30/11/25

Desafinada [Lucía de Brito]

    Camino entre voces que avanzan: sus risas, sus pasos, sus miradas… y mi nota se queda atrás.

    Desafinada, errando en el compás del universo. Todos bailan al mismo ritmo, en la tierra firme, con la melodía justa, mientras yo intento alcanzarlos y solo rozo el eco de sus acordes.

    Desafinada, siempre un instante después, como el reloj que nunca marca la misma hora, como un verso que llega tarde a la canción. Me esfuerzo por seguirlos, por no arruinar la armonía, pero la música me adelanta y yo me pierdo entre silencios que todos ignoran.

    Desafinada, y aun así sigo caminando. Con mi ritmo torcido, con mi paso distinto, buscando mi propia melodía en un mundo que no para, que no espera.

Distorsión [Jesús Bravo López]

Lucas despertó de un sueño. Encendió un cigarro. El humo ascendió en línea recta antes de enmarañarse y desaparecer.

Recordó el grito de una mujer. Eso también salía en el sueño, era un buen sueño. El grito era música celestial.

Se sintió sucio, simplemente acabó y se durmió.

Se había fumado un cigarrillo antes. Le ayudaba a recordar. Así, conseguía soñar después.

Se había dado un golpe en la cabeza aquel día. Perdió el olfato, entre otras cosas.

Hacía ya más de veinte años. Vivía aún en México y acababa de ser su séptimo cumpleaños.

El rumor. El rumor que lo cambió todo. Empezó un día como otro cualquiera. Un niño había desaparecido y ante la incógnita de qué le había pasado, surgió la historia de que había sido secuestrado.

La verdad es que no desapareció ningún niño. Pero la histeria colectiva ya estaba prendida, igual que se prende la paja ante la más pequeña de las chispas.

Se intercambiaban mensajes constantes por WhatsApp.

El miedo tenía al pueblo en sus manos y deformaba la realidad.

En las calles y avenidas ya no había movimiento ni risas hasta tarde. Cualquier sombra, cualquier mirada era tratada como una amenaza. Se había impuesto un toque de queda no declarado, surgido espontáneo de un demonio del que pocos sabían el nombre: PARANOIA.

Lucas tuvo que acompañar a su padre al trabajo. Su padre era el jefe de policía del pueblo y, como era habitual, cuando iba con él, lo previsible era leer cómics tranquilamente en la comisaría. No pasaba nunca nada y su padre solo recibía aburridos avisos sobre robos de gallinas o disputas entre vecinos.

Pero pronto aquella rutina cambió.

Los habían visto. Su padre salió a buscarlos en el coche patrulla; dijo que tardaría cinco minutos.

Cinco minutos eternos para un niño.

Cuando su padre regresó, la calle de enfrente de la comisaria estaba abarrotada. Los vecinos habían venido y, como zombis, de forma ausente deambulaban sin sentido.

Apenas hablaban. Parecían esperar algo.

El coche llego, un par de pitidos de sirena los enfureció. Rodearon el coche gritando y golpeándolo.

—¡Asesinos!

—¿Dónde están los niños?  

—¡Cabrones!

Lucas se escondió debajo del escritorio de su padre. Se golpeó la cabeza contra el borde de la mesa; fue un buen golpe, se mareó, le sangró la nariz.

El padre de Lucas, ayudado por otros agentes, sacó a los presos esposados y, con la cara tapada, los metió en la comisaria. Una fina capa de sudor cubría su rostro haciéndolo brillar a causa de las luces rojas y azules.

Los vecinos intentaron entrar en la comisaria tras los reos. Los ayudantes les impidieron el paso.  Un vecino fue el primero en golpear. Los agentes sacaron las porras y los echaron a golpes.

Cerraron las puertas con llave. La masa estaba a las puertas y empujaba con fuerza para llegar hasta los criminales. La comunidad de vecinos se transformó en una horda. Gritaban, maldecían, gruñían.

Ya no eran personas.

Empujaron las puertas. Usaban adoquines, piedras para golpear las cerraduras de las rejas de entrada. Al final, arrancaron un banco de la calle y, usándolo como ariete, entraron.

El padre de Lucas sacó el arma mientras el sudor goteaba desde su barbilla. La amartilló.  Esperaba poder amendrentarlos.

Pero era la esperanza de un niño. Se abalanzaron sobre él, le quitaron el arma, lo golpearon y lo rompieron a patadas. Le quitaron las llaves. Abrieron las celdas. Sacaron a los hombres aún encapuchados y la estampida paso sobre ellos.

La pistola pasó de mano en mano entre la multitud como un trofeo. Finalmente, alguien la empuño, su mano surgió anónima entre la masa apuntando a uno de aquellos dos pobres desgraciados. y disparó. «¡Dale, dale!», dijo alguien. La luz se apagó y la incipiente noche se tragó la sala. Se produjo otra detonación que iluminó el lugar como el flash de una cámara y que grabó en la retina de Lucas una fotografía abominable. El grupo de gente rodeando a dos hombres esposados con las manos a la espalda, sus sombras alargadas como espectros hacia las paredes, los rostros tapados de los muertos.

El grito de una mujer sobresalió entre los demás. Lucas vio su sonrisa enferma, el brillo desquiciado en sus ojos. Era una fiesta macabra.

Lucas lo vio todo agazapado debajo del escritorio y rodeado por las hojas rotas de su cómic.

Nunca pudo olvidarlo.  Nada se compara a lo que vio.

Por eso, veinte años después, se fuma un cigarro antes de salir en la noche.

El humo subió recto. Después se enredó, se retorció y se convirtió en maraña justo antes de desaparecer. 

Ellas darán la nota perfecta con el crujir de sus huesos.

Los gritos serán los coros de una música que solo alguien como Lucas es capaz de oír. Y que escuchó por primera vez aquel día, cuando todo un pueblo fue poseído y dos hombres se convirtieron en sacrificio.

«¿Soy yo el que se volvió loco o fue el mundo?», se pregunta mientras fuma.

Espera, piensa. «La respuesta me importa una mierda; mañana volveré a encender otro cigarro y todo volverá a empezar».. Primero sube recto, luego un grito y más tarde… la belleza.

 

26/11/25

Velas rojas para los muertos [Lucía Cervera Rodríguez]

        «No puedo soportar que no estés. Me has dejado completamente solo; pues ahora ya no soy capaz de relacionarme con nadie. No lo entiendo, pero siempre que salgo de casa me encuentro aquí plantado. Esto no es vida; ¡ojalá pudiera reunirme pronto contigo!, pero, aunque no viva, sé que todavía no estoy preparado para la muerte. Es paradójico: odio esta existencia y, sin embargo, no logro evitar aferrarme a ella...».  

        La débil barca de mis pupilas continúa luchando contra la corriente del río para leer las páginas llenas de tinta gris. Cuando termino, sé que no tengo fuerzas para permanecer mucho más tiempo aquí, a oscuras con el frío nocturno. Seco mi cara con un pañuelo y deposito las rosas a los pies de la lápida.  

        Su tumba está en un extremo del cementerio, bajo la guadaña de una figura esquelética de obsidiana. La niebla que se ha asentado en los alrededores contribuye a congelar mi aliento con cada respiración y sé que no tardaré en encontrarme otro día de nuevo aquí, llorando lágrimas sólidas que caen como cristal en los restos de mi amada.  

        Saco un mechero y dejo que su fuego consuma mi patética carta. Cuando no es más que ceniza y brasas, ajusto bien la cremallera de mi abrigo y busco el camino de ladrillo que guía hasta la salida.  

