16/12/25

La joya del ocaso [Lucía Cervera Rodríguez]

—En honor a la víspera de vuestras nupcias, aquí va una nueva composición, Majestad.  

»“Érase una vez” es el comienzo de todas las historias bonitas —comenzó el bardo mientras deslizaba sus dedos por el laúd—. Entonces, ¿cómo empezamos aquellas que no lo son? La siguiente canción es triste y no es bella, aunque se debe escuchar con el corazón.  

El rey ladeó la cabeza y entornó sus negros ojos, escuchando con atención las palabras del intérprete y analizando cuidadosamente el roce de cada cuerda, cada nota que se entrelazaba con la melodía de su voz grave. 

—Siglos atrás, en Trolión, vivía Diocles, anciano ciego de una aldea. Tenía por costumbre sentarse junto a la puerta de su humilde cabaña para escuchar lo que ocurría en las calles. Su oído fino captaba todo; el trino de un pajarillo recién nacido en su nido, el murmullo del río que corría al otro lado del lugar, el hacha del verdugo impactar sobre la madera en la plaza del pueblo en los días de justicia popular… Si se levantaba del taburete de tres patas, su escucha mágica atravesaba kilómetros de campiña y le permitía oír a los amantes escapando juntos del destino, al viajero sorprendido por ladrones en medio del camino, al pastor de ovejas cantar y golpear las piedras con sus animados ritmos… Las espadas de los hombres guerrilleros eran también frecuentes sonidos. Es por esto último que dejó de hacer aquello de levantarse y oír a lo lejos, pues no quería plantearse la suerte de aquellos que proferían tales gritos.  

»Una mañana, sin saber muy bien por qué, se incorporó costosamente y esperó, atento a sus oídos. Dejó de escuchar a los pájaros y al río y se concentró en hallar los desagradables y metálicos ruidos.  

»Aquella misma noche, al venir de trabajar sus hijos, les hizo sentarse a la mesa.  

—Hijos míos —fue lo primero que dijo—, os querría tener siempre conmigo, pero hoy hay algo que debo pediros. Sabed que desde que tengo memoria, en la lejanía, hay gentes que se pelean cada día y mi conciencia ya no está tranquila. Antes lo dejaba pasar, ignorando el motivo; pero esta mañana he podido escuchar una conversación, una rencilla, y ahora conozco el porqué: esta guerra suya se trata de una gran lucha por una joya—. El hombre suspiró, cansado, tomó vino y prosiguió la apelación—. Me gustaría, hijos míos, que uno fuera a solucionar estas trifulcas tan inútiles y brutales. 

—Pero, padre —respondió Orsíloco, intentando entender lo que Diocles requería—, ¡cómo se puede solucionar un enfrentamiento empezado tantos años atrás! 

—Lo podría intentar, padre —respondió, sin embargo, el hermano gemelo, Cretón— pero no confíe en el éxito de tan descabellado plan.  

—Te acompañaré por cortesía, hermano —habló Orsíloco, el magnánimo—. Si vas, cuenta con mi espada para tratar de detener esa triste guerra, por muy infructíferos que resulten nuestros esfuerzos al final.  

»Y así fue cómo ambos hermanos marcharon, dirigiéndose al oeste, el lugar del metal. Cuando llegaron, no creían la barbarie que sus ojos les mostraba: hermanos que luchaban instigados por sus padres, hombres fuera de sí que vociferaban y se golpeaban con sus aceros sin ninguna clase de piedad ni mesura… Cretón se giró justo a tiempo de ver a un hombre de largos cabellos descuartizar a otro y despojarlo después de sus armas. Orsíloco no podía apartar la vista de un loco que, subido a un carro de caballos, arrastraba el cadáver de su adversario por el campo de batalla.  

»A los lados de aquel horrible panorama, las mujeres estaban sentadas con rostros vacíos y apagados, mirando al horizonte sin ver absolutamente nada. Orsíloco se acercó a una muchacha cuyos ojos marrones no prestaban atención a los horrores de la batalla; simplemente permanecía sentada en la silla de madera parda, quieta y callada, dejando pasar las horas largas e ignorando los combates que frente a ella y sus compañeras los hombres libraban.  

—Disculpe, bella dama, ¿cuánto tiempo lleva aquí sentada? 

»Como si de un trance despertara, su rostro se iluminó al escuchar palabras claras. Se giró al caballero Orsíloco y le costó articular palabra con su voz agrietada.  

—Incontables años, señor. Desde que los hombres decidieron cruzar su espada.  

—¿No fue eso hace mucho, cuando usted ni siquiera en esta tierra estaba? —inquirió Cretón al escucharla; no podía ser tan joven como para haber presenciado todos los años de batalla.  

—¡Oh, por supuesto que fue hace muchos, muchísimos años, pero yo la tierra de Trolión sí que la pisaba! Verá usted, señor, desde el primer choque de metal, los días para nosotros no pasan. Aquí esperamos las mujeres a que uno de estos gane la joya y el resto de nosotras podamos ser desposadas.  

—¿Cómo es eso, qué relación tiene un adorno cualquiera con la mano de tantas doncellas? 

—¡No os atreváis a referiros así a la joya del ocaso, forasteros del este! —gritó un luchador embrutecido, dirigiéndose a ellos con la espada. Sin embargo, apenas se les hubo acercado fue abatido por una lanza.  

