6/11/25

Audiciones eternas [Mercedes M. Garavilla]

     —¿Qué papel vas a interpretar? —pregunta el hombre frente a mí finalmente, sin levantar la vista de los papeles que tiene repartidos por la mesa.

—El de Marina —le respondo intentando que no me tiemble la voz, él no sabe cuánto necesito esto.

—Bien—. Anota algo en una libreta—. ¿Lista?

Asiento y tomo aire.

—Cuando quieras.

El escenario cambia. En mi mente, la habitación blanca con la cámara enfocando mi rostro desaparece y es intercambiada por otro espacio. «Ahora solo queda meterse en el papel e interpretar mi parte», pienso y eso es lo que hago.

*

Salgo de allí con prisa, con el guión bajo el brazo, intentando no pensar demasiado en el asunto, porque sé que, si lo hago, empezaré a sacar pegas y frustrarme más de lo debido. ¿Qué hago con este sueño que me consume?

Saco el móvil del bolsillo y echo un vistazo rápido a mis notificaciones: correos basura en su mayoría, algún mensaje de los mil grupos en los que estoy o los tres «me gust»a que tienen mis publicaciones de media en redes sociales, donde intento publicitarme como actriz en lo que se podría considerar un verdadero intento fallido, como todo lo que hago. Me entra un nuevo mensaje: «¿Qué tal la audición?», pregunta mi amiga Emma.

Paro un momento para responderle que «Bien, igual que todos». Es el casting número seis que realizo este mes, que acaba de empezar. Por suerte, estamos en otoño, época clave para encontrar proyectos que tengan pensado desarrollarse a lo largo del curso laboral; sin embargo, me atemoriza cuando lleguen las vacaciones y, por consiguiente, se reduzcan las oportunidades.

Ya me lo decía mi madre en su momento: «Busca un plan ‘B’, por si acaso, ya sabes». Siempre me ha gustado arriesgarme, porque, de algún modo, siempre pensé que todo saldría bien.

Sin embargo, el proceso no tiene fin, me siento en una «audición eterna», un ciclo infinito en el que nunca consigo el papel. Entre el «Ya te llamaremos» y «Nos guardamos tu perfil para futuros proyectos», pasan los meses y no avanzo. He oído esas palabras tantas veces que ya no las escucho de la misma manera. Tal vez mi carrera no es algo que realmente exista. Tal vez nunca lo será.

¿Quién le diría a aquella recién graduada, soñadora y positiva, que dos años después de tirar todo por la borda en favor de su sueño seguiría en un limbo constante? Solo me seleccionan para proyectos estudiantiles no remunerados que, si bien sirven de experiencia con la que inflar el currículum actoral, no dan de comer.

«Estoy por la zona», me envía Emma en un mensaje, «¿Quieres que vayamos a tomar algo?».

*

Llegó a la cafetería de barrio en la que había acordado verme con Emma, mi amiga de la infancia, a la que precisamente conocí en la escuela de artes dramáticas y con la que compartí sueño hasta que ella optó por un sueldo estable. No hablamos de ello, pero aunque ella haya pasado página, a mí me cuesta comprender un mundo en el que no esté tras una cámara, en la pantalla o sobre un escenario.

A ella le faltan unos minutos para llegar, así que me acerco a la barra para pensar en qué voy a pedir. Estoy dudando entre un café latte o un expresso, cuando noto que la camarera me ojea de arriba abajo. Le devuelvo la mirada, nerviosa.

—¿Escribes?—. Señala los papeles que aún sujeto.

Un papel que parece pesar cada vez más, como un recordatorio de lo que podría haber sido y nunca será.

—No, no —respondo nerviosa.

—¿Actúas, pues?

Sonrío, indicando que ha acertado.

—Yo tuve una época actoral —dice mientras seca un vaso de cristal y capta mi atención—. Hace ya muchos años de eso, pero lo recuerdo con mucho cariño. Y un poco de frustración también.

Añade esto último riendo secamente.

—¿Lo dejó? —pregunto, sin tener muy claro cuán directa puedo ser.

Suele pasar. Las personas en general prefieren evitar una vida llena de incertidumbres, reduciendo el estudio del espectáculo a un mero pasatiempo.

Ella suspira. Parece alejarse durante un momento, como si estuviera ordenando sus ideas, como si pensar en ello le pesara más de lo que había esperado.