        Un paso, otro. Lo único que noto bajo mis pies es la hierba mojada tras la tormenta. La niebla dificulta la visión, así que cuando avanzo, tropiezo con algo que no recordaba que estuviera allí. Al caer me ha parecido distinguir una figura no muy lejos. 

        —¿Hola? 

        Silencio. Tal vez sea una estatua. Sacudo la cabeza y extiendo la mano para evitar el objeto que me ha hecho caer antes, pero solo hay aire. Suspiro con pesadez y me incorporo para seguir caminando. 

        El viento arranca un sonido agudo, casi histérico, a las estatuas y lápidas del cementerio; estoy seguro de que así aullaría mi espíritu torturado si se le diese voz. El sonido agudo se repite más fuerte, erizando mi piel al considerar súbitamente que pueda ser un grito humano. Ahora mi pecho tiene un tamboril, mientras camino errático buscando mi sólido camino de ladrillo entre verdes suelos blandos.  

        A lo lejos, entre la bruma gris, se distingue la luz de una farola. Me dirijo allí, pero mis pies se detienen cuando algo tapa momentáneamente esa luz. Alguien ha pasado por delante, corriendo. 

        —¡¿Hola?! 

        Esta vez lo he dicho más fuerte, intentando esconder mi temblor, pero aun así no hay respuesta. De pronto «Fff... fff... fff...». Un jadeo justo al lado de mi oreja derecha. Giro rápidamente, pero no hay nadie. Unos metros más allá, algo se mueve: una sombra balanceándose de un lado para otro con un ritmo lento y constante. Sin apartar los ojos de ella, comienzo a alejarme, pero apenas me he movido cuando escucho de nuevo el mismo jadeo a mi izquierda. Doy la vuelta y, de nuevo, no veo a nadie. Me pregunto si tal vez el que jadea soy yo, confundido también por el martilleo constante de mi corazón desbocado. Doy otro paso y al echar la vista atrás para vigilar a la sombra me tranquilizo. Desde aquí se percibe que no es más que una capa negra, hecha jirones y enganchada en las ramas de un árbol desnudo que se mece suavemente con el viento. Me extraña el cambio drástico de la corriente de aire, antes tan furiosa como para crear sonidos atronadores similares a los de un grito agónico y ahora tan etérea como para acunar la capa destrozada que cuelga de esas ramas.  

        Ya decidido, me encamino a la farola entre la densa niebla. Estoy a tan solo unos metros cuando una mano helada, de dedos finos y largos, me aprieta el brazo hasta dejarlo blanco. Me quedo unos segundos sin respiración mientras las uñas afiladas de quien sea que me haya agarrado se clavan en mi piel amenazando con arrancármela y no soy capaz de emitir ni un sonido mientras dirijo la vista al cuerpo que va unido a esa mano.  

        Se trata de una mujer menuda, con unos ojos tan grandes y tan negros que resulta casi imposible centrarse en nada más. En estos momentos ocupan más de la mitad de su rostro cadavérico, pues están abiertos con horror mientras su boca, abierta también, introduce y expulsa aire a velocidades inhumanas. No me atrevo a decir nada, mientras clava sus dagas en mis brazos, mantiene sus pozos oscuros en mis pupilas y sopla un vendaval gélido sobre mi rostro. Temo que mi expresión sea parecida, pero no creo tener un aspecto tan antinatural, con andrajos grises empapados, sogas finas saliendo de la cabeza y un brillo plateado en la piel sudorosa bajo la luz de la luna.  

        —Tenemos que huir—. La histeria en su voz me pone aún más nervioso—. ¡Nos persigue algo! 

        Sin decir nada más, sale corriendo conmigo agarrado del brazo, a lo que trastabillo y estoy a punto de caer, pero consigo enderezarme y seguirle el ritmo, sorteando lápidas, quebradas por las raíces de los árboles.  

        —¡Cuidado! 

        Grito del susto mientras miro a donde ha señalado; aunque no veo nada, estoy seguro de que por ahí debe estar la sombra de antes.  

        «Fff... fff... fff...». El jadeo se escucha peligrosamente cerca y acelero el paso, siendo yo quien prácticamente tira de la mujer.  

        «Fff... fff...fff...». Intento parar para esconderme detrás de una enorme tumba, pero antes de llegar a ella aparece un cuervo que se lanza directamente hacia mi rostro. Mi graznido y su alarido se funden en un acorde espantoso.  

        «Fff... fff... fff...». Cuando lo vuelvo a notar a tan solo unos centímetros, grito otra vez y salgo disparado con la mujer histérica.  

        En medio de la persecución, ella tira de mí para cambiar la trayectoria y no objeto cuando nos metemos en un mausoleo y, soltándome por primera vez, corre a bloquear las puertas. Sin dudarlo un segundo, agarra unas cadenas y rodea los pomos con ellas. Da un brinco, sobresaltada, cuando algo impacta contra la madera desde el exterior. «¡Pum... pum... pum...!». Varios golpes rítmicos resuenan en la oscura tumba en que nos hemos metido.  

        Unas velas de tenues llamas verdes se encienden de la nada. Temblando, entrecierro los ojos para intentar vislumbrar lo que nos rodea, pero no consigo distinguir mucho más aparte de la silueta de mi acompañante. Me fijo en que ha encontrado un candelabro con esas llamas de color tan extraño. Su tembleque es tal que las sombras difusas que genera el candelabro titilan y se ondulan, moviéndose al son de las velas agitadas. Se escucha la respiración de ambos, los golpes incesantes en las puertas y el crepitar siniestro del fuego verde.  

        —Va-vamos —tartamudea  ella.  

        —¿Qué? 

        —No e-es p-por nada, pero... yo m-me ale-lejaría todo lo po-posible de la pu-puerta.  

        Los golpes que siguen resonando me hacen darle la razón.  

        Mi acompañante ya se ha alejado y está entrando decidida en una de las cámaras. Me apresuro a seguirla.  

        La siguiente sala es un espacio estrecho, con nichos a los lados. Nada más entrar me veo obligado a ponerme de costado, lo que me permite caer en la cuenta de que los nichos no tienen tumbas ni cadáveres, sino más velas, estas de color amarillo, y movimientos mucho más agitados que los de las verdes; las llamas se retuercen, como peleando por el escaso oxígeno de la sala. No sé por qué, me hacen pensar en un reo de muerte boqueando con la soga al cuello, desesperado por aferrarse a la vida cuando lleva un tiempo con las manos y pies calentándose en las brasas del infierno.  

        Mi lucha por no hiperventilar aquí, encajonado entre nichos hasta el punto de que noto los latidos de mi corazón chocar contra la piedra, me resulta complicada, pero cruzo la sala y en cuanto llego al otro lado me llega un olor putrefacto y desagradable.  

        —¡Por aquí! 

        La voz ha sonado desde abajo. Compruebo que hay una trampilla con unas escaleras de aspecto no muy estable. Titubeo; el olor desagradable viene de allí.  

        «¡Pum, pum, pum!». El ruido de la puerta me convence; incluso me ha parecido oír los goznes desencajándose.  

        Inspiro profundamente y bajo por las escaleras, escuchando los crujidos a cada paso. Una vez abajo, me percato de un nuevo cambio de luz. Unas velas rojas de brillo mortecino crean formas monstruosas en las paredes. Veo en el suelo el candelabro que antes sostenía mi compañera y lo recojo. Doy un paso y algo se rompe bajo mis pies. Acerco la luz: es un cráneo humano, manchado de sangre y ahora fragmentado. Cerca de él, un ramo de rosas secas. 