—Les aconsejo que vayan hacia el oeste de este descampado y vean ustedes mismos la joya de la que hablan —murmuró la doncella, resignada.  

»Cretón y Orsíloco le hicieron caso y siguieron el rumbo del sol hasta llegar al fin de aquel campo, donde el gran astro se escondía tras una muralla dorada. En lo alto, sobre un trono, estaba dicha joya. Pero no era una joya, sino Helena, divina dama.  

»Incluso desde la distancia pudieron apreciar que no había otra en belleza igual. Rostro frío de blancas mejillas, sus ojos de miel contemplaban la batalla. El pelo se doraba con el sol a sus espaldas y el viento que lo agitaba expandía por los campos su fragancia de rosas y dalias. Los labios tenían un tono carmesí tan fuerte que dañaba la vista de quien lo miraba.  

—¿Qué tenéis vos que ver con el combate, hermosa diosa áurea, que lo contempláis desde ahí arriba sentada? 

»Ella los miró de soslayo antes de volver a fijar su vista en la contienda. Cuando pensaban que no replicaría, sus labios se entreabrieron para hablar casi cantando, entonando dulces sonidos más que verdaderas palabras.  

—Siempre es por mi causa y yo jamás hago nada—, suspiró, sacudiendo su cabellera con la barbilla elevada. —Ya que lo preguntáis, valientes hermanos, os lo contaré: con uno de estos combatientes, un rey, yo iba a estar casada. Sin embargo, apareció otro pretendiente y —dejó escapar una risa suave y amarga—, antes de darme cuenta, creyó que de él estaba enamorada. Se enzarzaron en una pelea mientras yo observaba, decidida a amar a quien probara ser digno con su espada. No pasó mucho tiempo cuando otros hombres, viéndome aquí sentada, intentaron también probarse a sí mismos para hacerme ver que debía marchar con ellos. Al ser yo el premio y estar esperando en la muralla del poniente adquirí el título de «joya del ocaso» y pronto toda la región quedó absorta en esta interminable batalla. Los animales pararon, las aguas callaron y los años huyeron de los integrantes de una guerra fratricida por el amor de la Helena divina. Así que aquí espero, pero no confío siquiera en que haya un desenlace para esta desgracia; la creo infinita.  

—¿No habéis considerado, vos que amapolas tenéis en las mejillas, que si eligierais a uno y lo anunciarais vencedor de la justa este conflicto terminaría? 

»En los ojos melosos de Helena, las pupilas se tornaron cristalinas.  

—Noble caballero, se me ha enseñado siempre que Helena no tiene opción, sino que desposará al que el destino decida.  

»Antes de que Cretón y Orsíloco pudiesen seguir hablando con la dama maldita por la belleza femenina, apareció un guerrero a sus espaldas y los asesinó sin dudar un segundo en cuanto los vio dirigirse a la Helena divina. Los gemelos gritaron al unísono y, también al mismo tiempo, los recogió la Muerte tras una dolorosa agonía.  

»A unos kilómetros, en la lejanía, Diocles se dejó caer en su taburete, maldiciendo su prodigiosa escucha de noticias.  

»Los ojos negros del monarca parpadearon varias veces cuando se dio cuenta de que la canción había finalizado.  

—¿Eso es todo, bardo? ¿Qué pasó después? —inquirió, intrigado.  

—No se sabe, Majestad. Todo dependía de la dama Helena—. Al pronunciar estas últimas palabras, la mirada del artista se dirigió momentáneamente a la prometida del rey, cuya vista empañada por algunas lágrimas silenciosas estaba clavada en sus manos—. A pesar de que ella afirmaba no tener elección.  

  «Y de Diocles nacieron después dos hermanos gemelos, muy expertos en guerras, Cretón y el magnánimo Orsíloco. Embarcaron muy jóvenes ambos en negros navíos; con los dánaos se fueron a Ilión la de hermosos corceles, […], pero los envolvió con sus velos la muerte».  

—La Ilíada, Homero («Canto V»).  

Entre la escarcha [Lucía Cervera Rodríguez]

Dejé que mis pies descalzos se deslizaran por el suelo lleno de escarcha. Los copos de nieve mojaban mi vestido de seda blanca. Y allí, descalza y empapada, por fin me sentí como un hada.  

Notaba mis dedos congelarse y a cada paso que daba, sentía que resbalaba. Pero, a pesar de todo, fui capaz de avanzar con el viento, la nieve y la escurridiza hierba escarchada. Poco a poco, creí que mejoraba; que el ser de orejas puntiagudas con sus alitas finas volaba.  

Puede que mis intentos fuesen inútiles. Que jamás lograra alzarme con mis ropas mojadas. Aun así, contemplaba el bosque blanco, maravillada. Por mucho que temblara o complicado que me resultara, mi vista estaba clavada en el cielo y en los copos de nieve, escuchando las melodías que a mi alrededor se cantaban.  

No me quejé cuando caí al suelo húmedo y cristalino, ni tampoco cuando las ramas permitieron que el vestido blanco se rasgara. Me levanté y aquí sigo, caminando con la mirada elevada.  

Pensamientos en la estación [Lucía Cervera Rodríguez]

El estruendo de las ruedas de metal al chirriar contra las vías me arrancó de mis cavilaciones. Observé el tren aproximándose a tanta velocidad que levantaba las hojas marrones y amarillas acumuladas a ambos lados de su recorrido, creando una lluvia de cálidos colores otoñales sobre el fondo del cielo gris. Mis pensamientos volvieron al día anterior.  

