprar uno allá —señaló un quiosco al otro extremo de la estación. El gato ya estaba allí.

—Gracias.

Comencé a caminar por el mismo camino amarillo hacia el quiosco, evitando con la vista todos los espejos a mi lado derecho que pasaba; como cuando uno pasa al lado de gente extraña en un lugar público.

Cuando llegué, no había nada ni nadie. Di vueltas intentando encontrar a alguna persona, aunque fuera de lejos. Miré hacia el piso de abajo y vi una puerta que estaba seguro que no estaba antes. Sentía una necesidad desesperante de investigar lo que había dentro, pero, por primera vez en esta extraña aventura, sentí miedo. Un maullido me distrajo; mi extraño compañero se había subido a uno de los espejos. Me di la vuelta y la puerta de antes había desaparecido. No estoy seguro de por qué le hacía caso al felino, pero fui a indagar. Me miré en el espejo. Mi reflejo tenía un aspecto más feo de lo normal y su expresión era más triste de la que tenía en mi cara en ese momento.

—¿Te pasa algo? —pregunté esta vez.
—No, no, nada. Perdón —respondió con vergüenza.

El hombre dentro del espejo se sentó en el piso y rompió en llanto.

—Perdón. Perdón —dijo en voz baja—. No me siento muy bien. No quiero hablar.

—Está bien.

Miré hacia mi izquierda para descubrir la misma puerta inquietante de hace un minuto; sabía que era la misma debido a que me provocó la misma curiosidad y el mismo miedo. Yo (porque era yo), dentro del espejo, lloraba y chillaba más fuerte. El gato pegó un salto al siguiente espejo, hacia la derecha, y me miró atentamente. Entonces me dirigí a conocer a mi siguiente reflejo. Cuando llegué, este me estaba dando la espalda.

—Disculpa. ¿Te puedo preguntar algo? —pregunté tímidamente.
—No.
—Por favor. Es una sola pregunta.
—No tienes por qué pretender ser cordial contigo mismo.
—¿Sabes qué hay detrás de esa puerta?

Me giré hacia la izquierda para señalarla, pero ya no estaba.
—Si la vuelves a ver, no entres. No vale la pena. Más bien dicho, vete de aquí lo antes posible —sugirió con un tono aún más serio y lleno de odio.
—No sé cómo.
—Ese no es mi problema.

Según yo, pasé horas buscando y conociendo más y más reflejos. Me di cuenta de que, aunque cada uno era drásticamente diferente, de alguna manera eran todos lo mismo. Algunos llenos de odio, otros llenos de amor; algunos sonrientes y otros que parecían solo conocer la tristeza. De alguna manera, ilógica pero racional, todos estos eran José Olmedo. Creo que las luces seguían parpadeando.

Seguía a mi guía felino por el camino amarillo hacia lo que creía que iba a ser otro reflejo. Llegué frente a la puerta que previamente me aterraba. Todavía me aterraba, pero menos. La abrí, y la oscuridad dentro del cuarto parecía derramarse hacia afuera. Por lo que recuerdo, me quedé inútil e inmóvil, viendo dentro del cuarto desde afuera al menos quince minutos. No se veía nada de lo que había dentro, pero estaba seguro de que había un espejo al fondo. Tomé mi primer paso y sentí cómo el pie se hundía en agua. Entré lentamente, hasta que el agua me cubrió de pies a cabeza, y aun así seguí avanzando.

Lo que viví ahí dentro no lo escribiré. Es demasiado personal incluso para ponerlo en un papel que nadie va a leer. Además, el propósito de este escrito es no olvidarme más de estos extraños sucesos, pero estoy seguro de que ese no lo olvidaré nunca.

Salí empapado de ese cuarto a la parte de la estación por la que había llegado. Escuchaba que un tren estaba por llegar. Alcé la mirada y descubrí que el techo, que antes asemejaba el de una catedral, ahora estaba casi en ruinas; también había perdido todo color, y el crucifijo estaba a punto de derrumbarse. Ya había llegado el tren, y el gato me esperaba en la puerta. No sé (o no recuerdo) cuándo perdí mi maletín, pero en ese punto me di cuenta de que ya no lo tenía. Igual entré satisfecho al tren, cargando a mi nuevo amigo en brazos. Me senté donde antes estaba, donde el mismo hombre continuaba su misma conversación telefónica. En ese momento, el sueño más feroz de mi vida me arrasó y volví a dormir.

Cuando llegué a casa, llegué con una nueva mascota y una historia que no le podía contar a nadie; no sin que me internen en un hospital mental.

No sé por qué escribo esto. Esta experiencia me ha hecho surgir mil preguntas sin respuesta, pero que sean sin respuesta me calma. Mi vida en sí no ha cambiado desde que ocurrió todo esto, pero de alguna manera me soporto más a mí mismo. Es más fácil vivir con mi presencia. Sé quién soy, y creo que no muchas personas pueden decir lo mismo.

 

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