        Retrocedo, intentando ignorar otros crujidos varios a mis pies, acompañados de sonidos metálicos y ecos que no logro identificar. De pronto, una respiración cercana.  

        —¿Hola...? ¿Dónde e-estás? 

        Nadie contesta y estoy demasiado desorientado como para encontrar de nuevo la escalera. Intento tranquilizarme. Mis velas me permiten distinguir una figura sentada y me agacho para hablar con la mujer, pero no es ella. En su lugar, un hombre con el rostro desencajado me devuelve la mirada, sus ojos saliéndose de las órbitas. Dos cuchillos en sus hombros clavan su espalda a la pared y un tercero en su yugular hace que un río escarlata baje por su garganta y desemboque en un estanque en el suelo donde estoy sentado. Otro ramo de rosas, mustias, descansa entre el líquido espeso. Retrocedo inmediatamente, manchado de sangre ajena que, alarmantemente, aún no está seca.  

        Apenas tengo fuerzas para gritar y cuando mis rodillas flaquean me apoyo en el muro más alejado de los dos cadáveres. Respiro profundamente, pero al exhalar vaho se nota un temblor en mi cuerpo que lo fragmenta y este escapa de mí cual locomotora de vapor.  

        Intento recuperarme y me estabilizo, estirando las piernas para ponerme en pie. «Tengo que salir de aquí», pienso, así que comienzo a examinar la pared, iluminándola con el candelabro. Es un muro antiguo con curiosas tallas en la piedra. En un punto del muro, una escultura de una mano emerge de la superficie; pienso que probablemente sirva para enganchar antorchas o parecido de ahí, así que tal vez ayude con la iluminación. Me acerco a la mano gris, tallada de manera tan perfecta que casi creo estar mirando una real, delicada y huesuda, e intento colgar mi candelabro de ella.  

        Súbitamente la piedra cobra vida y la mano aprisiona mi muñeca con un agarre brutalmente fuerte, capaz incluso de romper mis huesos. El candelabro cae y profiero un alarido desesperado mientras intento soltarme, pero lo único que sucede es que el dolor en mi muñeca se triplica y, de pronto, emergen otras manos de la pared, asiéndome del cuello, de las piernas y, finalmente, aprisionando mi otro brazo y dejándome inmovilizado y gimiendo de dolor.  

        El pánico aumenta cuando las llamas rojas se intensifican y me permiten ver la estancia: esqueletos, cadáveres de hombres en descomposición y armas ensangrentadas de todo tipo llenan el lugar. En una esquina distingo varios brazos cercenados y cuando aparto la vista, esta se clava en el cuerpo de un cazador que cuelga de una lámpara por los pies, con las muñecas encadenadas al cadáver de algún tipo de animal. Los golpes que se escuchan en la puerta vuelven a intensificarse todavía más, ahora acompañados de aullidos de lobo.  

        —No te preocupes—. La vocecita liviana proviene de detrás de una columna—. Aquí no les dejo entrar.  

        No tengo suficiente aire en mis pulmones, que comienzan a estrujarse entre mis costillas luchando por conseguir oxígeno del ambiente con olor a muerto que perciben. A la melodía de los golpes, los aullidos y las cadenas se les ha unido mi respiración entrecortada, la desesperación de verme atrapado y la horripilante vocecita tras la columna.  

        —¡¿Qué...?! ¡Por favor, yo no he hecho nada, no...! 

        —¡Shh...! 

        Sin saber por qué me callo, mientras veo, entre lágrimas, a una figura borrosa salir de detrás de la columna.  

        Avanza lentamente seleccionando puñales, cadenas, espadas y todo tipo de instrumentos punzantes con curiosidad e interés, algunos incluso extrayéndolos manchados de los cuerpos mutilados. Los coloca en una fila en el pavimento frente a mí y por fin me mira, sacando un ramo de rosas frescas: ahora soy capaz de fijarme en algo más que su insondable mirada de perlas de obsidiana. Recupero la voz de pronto; no puede ser.  

        —¿María? 

        La boca en el conjunto cadavérico de su rostro se tuerce en una sonrisa de lado.  

        —Quédate muy quieto.  

21/11/25

El perro y la música [Lucía de Brito]

 En una casa junto al río, donde el viento susurraba entre los árboles, vivía Choco, un perro de orejas largas y ojos llenos de ternura. Su dueño, un músico, había perdido recientemente a su amada esposa y desde entonces la casa parecía envuelta en un silencio que dolía en el corazón.

Cada tarde, el músico se sentaba al piano y dejaba que las notas flotaran por la habitación, intentando llenar el vacío que la ausencia había dejado. Choco siempre estaba a su lado, escuchando con atención, sintiendo cada suspiro, cada pausa, cada lágrima escondida entre los acordes.

Un día, mientras el músico tocaba una melodía triste, Choco se acercó y apoyó la cabeza en sus pies. Sus ojos brillaban con comprensión y su respiración tranquila parecía decir: «No estás solo».

Cuando el músico se atrevía a tocar canciones alegres, Choco saltaba, corría y movía la cola, como si le recordara que la vida aún guardaba momentos de alegría, incluso entre la tristeza.

Con el tiempo, la música y Choco se convirtieron en un puente entre el dolor del pasado y la esperanza del presente. Cada nota que salía del piano llevaba consigo recuerdos, amor y consuelo, y Choco respondía con su compañía silenciosa, enseñándole que los corazones, aunque heridos, podían volver a sentir.

Una tarde, el músico cerró los ojos mientras tocaba una melodía que había escrito para su esposa. Choco se acurrucó a su lado y juntos, en la armonía de la música y la ternura silenciosa, entendieron que el amor no muere; solo cambia de forma.

Alegoría del orgasmo [Élian Mendoza]

En la oscuridad de la noche, se enciende un cuerpo llameante. Lumbre de la nocturnidad, irradia luz y calor. En una lejanía que la hacía más que llama, chispa, estrella, pero la estrella polar de todos los deseos. Cuerpo fogoso, oscuro, luminoso y titubeante, se decía que una sola chispa podía prenderte y volverte la lava que fluye por su piel.

Caminar de la mano con alguien era lo más sencillo, correr con el cuerpo direccionado hacia la luz al final de lo oscuro, acelerar como si eso acortase las distancias y no hiciese que aquel que dejase de sentir al otro y llegase a la fogata la apagara al caerse sobre ella por ser mínimamente tocado. No, no podía encomendar a nadie esta misión, nadie me acercaría ni lo más mínimo a ese ser oscuro y resplandeciente.

Posé mis dedos desnudos sobre el polvo de su cálida tierra, dándome cuenta de que contra lo que todos describían, aún estaba fría. Cerré los ojos y traté de dibujar con mis pies, embelesándome con la sensación de la tierra en mi piel. La tierra se volvió más cálida. Dejé que los pies fueran por si solos hasta tocar sobre el camino que mejor temperatura irradiaba; caminé hacia allí. La tierra cada vez se atemperaba mejor, el polvo acogía mis pasos. La luz del camino era cada vez más nítida. Un viento levantaba el polvo calmando el poco calor que podía sentir y mi paso se tornó en trotar.