—¡Así que es eso! —le había gritado—. Volverás con ella y yo solo seré historia, ¿no? 

—Irene, es más complicado que… 

—¡No, no lo es!—. No me valían sus excusas. No cuando había pasado todo un verano enamorándome cada vez más, solo para que me sustituyera a la mínima oportunidad—. Volverás con ella y te olvidarás de mí, Jaime. Ya sabes lo que dicen: «un clavo saca a otro clavo».  

Noté algo húmedo bajando por mi mejilla y me limpié la lágrima, furiosa. No pensaba llorar por él. Mi mente vagó a un recuerdo más feliz, de hacía un mes. Antes de las sospechas y los secretos. Antes de leer aquel mensaje.  

—Podría quedarme aquí todo el día —había dicho yo mientras contemplaba las olas.  

—Te aseguro que yo también —coincidió él, acomodándose mejor en la arena mientras evitaba moverme de su hombro, en el que estaba apoyada. Se me quedó mirando con aquellos ojos castaños, embobado.  

—¡Hey! Que se te va a caer la baba —había bromeado con una sonrisa.  

—Es que eres preciosa —murmuró, inclinándose hacia mi boca. 

Aparté el recuerdo de mi mente. Rememorar el roce de sus labios salados en los míos resultaba doloroso, así como escuchar cualquier sonido similar al de su voz, tan relajada como el suave oleaje de las playas de aquel lugar. Incluso las secas hojas de otoño se asemejaban a sus ojos cálidos. En la estación, en cambio, no había nada como él; todo era ruido excesivo, gente estresada, silbatos estridentes… Ni siquiera mi abrigo me daba el calor típico de su abrazo. 

El tren ya casi había llegado, trayendo consigo un fuerte viento que arrancó el pañuelo de mi cuello. Me agaché para recogerlo, pensando en cómo él mismo se había ofrecido a ayudarme a transportar todas las bolsas y maletas que se me habían caído hasta la residencia de mi universidad. No fue en ese momento cuando me fijé en él, sino más bien cuando hacía unos meses nos habían dejado plantados a ambos en el mismo restaurante. La diferencia era que, en su caso, no había sido intencionado y ahora volvería con esa chica, que había estado todo el verano mandándole mensajes. Mientras tanto, yo estaba echándome a un lado, dándome cuenta de que nunca había sido más que una simple distracción.  

Parecía apropiado dejarlo en otoño. A fin de cuentas, de esa manera alguien podría llamarlo «amor de verano» en vez de «error». Así por lo menos incluiría la palabra «amor» junto a mi nombre.  

Llegó el tren y agarré con fuerza mi bolsa de viaje, dejando mis nudillos blancos. Hora de abandonar su pueblo e irme a casa. Era casi como si pudiese seguir oyendo su voz.  

—¡Irene, espera! 

 

15/12/25

Mundus perfectus [Antonio Lissot]

El viento soplaba de una forma diferente en la ciudad de Londres. El sol, que brillaba de una manera distinta, seguía siendo cálido, pero ese calor no parecía natural. Se podía apreciar un gran arco iris que casi se veía mítico, pero no había llovido en mucho tiempo. Las calles estaban limpias a la perfección, pero nadie las limpiaba. Nadie notaba esos pequeños detalles. La felicidad de cada uno era más que suficiente para mantenerlos distraídos. Era una fiesta que no acababa.

De repente, un hombre apareció tirado en el medio de la calle como si alguien lo hubiera dejado en el sitio equivocado. Su aparición obstruyó a los coches que pasaban, pero en vez de tocar la bocina y protestar, un joven se bajó para ayudar al hombre. Él abrió los ojos, sin saber ni dónde estaba ni cuándo estaba.

—¿Hola? ¿Estás bien? —dijo el muchacho que intentaba levantarlo.

—¿Dónde… dónde estoy?

—Bueno, a ver… Empecemos de nuevo. ¿Cómo te llamas? —preguntó al hombre, mientras lo llevaba del brazo hacia la acera.

Por unos segundos, la pregunta lo llevó a buscar un nombre entre un mar de confusión sin poder encontrarlo, pero eventualmente lo recordó.

—Me… Me llamo Orión. ¿Dónde estoy?

—Estás en Londres —respondió el muchacho— ¿No te acuerdas de qué te ocurrió?

—No… —contestó Orión, pero le costó hacerlo.

El hombre decidió mirar hacia arriba, queriendo contemplar el cielo y la luz del sol, pero la vista tampoco resultaba familiar. En lo más alto que podía ver había una grieta en el manto celeste del mundo, como si el mismísimo Apocalipsis estuviera a punto de empezar, y aquel sol tenía dos colores: una mitad normal y otra mitad azul. Orión estaba convencido de que estaba alucinando.

—¿Qué carajo...? —dijo el hombre sin miedo de ser grosero—. ¿Qué coño le pasa el cielo? ¿Y el sol? ¿Por qué está así?

—¿El cielo? —le contestó el joven, confundido—. No le pasa nada al cielo y tampoco al sol.

—¿Pero serás ciego? ¡Hay una maldita grieta ahí arriba! ¡Y el sol es mitad rojo y mitad azul!