—No fue fácil, pero a veces hay que ser realista, ¿sabes? A veces uno se replantea si merece la pena seguir persiguiendo algo que parece estar tan fuera de su alcance.

Su tono es de sinceridad pura y solo con eso me siento identificada sin necesidad de pronunciar palabra.

—Lo entiendo —digo, aunque no sé si lo entiendo del todo. Durante años he jugado a aparentar estar segura de mí misma, de mis decisiones y el rumbo que estaba tomando. Es solo ahora cuando la esperanza se rompe a pedazos, cuando me siento profundamente inestable.

—La clave está en encontrar tu propia voz, tu propio camino. De esta forma no podrás perderte.

Me quedo en silencio.

—¡Noa! —exclama una voz en la entrada.

Emma viene corriendo a abrazarme mientras aquella mujer se aleja para ir a atender una mesa.

Nos sentamos cerca de la ventana y Emma empieza a hablar de todo: de la decoración de la cafetería, que si el señor de la barra parece salido del vestuario de una película de época o de lo aburrida que ha sido su jornada laboral.

Yo escucho atentamente e intervengo de vez en cuando.

La camarera me había inspirado un pensamiento, como una idea que no se puede dejar ir tan fácilmente.

—Oye… —digo tímidamente—. Me apetece saber tu opinión.

—Claro, dime —responde ella fijando sus ojos en mí.

—Antes he estado hablando con aquella mujer que está sirviendo en la barra. Tenía razón en algo. A veces me siento como si estuviera buscando algo que nunca llega.

Ella frunce el ceño dudando, pero su expresión vuelve a recomponerse fácilmente.

—Quiero decir, que estoy atrapada en este ciclo de pruebas, de audiciones, de promesas… Pero no avanzo. Ella también debió de ser actriz o así me lo ha dado a entender. Creo que lo que dijo se refería a que, a veces, uno tiene que hacer su propio camino en vez de esperar a que te den una oportunidad externa.

—Yo, si quieres, te podría proponer algún trabajillo, tal vez un empleo que te dé la flexibilidad de seguir actuando en tu tiempo libre, sin la presión de estar todo el tiempo buscando lo que ni siquiera sabes si va a llegar. Te aseguraría por lo menos un ingreso fijo, no sé…

Me muerdo el labio.

—No me refería a eso: iba más por el camino de tirarme de cabeza a la piscina.

—¡Ah!—. Parece entender por dónde van los tiros—. ¿Y qué sugieres?

—Algo que me dé el control, un proyecto donde yo sea quien me dé la oportunidad, un último intento.

Emma sonríe.

—Hoy en día hay cientos de medios para poder lograrlo: redes sociales, videos… ¿Con el proyecto te refieres a algo del estilo de un cortometraje?

—Por ejemplo.

Parece pensárselo durante unos instantes.

—Vale. ¿Qué necesitas? —pregunta finalmente—. Será difícil, tenlo por seguro, pero ¿quién sabe?

Su apoyo me reconforta.

Y, aunque no salgo del túnel de la audición eterna donde los «Sí, gracias. Te llamaremos» pesan más que esos focos que un día pensé que me iluminarían, tengo una idea para empezar a moverme. Por fin los papeles serán un reflejo de lo que soy y lo que me gustaría transmitir. Mi corazón dejará de deshilacharse entre cientos de audiciones esperando que un escenario me acoja y aguardando esos aplausos que nunca llegan.

La decisión de seguir intentándolo o seguir esperando no parece ya tan relevante. Y tal vez, solo tal vez, al tomar las riendas de mi propio proyecto, mi propio camino, encontraré esa libertad y satisfacción que siempre he estado buscando, aunque nunca imaginé que podría estar en mis manos.

Se lo comento a Emma entusiasmada. Ella me escucha y aporta ideas también. A lo tonto, nos pasamos la tarde fantaseando (una vez más) entre proyectos, como solíamos hacer. Emma está dispuesta a colaborar; puede que incluso se anime a formar parte del reparto.

*

 

Es solo unos días más tarde cuando llamo al bar a la vez que doy toquecitos en la mesa donde estoy apoyada impaciente.

—Buenas tardes —dice una voz al otro lado, que reconozco en seguida—. ¿Desea hacer una reserva?

—Al contrario, vengo a hacerte una propuesta. Creo que ya es hora de tomar las riendas de nuestros sueños.

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