Cuando te sientes dueño de tus pasos, no importa que ellos te lleven hacia la nada si solo quieres poseerlos. No poseía mi dirección, sino la agradabilidad de poder correr y sentirlo todo a mi alrededor. Las pupilas se dilatan y la respiración se acelera por un sinsentido que me domina y me vuelve frenético. Me poseen mis sensaciones y las ansias de experimentarlas. Me caigo en la lava del baile llameante. Mi cuerpo ya no me pesa, solo lo rodea la luz y el calor. Mi cuerpo se suspende mientras la densidad lo posee y lo invade, desorbitándome las cuencas, perdiendo el control de mis movimientos que solo saben manifestar lo bien que todo parece sentirse. Y debajo de mí, me abraza la llama estrellada que ya no es chispa, sino sol. Él me toma en sus brazos y me alza en cascadas de lava, mientras mi cuerpo explota por el culmen sensitivo al que se ve sometido. Y la tierra, la lava, la luz, el polvo y la brisa parecen acompañarme hacia mi subida, como si él controlase todo para complacerme, como si quisiera que todo empezara y acabase en mí. Pero entonces se queda sin fuerzas y la tierra me traga.

 

Como estoy ahora [Élian Mendoza]

Vista desde mil maneras, vistas dan a mil enredos.

Verte de mil maneras quiero y no puedo, no puedo.

Intento verlo todo antes de que suceda, miro desde donde viene el coche y el ángulo no lo cubro y no quiero sacar la cabeza del agua para ver que hay fuera sin saberlo.

Todos imaginamos una vez que sabemos lo que pasará sin vivirlo, pero nadie sabe lo que pasará en realidad.

Nada me da más tormento que no todo salga como yo quiero.

Me lío a pensar que nadie y todos ven lo que yo veo como yo quiero, pero me funciona al revés de como lo pienso.

Te vi de mil maneras y ahora verte ni quiero.

No puedo ver más que lo que no te quiero.

No quiero ver más que lo que no puedo. 

20/11/25

Autolisis [Emilio José Alarcón]

          Mientras las manecillas del reloj avanzaban, los coches fuera de la ventana avanzaban y el rumbo de la tierra avanzaba: Valeria se había rendido; había decidido no avanzar más. Hace ya dieciséis horas que tomó la decisión de no tomar más decisiones en el resto de su vida. Estaba tumbada en su cama. El colchón, como un molde, cobraba lentamente la forma del cuerpo de esta mujer derrotada; al menos así lo sentía ella. Aparte de la alarma que tenía puesta para levantarse (que claramente no atendió), el timbre del teléfono sonó tres veces durante las primeras horas de la mañana. Esos timbres fueron tan ignorados como la alarma que la despertó. Valeria se preguntó si ignorar esos timbres constituía una decisión; rápidamente se dio cuenta de que sí lo era. No le importó. La indecisión y la inacción total son imposibles mientras uno está vivo, así que le tocaba esperar. Pero la inutilidad total, eso sí era posible.

          Derribada en la cama, pensó que quien fuera que la estaba llamando claramente no tenía mucha urgencia, ya que no volvió a llamar. Después de veinte horas inmóvil, muchas cosas comenzaban a incomodar y molestar. La garganta la tenía seca y áspera, rogándole que le sirviera un solo vaso de agua. El estómago le rugía y le hincaba, suplicándole que le diera algo de la nevera. La mente, nublada y torturada, le imploraba que la estimulara. El cuerpo, débil, con una sensación de caucho en los huesos, no le pedía nada en verdad. Estas cosas dejaron de importarle. Lo único que todavía le fastidiaba era el olor: el olor de sus heces y orina, que ya habían penetrado y marinado el colchón.

          Aunque su mente se le obstruía con una neblina pesada cada vez más densa, se preguntó (por fin) por qué hacía esto. No se le ocurrían muchas respuestas. Sabía que todo era el resultado de un impulso profundo que había tenido, pero no sabía ni qué había sido ni de dónde había venido. Pensó en su pasado y en la identidad que había construido durante veintidós años de vida. Esa misma identidad y ese mismo pasado eran los que estaban abandonando. Pensó, pero no le importó. En ese momento no les veía valor. Ese fue su último pensamiento claro.

          Ya no sabía cuánto tiempo había pasado; solo sabía que las manecillas del reloj seguían avanzando, los coches fuera de la ventana seguían avanzando, el rumbo de la tierra seguía avanzando y Valeria permanecía inmóvil. El mundo no la había abandonado; ella había abandonado al mundo. Su mirada, ya extremadamente borrosa, deambulaba por el cuarto, pero frenó en el crucifijo que colgaba en el lado opuesto de su habitación. Ella no era particularmente católica, pero se lo había dado su madre y no quería que, cuando la visitara, no lo encontrara colgado. Su madre no la había visitado todavía. Viendo el crucifijo, no pensó en nada: ya no podía.

          Comenzó a escuchar voces llamándola por su nombre: la de su madre, la de su padre, amigas, amores pasados y su propia voz, de la cual casi se había olvidado. Una última voz la llamó; esa no la reconoció. En el techo, que por alguna razón estaba más bajo de lo normal, comenzó a formarse un rectángulo. Había nubes donde antes estaban las paredes y estas empezaron a desvanecerse, revelando detrás de ellas un fondo negro infinito, con puntos blancos en la distancia. La mirada de Valeria, rindiéndose, cayó y se percató de que el suelo tampoco existía ya: solo el mismo abismo negro estrellado. Obviamente, ella no reaccionó.

En ese momento, lo único presente en la realidad era Valeria, su cama, el techo y la nada infinita. De las pocas fuerzas que le quedaban, las usó para levantar la mirada hacia el techo (que, de alguna manera, estaba aún más bajo), donde el rectángulo se había terminado de formar: era un espejo. Pero ella no podía reconocer bien lo que veía. El espejo parecía mostrar la figura del crucifijo. El techo descendió aún más: Valeria y el techo se estaban casi tocando. Ahora lograba ver claramente que la cruz en el reflejo no era una cruz, sino su cama. También consiguió percatarse de que la figura de Jesús no era Jesús, sino ella misma. La corona de espinas y las heridas permanecían.

Valeria se miraba; probablemente no entendía lo que veía. Durante el último descenso del techo, el espejo comenzó a distorsionarse y, a la vez, su cara. Mientras el reflejo de ella se desvanecía, cerró los ojos.

Mientras las manecillas del reloj avanzaban, los coches fuera de la ventana avanzaban y el rumbo de la tierra avanzaba: Valeria había muerto; había decidido no decidir más.

14/11/25

Viajando en círculos [Jesús Bravo López]

     Llevaba cogiendo el mismo metro desde hacía veinte años. El recorrido de esa línea era circular. Siempre lo cogía para ir, pero no para volver. Juan, sentado en las escaleras que daban lugar al centro del andén, miraba con las gafas de sol puestas el sentido de ida a mano izquierda y el sentido de vuelta a mano derecha

Estaba cansado; se echó hacia atrás desplomándose como un edificio en demolición.

Su vida era un bucle no muy diferente al recorrido circular del tren. Las mismas acciones las mismas palabras, los mismo lugares, los mismos resultados y siempre solo. La soledad era una constante. Bueno, no siempre fue así, pero, desaprovechó la oportunidad, ya sabes: fue patético, ridículo, fue estúpido, prepotente. Fue orgulloso.

Ya no importaba esa persona se fue y se fue con otro; no había vuelta atrás.

¡Ojalá pudiera volver aquel momento y hacerlo diferente, ojalá pudiera viajar en el tiempo, tomar otro camino, ser esa persona que hubiera sido pero que ya no podía ser! Ya estaba hecho. Hacía más de veinte años. No tenía ni sentido pensar en ello, pero a pesar de todo lo pensaba en verdad, llevaba pensado en ello el mismo tiempo que llevaba cogiendo el metro de la línea tres: Veinte años. ¡Qué ridículo! ¡Qué patético!