—Sí, creo te estás volviendo loco. Vamos al hospital.

Por alguna razón extraña, Orión podía ver el cielo tan extraño, pero no el chico. Antes de que el hombre empezara a cuestionar su propia sanidad, encontró un anillo que sí logró reconocer. Era el anillo que había fabricado para que su hija se lo entregara a su futuro marido. Sin embargo, también empezó a recordar más detalles.

—Esto es imposible —dijo el hombre—. Recuerdo habérselo dado a Sara antes de…

—¿De qué hablas?

Ese anillo desbloqueó su memoria, que parecía estar perdida para siempre. Él ya pensaba que el mundo que lo rodeaba era diferente y pudo sentir la falta de familiaridad en el mismo viento, que no soplaba igual que antes. El anillo confirmó sus dudas. Orión logró recordar lo que había sucedido.

—Yo… morí. Ya lo recuerdo…

—¿¡Qué?!—. El muchacho pensó que había oído mal.

—Yo no sobreviví aquel día… Me habían asesinado… Y antes de morir, le di este anillo a mi hija, Sara…

Apenas terminó esa frase, el mundo se detuvo. El joven con el que estaba hablando se quedó congelado como una estatua; los coches estaban inmóviles sin poder llegar a sus destinos; el viento ya no soplaba a través de la barba negra de Orión y las hojas de los árboles quedaron flotando en el aire, queriendo caer, pero sin que la naturaleza lo permitiera. De pronto, Orión empezó a escuchar una voz que hacía eco en el espacio. Sonaba pacífica, pero también potente y sobrenatural.

—Entonces, lograste recordar todo. Ya veo que se me escapó uno.

El hombre no llegaba a encontrar de donde salía la voz, pero supo perfectamente que la había escuchado. Miró por todos lados, pero no encontró a nadie que se estuviera moviendo. Sin saber qué hacer, le respondió:

—¿Quién eres? ¡Muéstrate!

La voz soltó una risa calmada.

—No te estreses. Todo está bien. Si en verdad quieres verme, ven a donde estoy. Haré que sea más fácil llegar ahí.

Como si el propio universo estuviera jugando con él, a Orión se le apareció un portal inmenso por donde pudo ver un castillo de cristal en medio de un desierto nocturno. Sin saber qué estaba sucediendo, sujetó su gabardina y atravesó la puerta a la siguiente dimensión.

Apenas pisó la arena del desierto, Orión contempló el viento de este nuevo lugar. Tampoco le pareció familiar. Por alguna razón extraña, la corriente solo hablaba el idioma de la melancolía. El espacio estaba rodeado de tinieblas que no conocían la piedad ni la esperanza, pero no podían detener la luz que emitía el castillo. Aquella fortaleza luminosa tenía torres puntiagudas que rozaban las nubes y las desafiaban, como si el único posible dueño de aquella estructura fuese Dios. Aun así, Orión decidió caminar hasta llegar a la entrada del monumento a la divinidad y antes de que empujara las puertas gigantes, se abrieron solas para darle una bienvenida. Irónicamente, a pesar de lo brillante que era el castillo por fuera, el interior era un entorno completamente distinto. Lo único que se podía ver era el completo dominio de la oscuridad. Las antorchas eran las únicas fuentes de luz que había en aquel vacío.

Finalmente, apareció un hombre elegante, el verdadero dueño de esa voz divina. Su aparición hizo que la sala tuviera una pequeña luz de tinte azul; brillaba, pero no calentaba. Su ropa blanca contrastaba con el atuendo negro de Orión; su rostro fino y limpio se distinguía de la cara llena de dureza del invitado y sus ojos de oro gritaban divinidad, mientras que los marrones de Orión mostraban imperfección.

—¡Bienvenido!. Tú debes de ser Orión. Orión Markosias Nikolaos.

—¿Cómo sabes quién soy? —respondió Orión agresivamente.

—Tranquilo: no tengas miedo. Soy Joel, el dueño de este castillo, y creo que ya has notado que el mundo ahora es… distinto.

—¿Lo cambiaste tú, verdad?

—Correcto. Más bien, yo soy la razón por la que sigues vivo.

Cada vez que hablaba aquel hombre, la mirada de Orión se volvía más cínica.

—¿Qué carajo hiciste? ¿Por qué hiciste eso?

—No temas. Yo simplemente pretendo recrear la realidad; transformar el mundo en un lugar sin sufrimiento. Para lograr ese objetivo, tuve que revertir algunos hechos en los últimos años, incluyendo tu muerte.

—¿Un mundo sin sufrimiento?

—Claro. ¿Acaso nunca te lo habías planteado?

—Personalmente, no tengo ese tipo de sueños húmedos, si te soy sincero —respondió Orión con ironía, lo que provoca la risa silenciosa de Joel—. ¿Por qué quieres conseguir algo así?

—¿Qué tipo de pregunta es esa? —cuestiona Joel, con una sonrisa tranquila—. ¿Por qué no querrías tener un mundo perfecto, donde nadie tuviera que sufrir tragedias ni remordimientos y sólo conozca el sabor de la esperanza?

—Un mundo así no puede existir —respondió el invitado con firmeza.

—Eso es mentira. Ya lo has visto con tus propios ojos. De hecho, en el mundo ordinario, aquel joven no te habría ayudado a levantarte en la calle. Él no se lo hubiera pensado dos veces antes de atropellarte a toda velocidad. Gracias a mi voluntad, yo previne eso.