El andén estaba frío, pero se sentía bien allí.

Se levantó y caminó lentamente hacia un banco cerca de una papelera. Sacó una lata de Red Bull y un cigarrillo. No se podía fumar, pero no había nadie. Nunca había nadie. Se lo encendió. Era su venganza contra el mundo, su pequeño y malvado secreto, su momento surrealista.

Una corriente de aire que salía de los túneles por los que circulaban los trenes se llevaba el humo. El leve zumbido de los focos era todo el sonido. En un par de minutos no quedaban pruebas: el contenido de la lata en su estómago, la colilla fulminada en la lata vacía, la lata en la papelera llena, un simple intercambio de materia.

Se giró para volver a su sitio favorito en el mundo las escaleras en el centro del andén y entonces la vio. Estaba sentada en las escaleras mirándole, sonriendo.

No tendría más de veinte años: Era pelirroja.

Juan se sintió pillado in fraganti haciendo algo ilegal y esa sensación de que se avecinan problemas apareció.

Caminó hacia ella tranquilo y lentamente, pensando.

—¡Hola! —dijo ella cuando estuvo cerca

—¡Hola! —respondió, extrañado; era poco habitual que una mujer desconocida saludara a un hombre, más extraño era que lo hiciera cuando obviamente el hombre era mayor que ella y más extraño aún era que lo hiciera en una estación de metro desierta. Y a pesar de todo ella sonreía.

—¿Hacia dónde vas? —preguntó ella.

—Al trabajo.

—La gente trabaja en muchos sitios. A lo mejor podrías darme algo más de información —insistió, simpática.

—Pues no sé, no te conozco de nada. A lo mejor tú podrías decirme para qué quieres saberlo.

—¡Ja, ja, ja! ¿Y te molesta estar solo siendo tan desconfiado? —se mofó ella—. Para estar con alguien hay que hacer lo que llaman un salto de fe; ya sabes: confiar en que caerás de pie.

—¿Quién ha dicho que me moleste estar solo? —preguntó esta vez Juan.

—No lo dijo nadie, solo hace falta ser observador y observarte. Se te nota en la cara.

Juan se sintió molesto. Esa chica no le caía bien.

—Como he dicho, no te conozco de nada, así que no tengo por qué decirte nada.

¡Hostias, genial! ¡Eres de los difíciles!

«¿De qué difíciles hablaba?», pensó Juan.

—Me parece que voy tener que ponértelo fácil, porque, si no, vamos a estar aquí una eternidad. Yo no soy de este mundo, pero tú sí. Al que controla este mundo le das pena y no me extraña, porque eres jodidamente triste y quiere darte una oportunidad. Él llama amor a esa sensación que siente por gente triste como tú y parece ser que, a pesar de lo patético que eres, también eres buena persona y no hay átomo de maldad en ti, así que por eso estamos aquí; bueno, por eso estoy yo aquí. Tú vas a trabajar como ya has dicho—. Sonrió enseñando los dientes y achinando los ojos.

—No entiendo nada de lo que dices, me estas molestando y lo de llamarme triste y patético es pasarse de graciosa. Si es un chiste, no me hace gracia —

—No te lo tomes a mal; ya sabes —dijo mientras se encogía de hombros y enseñaba las manos—: para mí todos los humanos sois patéticos, al menos bajo esta forma. Después, ya es otra cosa. En cualquier caso, sé que es lo que quieres, Juan.

—¿Y qué es?

Ella volvió a sonreír esta vez de forma malévola y solo dijo:

—Álex.

El silencio posterior fue total. Se miraron a los ojos. Ella miraba más profundamente.

 

—¿Esto es una broma? Te estas riendo de mí. ¿Quién coño eres, niña? —dijo Juan elevando la voz.

—Puedes llamarme Cassie—. Se levantó. No le llegaba a Juan ni a la barbilla—. ¿Qué te parece si me das un cigarro de esos? —dijo, mientras se metía las manos en los bolsillos de atrás de los vaquero ajustados y estiraba la espalda marcando el pecho.

—No tengo tabaco —fue lo único que dijo Juan.

—Por favor, Juan: no tenemos mucho tiempo. El tren está a punto de llegar —dijo, poniendo los ojos en blanco— y me encanta el tabaco. Al jefe no le gusta que fumemos; bueno, a él no le gustan muchas cosas de aquí abajo, pero yo cada vez que vengo aprovecho. Aquí sí que puedo fumar.

Juan señaló el cartel de Prohibido fumar.

—¡Con esas me vas a salir! ¿Pero si te acabas de fumar...? Venga, anda, dame uno—. Se metió las manos en los bolsillos de su cazadora vaquera.

Juan sacó la cajetilla, embobado; se sentía como un zombi. Se la dio.

—¡Genial! —fue su respuesta. Ocultó su barbilla en el pañuelo que le rodeaba el cuello.

—Bueno: la cosa es esta, Juan —continuó tras encender uno— Tú quieres volver atrás, pero eso no se puede. El tiempo es como tren: solo hacia adelante. No hay otra opción, pero... sí que puedes hacer un transbordo; ya sabes: coger otro tren.

Pero... ¿todo esto es de verdad? ¿Tú eres de verdad?

—Claro que soy de verdad —dijo. Levantó la cabeza y soltó un chorro de humo—. Pero que sea de verdad no quiere decir que en verdad esté aquí —continuó—.  pero no te obsesiones con eso, porque en verdad eso a ti no te importa: lo que en verdad te importa es saber si puedes cambiar la vida que tienes y puedes, pero para poder tienes que querer, porque él solo puede si en verdad tú lo quieres. ¿Lo entiendes?

—Creo que... creo que sí.

—Bien, bien; vamos avanzando.

El de arriba —dijo Juan— puede cambiar mi vida, pero solo si yo lo quiero. ¿Es eso?

—Exacto.

—¿Y cómo sé que es cierto algo de esto? ¿Cómo sé que no te estás riendo de mí?

—¿No te parece suficiente con que sepa de Álex?

—No, para nada. Eso podría saberlo cualquiera.

—¡Ah, sí! ¿Cualquiera? Ya veo. Te crees muy listo, ¿no? Pues no: cualquiera no podría saberlo, cualquiera no podría saber lo que hiciste, lo bien que él se portó, lo malo que tu fuiste, la oportunidad que desaprovechaste, pero nada de eso te convencerá a ti porque tu mente es un bucle y volverás a desconfiar y a convencerte a ti mismo de que nada es real, por eso vives como vives. Estás atrapado en tu cabeza. Así que lo que voy a hacer es  tirar esta colilla —dijo, sosteniendo el cigarro entre pulgar y el índice— hacia las vías—. Movió la colilla hacia la izquierda—. Pero la colilla no va a caer en las vías: va a caer en el interior de la papelera en la que has tirado esa lata de Red Bull que te has bebido antes.

Juan, sentado en la escalera, se movió hacia un lado para poder ver la papelera que Cassie tapaba con su cuerpo.  

—Pero eso es imposible. ¡Está a más de veinte metros —dijo.

—Por eso, cuando lo haga, creerás en lo que te digo —dijo y torció la boca.

—Bueno, vale. Veamos.

—¡Genial!. Antes, una última cosa: ¿te consideras practico o pesimista?

—¿No puedo ser las dos cosas?

—No lo creo. Una persona practica sería optimista —dijo y lanzó la colilla con un capirotazo.

La colilla aún encendida salió de su mano hacia el andén, dejando un rastro de chispas y humo tras de sí como un meteorito. Desapareció antes de tocar el suelo.

—¿Adónde ha ido? —preguntó Juan.

—Te lo acabo de decir —dijo Cassie poniendo los ojos en blanco y sentándose en las escaleras—. ¿Por qué no vas y lo compruebas?

Al sacar la lata, esta echaba humo por la abertura.

—¡Pero qué cojon…!—. Un fogonazo y un «¡bum!» hicieron que Juan la tirara. Rota por la mitad en el suelo, se podía ver en el interior dos colillas ennegrecidas.

—Hay que tener cuidado de fumar cerca del combustible, ya sabes: podría salir ardiendo —dijo Cassie con una sonrisa, desde las escaleras, mientras miraba a Juan.

Juan volvió hasta ella.

—Si coges el tren de la izquierda, irás a tu trabajo: otro día más, otro días menos. Si coges el tren de la derecha, todo será lo que podría haber sido.

En ese momento los trenes irrumpieron en la estación con un estruendo y frenaron al mismo tiempo con un chirrido metálico en el andén de la línea tres.

Juan se subió al tren y aunque no es capaz de recordar cuánto estuvo viajando, sí recuerda a Cassie despidiéndose desde fuera con la mano, sonriendo y achinando los ojos. Al salir, Álex caminaba a su lado, como si siempre hubiera estado allí, porque siempre estuvo allí, porque siempre le estuvo esperando.

Voz a gritos, pero en silencio [Mercedes M. Garavilla]

Te espero, te sigo esperando.

Sigo aquí.

Un día dejé de verte, pero tú no te fuiste, no del todo. Miro mi galería y ahí estás; cierro los ojos y tu nombre viene a mi mente; intento recordar un tiempo donde todo fuera bien, donde fuera feliz, donde la luz aún no se hubiera ocultado, y te vuelvo a encontrar.

Una rabia arde en silencio. No grita, aún no, y no sé si algún día lo hará, pero quema. Sigue buscando una salida que no aparece. Y mientras intento contenerla, me consume un poco más.

Y entonces estás ahí y yo te miro, aunque ya no sé lo que veo.

—Lo siento; te echo de menos —intento decir.

No salen esas palabras de mi boca.

—Sé que lo hice mal —digo en su lugar.

No respondes.

—Tampoco tengo nada nuevo que decir—. Estamos frente a frente pero no pareces centrar la vista en mí—. Si me pides que pare, lo haré.

Se supone que cerramos etapas, que las vidas cambian. Supongo que así es, que todo ha cambiado. Sin embargo, hay una cuerda que me tiene atrapada de manos y piernas, y que tira de vez en cuando, imprevisible y determinada a hacerme volver la vista atrás. Nunca se me ha dado bien olvidar, ¿para qué mentir?

—Estoy cansada, muy cansada—. El nudo del estómago crece, la angustia aumenta y quiero llorar, las lágrimas están al borde del abismo—. Me equivoqué.

Eso lo sé bien. A estas alturas cada quién sabe lo que hizo, no es cuestión de sacar ningún tema que fuera enterrado (puede que más por un lado que por el otro) y no deba ser sacado.

—Me equivoqué, porque eso significó no volver a saber nada de ti.

Tú silencio me revienta. Dicen que en él se escucha todo, que sirve como la respuesta más poderosa. Bien, no me es suficiente.

—Supongo que habrás cambiado; yo lo he hecho.

«No me quedó otra», pienso.

—Cuando no contestas siento que me estoy volviendo a arrastrar—. Estoy molesta—. No lo hiciste bien.

La llama va arrasando en mi interior.

—Hablar y aclarar los hechos para que la otra persona no sobrepiense es también un acto de responsabilidad emocional, un acto que no tuviste en consideración.

Empieza a llover y me cuesta verte.

—Es fácil, ¿verdad? —digo con la voz entrecortada—. Huir y seguir como si no pasara nada, como si esto no tuviera importancia. Desde luego no la tuvo para ti. Destrozasteis todo a vuestro paso y ahora son la gentes la que deben volver a reconstruirlo todo.

Freno. Puede que me equivoque de nuevo. Tu voz, que ya no escucho, no se pronuncia, no me da pie a pensar lo contrario.

—¡Para ya!, por favor—. No sé a quién me dirijo en estos momentos; siento perder el control.

La lluvia es ahora tormenta.

Tu figura es cada vez menos perceptible.

Pienso en una palabra perfecta para este momento, para quien no se hace responsable de sus actos, pero no la digo en voz alta. Porque sé que no fue un error en una sola dirección y tampoco es responsabilidad tuya que yo no sepa gestionar mis emociones.

—¡Pensé que de verdad importaba! ¡Pensé que todo había significado más! Quise odiarte, de verdad lo intenté, a veces lo hago. Es más fácil así. Pero no es suficiente.

A veces el cariño se queda más en la memoria de unos que de otros. Los recuerdos, las vivencias… y el eclipse. Cuando la luz quedó oculta, probablemente para siempre.

Tú ya no estás. Nunca estuviste ahí. Sigo hablando en mi mente, voz a gritos, pero en silencio. Imagino otro desenlace que al final es eso, una imaginación, una mera fantasía en donde la vida es diferente.

—Lo siento.

Estoy confusa; puede que ya eternamente lo esté. 

13/11/25

Regresión [Lucía Cervera Rodríguez]

         El miedo a la regresión es común en los seres humanos.  

        Pablo tuvo una época nerviosa; salía de fiesta y en cuanto pisaba la discoteca dejaba de respirar al notar sus costillas apretadas y, por ende, sus pulmones estrujados por la masa de autómatas que se movían sistemáticamente, programados por los sonidos rítmicos que escapaban, atronadores, de cajas de pesadilla. Iba al baño y más de lo mismo, así que clavaba las uñas en sus palmas para recordarse que debía estabilizar la respiración, sonreír y aguantar, como todos los adolescentes. Tras unos meses de terapia consiguió superar aquello y, aunque no salga a discotecas, ya ha dicho adiós a sus crisis nerviosas.  

        Juan vivía obsesionado con su imagen: pasó demasiado tiempo admirando a otros y odiándose a sí mismo, hasta que decidió cambiar aquello. Al principio era una buena idea. Luego decidió ir al gimnasio con el organismo a rebosar de proteínas. Pasaba tres, cuatro, cinco horas y se marchaba mareado tras haber criticado su masa muscular por lo menos diez veces en el espejo del vestuario. Cuando ya había conseguido el cuerpo que quería no se contentó; duplicó las horas de ejercicio y pronto sus músculos se desgastaron y mermaron, desinflándose, mientras su corazón saltaba de pronto y se sincopaba. Fue después de unos veinte desmayos cuando decidió ir a terapia y un año más tarde ya se encontraba estable.  

        Isabel no supo gestionar el estrés. El reloj de su cabeza hacía «tic-tac», cada día que pasaba, clavando sus pequeñas agujas en el cerebro y ocupando tanto espacio que este último tuvo que esconderse tras el péndulo. Tic-tac. No llegaba al trabajo. Tic-tac. No terminaría su proyecto a tiempo. Tic-tac. No podría visitar a sus padres, tenía demasiado a lo que atender. Tic-tac. ¿Sus amigos? No creía tenerlos ya: hacía demasiado que no los veía. Tic... No fue hasta que el reloj explotó y sus engranajes se desparramaron cuando reconoció que tenía un problema. Año y medio después, la terapia le había ayudado a controlar aquello y ahora era una maestra relojera.      