Orión no supo qué decir. Se quedó mirando el suelo, que le mostraba su propio reflejo, dudando de las intenciones del señor.

—Dime, Orión —agrega Joel, mientras le da la espalda y mira hacia arriba—: ¿nunca has pensado si todo lo que hemos vivido, todo el dolor que hemos tenido que soportar, se pudo haber prevenido?

—¿Todo lo que hemos vivido? ¿Eres humano?

Joel mantuvo su sonrisa tranquila.

—Efectivamente —responde el poderoso—. A pesar de este poder que tengo, también soy un ser de carne y hueso como tú.

—Entonces tu idiotez se puede explicar mejor. Sí, me hubiera encantado haber prevenido algunas cosas que me ocurrieron, pero aquí sigo. No tengo ni el tiempo ni la necesidad de pensar en esas cosas, porque aprendí a vivir con ello.

—¿Qué aprendería alguien si un coche lo atropellara a toda velocidad si su vida se acabara ahí? —preguntó Joel— ¿Qué aprendería una familia si se viera forzada a morir de hambre o si tuviera que intentar sobrevivir en una guerra que no dependiera de ella? ¿Qué clase de monstruo no querría revertir esas injusticias? Incluso tu propia muerte fue una de los millones que ocurrían cada día.

Orión suspiró y le contestó:

—Tú me devolviste la vida, es verdad; pero no me devolviste mi mundo. Lo reemplazaste con una fantasía. Pude ver los rostros de esas personas en Londres. Ellos sonreían, pero parecían lobotomizados. No parecían… humanos.

—Pero lo siguen siendo. Siguen siendo personas, pero esta vez tienen

verdadera esperanza.

—¿Qué van a saber esos autómatas sobre el valor de la esperanza si nunca la han perdido? ¿Crees que ellos podrían valorar la felicidad si nunca lloran o sufren? Nosotros somos incapaces de ser perfectos. Tú tampoco lo eres.

El maestro del castillo endureció su rostro.

—¿Estás implicando que el sufrimiento es necesario?

El silencio devoró la sala mientras la máscara de Joel empezó a caer. La mera implicación de algo así despertó algo dentro de él, algo que él pensó que logró reprimir por completo. Como consecuencia, se dio la vuelta y respondió con tono agresivo:

—Mírame a los ojos, Orión. ¿Qué necesidad hay de que un niño tenga que luchar contra un cáncer durante toda su vida solo para acabar muriendo en el intento?

Las carcajadas lejanas de un niño empezaron a hacer eco en el palacio.

—¿Qué necesidad hay de que esa pérdida conlleve el suicidio de su madre? ¿Qué necesidad hay de que un esposo tenga que atravesar por eso, sin poder hacer nada para salvar a sus seres queridos?

Cada frase estaba más cargada de frustración que la anterior. Su voz comenzó a temblar. Joel siguió:

—¿¡Qué necesidad hay de que él tenga que vivir el resto de sus días cómo si no hubiera pasado nada, sabiendo que por mucho poder que tenga, sus fantasmas nunca lo dejarán dormir?!

Joel empezó a respirar más fuerte.

—¡Respóndeme, Orión! ¡Dímelo!

Orión se quedó mirando sus ojos llenos de culpa. Él sabía que ese era su duelo. Su dolor. Joel no era un dios ni una forma de divinidad. Él era humano y sufrió, igual que él. Al saber esto, sintió simpatía por Joel.

—Te entiendo. Eso destruiría a cualquiera y lo sé perfectamente. Pero eso no justifica que manipules la realidad a tu gusto. Si tu hijo nunca pudiera morir, ¿de verdad lo amarías… o solamente la idea de él?

—¡Cállate! —replicó Joel, consumido por el odio.

—Déjame mostrarte algo —continuó Orión, mientras sacaba el anillo de su bolsillo— ¿Ves esto? Se lo di a mi hija, Sara, antes de morir. Yo sabía que mi vida iba a llegar a su fin, pero no dejé que esa desesperanza me devorara. Se lo di para que ella se lo pudiera entregar a su futuro marido. Mi muerte le dolió tanto que tuvo que internarse en un hospital de psiquiatría, pero ahí fue donde conoció a ese hombre. Aun así, tú borraste ese mundo. Le robaste la felicidad, intentando recuperar la tuya. Por eso rechazo tu nueva realidad y haré lo que sea para volver a la normalidad, incluso si significa volver a morir.

Joel, al escuchar sus palabras, también entendió su pérdida, pero se enfureció.

Cansado de debatir con alguien que no debía recordar su vida pasada, se transformó en una bestia demoníaca con alas negras de ángel, cuerpo de león y una cola de escorpión. Su verdadera forma era la de mantícora. Con una sed de violencia, le advirtió con una voz distorsionada y monstruosa:

—¡Está es mi realidad, mi mundo! ¡Bajo mi voluntad, la humanidad será feliz! ¡Rechaza tu vida entonces! ¡Te la quitaré con mucho gusto!

Orión, sabiendo que iba a perder su vida igualmente, sacó su machete y desafió a la bestia.

—¡Nadie será tu esclavo!