        Marta lo perdió todo. Empezó por el fin de su relación de cuatro años, tras lo cual vivió en la cama durante semanas. Cuando decidió pasar página, alguien en su vida terminó el libro entero: su padre, cuya muerte temprana dejó a la joven, huérfana también de madre, desamparada y solitaria en su diminuto piso de estudiante. Buscó trabajo, lo consiguió y lo perdió. Fue a fiestas y se volvió dependiente del alcohol. Su cocina no tenía alimentos, sino botellines vacíos; la casa apestaba a ron. Lloraba y reía sola, con un sonido falso y aterrador cuyo trasfondo era la amargura y no la diversión. Se «cayó» del balcón y de ese primer piso pasó a vivir un tiempo en una camilla de hospital. Como se había quedado sin amigos, nadie la visitó, hasta que un día escuchó una voz conocida: la de una excompañera de clase, ahora enfermera. Ella la obligó a ir a terapia y tres años después fue capaz de abandonar su depresión y dejar el alcohol.  

        Sin embargo, hoy todos vuelven a la consulta y la pregunta no varía.      

        —¿Y si vuelvo a reaccionar así? 

        —¿Cómo puedo asegurarme de haber dejado atrás esa obsesión? 

        —¿Y si otra vez hago lo mismo y termina igual que la ocasión anterior? 

        —Y si recaigo, ¿tiraré por la borda todos estos años de recuperación? 

        —Tengo miedo. A lo mejor no estoy curado del todo.  

        —Tengo miedo. 

        —Tengo miedo. 

        —Tengo miedo. 

        Todos tienen miedo a la regresión.  

La madre que habita en ella [Lucía de Brito]

En una discusión habitual, una joven increpa a su madre diciéndole que jamás cometerá los errores que ella cometió. Expone los ejemplos que hacen a su madre sentir culpable. No tomará sus mismas decisiones; por tanto, evitará caer en las mismas faltas. Está convencida. Su única ambición es ser lo mejor que pueda en la universidad para evitar el fracaso y la caída.

Tras graduarse, la visión de su futuro se distorsiona como fruto de una guerra que está azotando Europa. Sus padres se están separando, su madre tiene que cerrar su negocio y ella teme quedar a la intemperie. Lo que debe hacer es lo opuesto a lo que se juró a sí misma. Jamás tomaría las mismas decisiones que tomó su madre: viajando al otro lado del mundo para buscar un trabajo, sacrificando un amor por el suyo propio y dejando que el desconocimiento la manipule.

Como nadie tiene las riendas del destino, la vida puso a la joven ante las mismas circunstancias que vivió su madre y sorprendentemente tomaron las mismas decisiones. Encadenando una tras otra, convirtiéndose en un reflejo de su madre a su pesar. La joven, al cabo de unos años, se convirtió en madre y tuvo la misma discusión con su hija, pero esta vez, consciente de que lo que hizo culpable a su madre también la hace culpable a ella.

Sus palabras todavía resuenan en su interior. Todavía hay rastro de sus diferencias porque, por mucha fuerza que pusiese en contra de su voluntad, nunca se podría desprender de la madre que habitaba en ella.

 

10/11/25

Turista en mi ciudad [Lucía de Brito]

            Dicen que nacemos con un propósito, unos para salvar vidas y otros para vivirlas. Luego, estoy yo. Creo que mi propósito es el de ver cómo las viven los demás y documentarlo. Encontrar mi sitio siempre ha sido un problema. No soy como los demás ni creo tener la capacidad de entenderlos. Siempre he sido turista en mi propia ciudad. La soledad llena los huecos de mi alma, me acompaña como mi fiel escudera y, con ella, me completo. Dejo que me hable por dentro y soy feliz. No hay momento más bonito que sentir cómo las piezas que me componen encajan a la perfección. Este reencuentro eriza mi piel, como cuando sopla el viento, pero me asusto y pienso que soy demasiado sensible para este mundo. Intento adaptarme, vestirme a la moda y bailar sus ritmos, pero nada funciona. Lloro desconsoladamente por mi debilidad: un mundo que no me entiende. Voy a morir y no es morir lo que me asusta: es no haber rozado la vida conscientemente. 

Me acerco y siento el peso de la normalidad, pero ¿quién quiere vivir preso? A pesar de todo sigo y me convenzo de que no es duro: es nuevo y tengo que darme una oportunidad. Dejo que el mundo me absorba lentamente, pero algo me devuelve de nuevo a la casilla de salida. Volver no es tan malo. Nunca me he privado de volver a empezar. Se abren más caminos y, de repente, tengo esperanza. ¿Alguno será el mío? Siempre me dijeron que no debía huir de nada, pero huir no es tan malo y tampoco me hace menos valiente. No estoy satisfecha con el pasado que tengo, pero recordarlo lo mantiene vivo y desde que he encontrado mi mundo no paro de recurrir a él para todo. Mi pasado es lo que soy ahora y es crear a partir del él lo que cura mis heridas, además de llenar de diversidad mi vida. Fui creada para crear y aquí está mi utopía: un lugar donde requiere menos esfuerzo ser que interpretar, donde la música habla cuando las palabras no pueden, donde el talento se nutre del trabajo y viceversa, donde los árboles son la fuente de energía y solo los árboles que tienen la raíz sana son los que se mantienen en pie, donde puedo sentir el amor más puro sin saber nunca su final. ¡Ojalá pudiera vivir aquí para siempre! ¡Qué bonito seríaª Este mundo se refleja en el que vivimos todos y no puedo vivir en los dos al mismo tiempo: hay un espejismo.

La vida no es como me gustaría, sino como es.

Me rindo ante ella; no tengo excusas. Vuelvo a ser una turista en la ciudad, pero lo que podría haber sido se convierte en poesía. Duele lo que me importa y pertenecer me importa, ya no tanto, porque siempre voy con un paraguas por si empieza a llover. 

Sin embargo, tengo que reconocer que llegar hasta aquí no ha sido fácil. Me daba miedo equivocarme y me equivoqué, así que, un miedo menos. Yo no tenía que quedarme tras un cristal mirando cómo se reía la gente y escribiéndolo, sino que tenía que reírme para poder escribirlo en un papel. Sé que algo me salvó, porque no había nada cuando llamaba «casa» a cuatro paredes vacías y fue porque todo lo demás estaba en mi cabeza. Pasé de mirar a vivirla, salí a bailar bajo la lluvia y me empapé, pero llegué a casa, me senté en frente del ordenador e hice de mi baile fantasía. Convertí un suceso ordinario en algo extraordinario y eso es lo que quiero hacer todos los días.

 

6/11/25

Audiciones eternas [Mercedes M. Garavilla]

     —¿Qué papel vas a interpretar? —pregunta el hombre frente a mí finalmente, sin levantar la vista de los papeles que tiene repartidos por la mesa.

—El de Marina —le respondo intentando que no me tiemble la voz, él no sabe cuánto necesito esto.

—Bien—. Anota algo en una libreta—. ¿Lista?

Asiento y tomo aire.

—Cuando quieras.

El escenario cambia. En mi mente, la habitación blanca con la cámara enfocando mi rostro desaparece y es intercambiada por otro espacio. «Ahora solo queda meterse en el papel e interpretar mi parte», pienso y eso es lo que hago.

*

Salgo de allí con prisa, con el guión bajo el brazo, intentando no pensar demasiado en el asunto, porque sé que, si lo hago, empezaré a sacar pegas y frustrarme más de lo debido. ¿Qué hago con este sueño que me consume?