14/12/25

¡Buenos días, nación! [Marco Yuguero]

    La mañana comenzaba con un resplandor frío, de esos que parecen barnizar los ventanales de los edificios altos con una pátina de hielo líquido.

    En el rascacielos donde se grababa el saturday night live matinal de ¡Buenos días, nación!, Jonás cruzó el vestíbulo como si la alfombra roja se desplegara ante él, aunque en realidad fuese lunes y el café aún no hubiese hecho su magia.

    El presentador más caro del país avanzaba con el mentón erguido, el abrigo de cachemir gris ondeando a su espalda como una bandera.

    Sus asistentes se apartaban a su paso. No porque lo admirasen, sino porque lo temían. Él lo sabía y le encantaba. Era la clase de vanidad que consumía como combustible de lujo.

    Dentro del estudio, una productora le entregó un guion. Jonás lo recibió con dos dedos, como si el papel pudiera ensuciarlo.

    —Está lleno de anotaciones… —torció el labio—. ¿Quién te enseñó a redactar? ¿Un granjero?

    La mujer enrojeció y murmuró una disculpa casi inaudible. Jonás ni la escuchó; ya había girado sobre sus zapatos italianos para corregirle el maquillaje a otra asistente. Con gesto perezoso, le alzó la barbilla y dijo:

    —Ese delineado te hace parecer cansada. Y ya tienes bastantes problemas por tu cuenta, cariño.

    La muchacha retiró la mirada. Jonás continuó su ronda de comentarios despectivos igual que un escultor en mármol que jamás está contento con su obra. Cualquier cosa que no fuera él mismo le parecía un borrador mal hecho.

    Su equipo estaba compuesto solo por mujeres. Él presumía de ello como si fuese un logro magnánimo, un gesto casi filantrópico. Pero en realidad era un enjambre de quejas, demandas abandonadas por falta de pruebas, lágrimas apagadas en los baños. Jonás no daba limosna emocional y si alguna de sus trabajadoras insinuaba incomodidad, él se encogía de hombros. «Así es este negocio», solía decir.

    En el camerino, mientras los focos blanqueaban su piel perfecta contrastando con su americana gris, se miró al espejo con una sonrisa que pretendía ser elegante y terminaba pareciendo una confesión de narcisismo.

    «Soy una pieza única. Un tesoro nacional. Uno de los pocos hombres que pueden sostener un programa entero sobre sus hombros», se felicitó en silencio mientras ajustaba la solapa de su chaqueta azul marino.

    Detrás de él, Daisy apareció con su habitual carpeta roja. Ella era la más eficiente del equipo y era en una fiesta donde Jonás la había conocido, aunque para él solo era una más en su colección de figuras decorativas.

    —Jonás, la reunión con los patrocinadores es en diez minutos —anunció.

    —Perfecto. Diez minutos más para que el país disfrute de mi cara —respondió él con un brillo insolente en los ojos.

    Ella no contestó. Solo se ajustó la falda negra y regresó a su puesto.

    Diciembre irrumpió con sus luces colgadas en todas las avenidas y el edificio entero parecía haberse vestido de gala.

    Jonás recibió la llamada más esperada desde que obtuvo su primer contrato televisivo.

    —Queremos que presentes el Gran Acto de Año Nuevo —dijo la voz del director general—. El país entero te verá.

    Jonás sintió un cosquilleo parecido a la ambición multiplicada. Era el último hito, la joya de su corona dorada.

    —Naturalmente, aceptaré —contestó sin contener una sonrisa victoriosa—. Era cuestión de tiempo.

    Colgó y se alisó la camisa, aunque ya estaba perfecta.

    Por fin.

    «La noche donde todo el país se viste de lentejuelas para mirarme a mí. ¡Qué bien suena!». Su ego, ya exorbitante, infló su pecho como si fuese un globo atado por una cuerda demasiado fina.

    Para celebrarse a sí mismo, entró en una tienda de lujo cuyos escaparates parecían vitrinas de joyería. Allí eligió un traje verde confeccionado con lana fina y reflejos casi esmeralda. El chaleco era de tono un poco más claro, los pantalones estrechos, la americana casi teatral.

    Todo había sido pensado para ser inolvidable.

    —Lo estrenaré en la noche más vista del año —le dijo a la dependienta, que asentía, tratando de mantener el tipo.

    Amaneció el 31 con un cielo de plata que parecía anunciar un día épico. Jonás se levantó mucho antes del amanecer, incapaz de dormir por la emoción. Se duchó como quien se purifica para un ritual y dejó que el agua resbalara sobre su torso con una lentitud ceremoniosa.

    Luego abrió la caja donde reposaba su traje verde. Pasó los dedos por la tela, apreciando la textura suave y el brillo casi felino.

    —Mi obra maestra —susurró.

    Se vistió despacio: camisa blanca impecable, chaleco verde claro, americana de esmeralda profunda, pantalón ceñido, zapatos negros lustrados como obsidiana. Hizo nudos dobles, ajustes milimétricos. Una coreografía entre él y el espejo.

    Cuando salió, la calle estaba saturada de coches. Una marea de luces rojas.

    —Genial —bufó—. Toda esta gente debería quedarse en casa mirándome luego, no obstaculizando mi camino.

    El atasco fue infernal. Jonás golpeó el volante varias veces, insultó en voz alta y en voz baja, sudó fría rabia.