Saco el móvil del bolsillo y echo un vistazo rápido a mis notificaciones: correos basura en su mayoría, algún mensaje de los mil grupos en los que estoy o los tres «me gust»a que tienen mis publicaciones de media en redes sociales, donde intento publicitarme como actriz en lo que se podría considerar un verdadero intento fallido, como todo lo que hago. Me entra un nuevo mensaje: «¿Qué tal la audición?», pregunta mi amiga Emma.

Paro un momento para responderle que «Bien, igual que todos». Es el casting número seis que realizo este mes, que acaba de empezar. Por suerte, estamos en otoño, época clave para encontrar proyectos que tengan pensado desarrollarse a lo largo del curso laboral; sin embargo, me atemoriza cuando lleguen las vacaciones y, por consiguiente, se reduzcan las oportunidades.

Ya me lo decía mi madre en su momento: «Busca un plan ‘B’, por si acaso, ya sabes». Siempre me ha gustado arriesgarme, porque, de algún modo, siempre pensé que todo saldría bien.

Sin embargo, el proceso no tiene fin, me siento en una «audición eterna», un ciclo infinito en el que nunca consigo el papel. Entre el «Ya te llamaremos» y «Nos guardamos tu perfil para futuros proyectos», pasan los meses y no avanzo. He oído esas palabras tantas veces que ya no las escucho de la misma manera. Tal vez mi carrera no es algo que realmente exista. Tal vez nunca lo será.

¿Quién le diría a aquella recién graduada, soñadora y positiva, que dos años después de tirar todo por la borda en favor de su sueño seguiría en un limbo constante? Solo me seleccionan para proyectos estudiantiles no remunerados que, si bien sirven de experiencia con la que inflar el currículum actoral, no dan de comer.

«Estoy por la zona», me envía Emma en un mensaje, «¿Quieres que vayamos a tomar algo?».

*

Llegó a la cafetería de barrio en la que había acordado verme con Emma, mi amiga de la infancia, a la que precisamente conocí en la escuela de artes dramáticas y con la que compartí sueño hasta que ella optó por un sueldo estable. No hablamos de ello, pero aunque ella haya pasado página, a mí me cuesta comprender un mundo en el que no esté tras una cámara, en la pantalla o sobre un escenario.

A ella le faltan unos minutos para llegar, así que me acerco a la barra para pensar en qué voy a pedir. Estoy dudando entre un café latte o un expresso, cuando noto que la camarera me ojea de arriba abajo. Le devuelvo la mirada, nerviosa.

—¿Escribes?—. Señala los papeles que aún sujeto.

Un papel que parece pesar cada vez más, como un recordatorio de lo que podría haber sido y nunca será.

—No, no —respondo nerviosa.

—¿Actúas, pues?

Sonrío, indicando que ha acertado.

—Yo tuve una época actoral —dice mientras seca un vaso de cristal y capta mi atención—. Hace ya muchos años de eso, pero lo recuerdo con mucho cariño. Y un poco de frustración también.

Añade esto último riendo secamente.

—¿Lo dejó? —pregunto, sin tener muy claro cuán directa puedo ser.

Suele pasar. Las personas en general prefieren evitar una vida llena de incertidumbres, reduciendo el estudio del espectáculo a un mero pasatiempo.

Ella suspira. Parece alejarse durante un momento, como si estuviera ordenando sus ideas, como si pensar en ello le pesara más de lo que había esperado.

—No fue fácil, pero a veces hay que ser realista, ¿sabes? A veces uno se replantea si merece la pena seguir persiguiendo algo que parece estar tan fuera de su alcance.

Su tono es de sinceridad pura y solo con eso me siento identificada sin necesidad de pronunciar palabra.

—Lo entiendo —digo, aunque no sé si lo entiendo del todo. Durante años he jugado a aparentar estar segura de mí misma, de mis decisiones y el rumbo que estaba tomando. Es solo ahora cuando la esperanza se rompe a pedazos, cuando me siento profundamente inestable.

—La clave está en encontrar tu propia voz, tu propio camino. De esta forma no podrás perderte.

Me quedo en silencio.

—¡Noa! —exclama una voz en la entrada.

Emma viene corriendo a abrazarme mientras aquella mujer se aleja para ir a atender una mesa.

Nos sentamos cerca de la ventana y Emma empieza a hablar de todo: de la decoración de la cafetería, que si el señor de la barra parece salido del vestuario de una película de época o de lo aburrida que ha sido su jornada laboral.

Yo escucho atentamente e intervengo de vez en cuando.

La camarera me había inspirado un pensamiento, como una idea que no se puede dejar ir tan fácilmente.

—Oye… —digo tímidamente—. Me apetece saber tu opinión.

—Claro, dime —responde ella fijando sus ojos en mí.

—Antes he estado hablando con aquella mujer que está sirviendo en la barra. Tenía razón en algo. A veces me siento como si estuviera buscando algo que nunca llega.

Ella frunce el ceño dudando, pero su expresión vuelve a recomponerse fácilmente.

—Quiero decir, que estoy atrapada en este ciclo de pruebas, de audiciones, de promesas… Pero no avanzo. Ella también debió de ser actriz o así me lo ha dado a entender. Creo que lo que dijo se refería a que, a veces, uno tiene que hacer su propio camino en vez de esperar a que te den una oportunidad externa.

—Yo, si quieres, te podría proponer algún trabajillo, tal vez un empleo que te dé la flexibilidad de seguir actuando en tu tiempo libre, sin la presión de estar todo el tiempo buscando lo que ni siquiera sabes si va a llegar. Te aseguraría por lo menos un ingreso fijo, no sé…

Me muerdo el labio.

—No me refería a eso: iba más por el camino de tirarme de cabeza a la piscina.

—¡Ah!—. Parece entender por dónde van los tiros—. ¿Y qué sugieres?

—Algo que me dé el control, un proyecto donde yo sea quien me dé la oportunidad, un último intento.

Emma sonríe.

—Hoy en día hay cientos de medios para poder lograrlo: redes sociales, videos… ¿Con el proyecto te refieres a algo del estilo de un cortometraje?

—Por ejemplo.

Parece pensárselo durante unos instantes.

—Vale. ¿Qué necesitas? —pregunta finalmente—. Será difícil, tenlo por seguro, pero ¿quién sabe?

Su apoyo me reconforta.

Y, aunque no salgo del túnel de la audición eterna donde los «Sí, gracias. Te llamaremos» pesan más que esos focos que un día pensé que me iluminarían, tengo una idea para empezar a moverme. Por fin los papeles serán un reflejo de lo que soy y lo que me gustaría transmitir. Mi corazón dejará de deshilacharse entre cientos de audiciones esperando que un escenario me acoja y aguardando esos aplausos que nunca llegan.

La decisión de seguir intentándolo o seguir esperando no parece ya tan relevante. Y tal vez, solo tal vez, al tomar las riendas de mi propio proyecto, mi propio camino, encontraré esa libertad y satisfacción que siempre he estado buscando, aunque nunca imaginé que podría estar en mis manos.

Se lo comento a Emma entusiasmada. Ella me escucha y aporta ideas también. A lo tonto, nos pasamos la tarde fantaseando (una vez más) entre proyectos, como solíamos hacer. Emma está dispuesta a colaborar; puede que incluso se anime a formar parte del reparto.

*

 

Es solo unos días más tarde cuando llamo al bar a la vez que doy toquecitos en la mesa donde estoy apoyada impaciente.

—Buenas tardes —dice una voz al otro lado, que reconozco en seguida—. ¿Desea hacer una reserva?

—Al contrario, vengo a hacerte una propuesta. Creo que ya es hora de tomar las riendas de nuestros sueños.