    «Tengo que llegar. No puedo quedar como un aficionado que llega tarde. ¡Soy Jonás Medina, por favor!».

    Llegó corriendo al edificio, casi sin aliento. Le quedaban diez minutos para maquillarse y cinco para ocupar posición en el set.

    Daisy lo esperaba junto a los focos con un auricular y un vestido deslumbrante de lentejuelas rojas, bordeado de borrego blanco que quedaba delicioso con su piel dorada.

    —Jonás, estás… casi a punto —dijo con incertidumbre.

    —Obviamente. Traje nuevo, carrera imbatible. Todo perfecto.

    Ella lo miró con los ojos entrecerrados. Dio un paso adelante.

    —Jonás… ese traje…

    —¿Qué pasa con él? —respondió él, irritado por anticipado.

    —Es… del mismo verde que la pantalla verde del set.

    Él parpadeó. Ella tragó saliva.

    —Si vas así, Jonás… —añadió— vas a parecer una cabeza flotante. Y… brazos flotantes. Y probablemente un fantasma sin torso. Los gráficos se comerán tu cuerpo entero.

    Un silencio que parecía tener bordes afilados se expandió entre los dos.

    —¿Qué? —dijo Jonás, con la voz quebrándose como cristal helado—. ¿Estás bromeando?

    —¡Ojalá!. Pero no. Mira.

    Abrió un monitor de pruebas. En él, su traje era un agujero negro donde se proyectaban imágenes aleatorias.

    No. No. No.

    «No puedo arruinar mi noche. No puedo presentarme como un truco mal ejecutado. Tengo que tener cuerpo. Tengo que existir. El país entero debe verme entero».

    Jonás comenzó a marearse.

    —No hay tiempo para ir a una tienda… —susurró Daisy.

    —¡Pues inventa una solución! —gritó él.

    Ella respiró hondo. Y entonces él la miró como quien observa un salvavidas flotando.

    —Daisy. Dame tu ropa.

    —¿Qué? ¡No! Jonás, eso no… ¡Es un vestido! ¡Y es muy corto! ¡Llevo medias, tacones…!

    —Y un gorro navideño que combina perfecto con la escenografía —añadió él con brusquedad—. Daisy, no es una petición. Es una orden. No puedo salir desnudo en televisión. Tendrás que usar mi traje.

    —Pero… —ella lo miró horrorizada—. ¿Quieres que… que tú…?

    —Sí. Dame todo. Medias. Tacones. Sujetador incluido. ¡Vamos!

    Daisy protestó durante dos minutos completos. Pero él insistió, empujado por el pánico y su sentido absoluto de derecho divino. Al final, ella, derrotada por la urgencia, accedió.

    Entraron al camerino. Ella le entregó su ropa con resignación exasperada.

    —Ten cuidado con las lentejuelas. Son delicadas.

    —Más delicado soy yo —respondió él, empezando a quitarse la chaqueta mientras Daisy se tapaba los ojos.

    El proceso fue caótico. Jonás resoplaba, sudaba, maldecía. Las medias eran un desafío atlético. El sujetador un rompecabezas. El vestido ajustado lo dejó sin aire.

    El gorro navideño coronó el desastre.

    Cuando salió, Daisy soltó una risa involuntaria.

    —Pareces… —ella buscó una palabra diplomática— festivo.

    —Pareceré un héroe nacional cuando termine esto —gruñó Jonás, intentando caminar con tacones. ¡Dioses! ¿Cómo caminan ellas? Esto es un campo de batalla.

    —Bueno… ya casi empezamos —dijo Daisy, vestida ahora con su enorme traje verde, que le quedaba ridículamente grande—. ¿Estás listo?

    —No, pero vamos igualmente.

    Las cámaras se encendieron. La audiencia nacional esperaba a Jonás Medina con su tradicional porte imponente.

    Y lo que apareció fue… Jonás Medina.

    Pero vestido como una asistente navideña glam, con un traje corto de lentejuelas rojas y borreguito blanco que brillaba con los focos, medias altas que hacían que sus piernas parecieran esculturas heladas, tacones temblorosos y un gorro de Santa Claus que bailaba con cada respiración.

    Su sonrisa era la mezcla exacta de pánico, orgullo y resignación.

    —¡Bue… buenas noches, nación! —dijo, con voz firme a pesar de todo—. ¡Bienvenidos al Acto de Año Nuevo!

    Un murmullo recorrió el estudio.

    Daisy, detrás de cámaras, veía a Jonás luchar para no tambalearse.

    «No te caigas, Jonás. No me obligues a salir corriendo a ayudarte frente a todo el país», pensó ella, con un cariño que no sabía que tenía.

    Jonás, por su parte, pensaba en bucle: no resbales, no abras demasiado las piernas, recuerda que llevas medias, respira, no mires a la cámara como si estuvieras suplicando auxilio.

    Aun así, había una chispa de funambulista orgulloso en su pecho. Cómico, sí. Ridículo, tal vez. Pero sobreviviría.

    El show avanzó con momentos memorables: un tacón que casi se dobló, un tirón del vestido que reveló un centímetro extra de muslo, una risa colectiva del público que terminó transformándose en ovación.

    Al final, mientras los fuegos artificiales estallaban en pantalla, Daisy se acercó a él con una sonrisa suave.

    —Lo hiciste. Y no pareciste una cabeza flotante —dijo en tono celebratorio.

    Jonás exhaló por primera vez en horas.

    —¡Gracias por… tu ropa!

    —¡Gracias por no desmayarte! —respondió ella.

    Hubo un segundo donde se miraron. Un segundo cálido. Silencioso. Lleno de una energía inesperada entre lentejuelas y tacones prestados.

    Él, sorprendentemente, sonrió.

    —Daisy… mañana… podríamos tomar un café. Para darte las gracias, digo. O… no sé.

    Ella arqueó una ceja.

    —¿Jonás Medina pidiendo un café de agradecimiento?

    —Bueno… a veces los milagros ocurren.

    Daisy rio. Y por primera vez, Jonás sintió que su ego había soltado un pequeño suspiro, dejándolo respirar como un ser humano normal.

    A su alrededor, el set explotaba en aplausos.

    La nación jamás olvidaría ese Año Nuevo.

    —Y así, hijos míos, es como conocí a vuestra madre. Ahora, a la cama, que ya se está haciendo tarde y vuestra madre me va a regañar por dejaros estar despiertos a estas horas. ¡Hasta mañana! ¡Que soñéis con los angelitos!

13/12/25

Justificación de Judas [Emilio José Alarcón]

Un callejón angosto, donde hay casas rectangulares de piedra caliza, con puertas de madera simple. Los muros y suelos del callejón son de piedra. Judas está sentado en la acera: con su cabeza en sus rodillas y viendo hacia abajo. Un Niño de aproximadamente nueve años sale por una puerta que queda del lado derecho de Judas. El Niño se queda viendo a Judas mientras los dos permanecen en silencio. 

Niño.—(Mirando hacia Judas con curiosidad). ¿Qué te pasa?

(Judas levanta la mirada lentamente y se queda mirando la cara limpia e inocente del Niño por unos segundos).

Judas.—Nada, solo estoy pensando.

(Judas vuelve a bajar la mirada y regresa a su posición anterior. El Niño no deja de verlo. Ambos permanecen así por quince segundos).

Niño.—¿En qué piensas?

Judas.—(Con voz apagada, sin levantar la mirada). En mis errores. En errores que no se pueden deshacer.

Niño.—(Sonriente). Mi padre me dijo una vez que si rompo algo, debería intentar arreglarlo.

Judas.—(Mientras ríe una risa débil y triste). No todo se puede arreglar.

(El Niño toma asiento al lado de Judas. El Niño tiene una expresión aún más curiosa que antes).

Niño.—¿Cómo te llamas?

Judas.—Judas Iscariote.

Niño.—Una vez rompí algo que no se podía arreglar, pero me perdone con mi padre y todo salió bien.

Judas.—(Con tono violento). ¡¿Y cuando haces algo imperdonable?! ¡¿Ahí qué haces?!

(El Niño baja la cabeza, se levanta lentamente y comienza a irse).

 Judas.—(Alzando la cabeza y mirando al Niño). Perdón. Perdón, no te vayas.

(Judas Vuelve a bajar la cabeza. El Niño se da la vuelta y se vuelve a sentar).

Niño.—¿Qué hiciste?

Judas.—(Traga saliva, sin levantar la mirada). Empezó con solo un pensamiento. Empezó con una chispa que no logré apagar a tiempo.

(La expresión del Niño es aún más curiosa que antes).

Judas.—Creía que si lo presionaba… si no le daba otra opción… él haría lo que todos esperaban. (Se ríe amargamente). ¡Qué ingenuo! ¡Qué soberbio!

Niño.—¿Lastimaste a alguien?

Judas.—(Alza la cabeza y mira hacia el cielo.) Lastimé a la persona más importante en mi vida. Pero no con mis manos. Yo los llevé hasta él. Y cuando lo vi sangrar… ahí entendí lo que había hecho.

Niño.—(Mirándolo sin juicio). ¿Y lo querías?

Judas.—Como a un hermano.

Niño.—¿Entonces por qué le hiciste daño?

Judas.—Creí que yo podía… empujarlo. Obligarlo a que se revelara como el mesías que todos querían. (Se le resbala una lágrima). El que se acabó expuesto ese día fui yo.

Niño.—¿Te arrepientes de lo que hiciste?

Judas.—(Se para y mira al horizonte). Nací traidor antes de tener elección. ¿Cómo puedo luchar contra una historia que ya está escrita? (Mira al Niño, el cual está mirándolo sentado). Sé que esto no es algo que tu puedas entender. No sé si sentirme culpable o no. Ahora me doy cuenta de que fui un actor en su obra, cuyo final ya estaba decidido. (Vuelve a mirar al horizonte). Yo no fallé. Cumplí mi papel. ¿Por qué me sentiría culpable? ¿Por qué me siento culpable?

(Un rayo de luz ilumina la cara del Niño).

Niño.—(Con un tono serio y adulto). La obra no ha terminado.

(Judas mira al Niño temblando).

Judas.—(Lanzándose encima del niño y dándole un abrazo). ¡Perdóname! ¡Perdóname por favor! Nunca me he sentido más culpable en mi vida.

(Judas se pone de pie. El Niño ha desaparecido).

Judas.—(Mirando al cielo). Tu silencio, tu falta de respuestas y tu indiferencia ante mi culpa… me están matando.

(Judas se sienta de nuevo en la acera: con su cabeza en sus rodillas y mirando hacia abajo).