«No puedo soportar que no estés. Me has dejado completamente solo; pues ahora ya no soy capaz de relacionarme con nadie. No lo entiendo, pero siempre que salgo de casa me encuentro aquí plantado. Esto no es vida; ¡ojalá pudiera reunirme pronto contigo!, pero, aunque no viva, sé que todavía no estoy preparado para la muerte. Es paradójico: odio esta existencia y, sin embargo, no logro evitar aferrarme a ella...».
La débil barca de mis pupilas continúa luchando contra la corriente del río para leer las páginas llenas de tinta gris. Cuando termino, sé que no tengo fuerzas para permanecer mucho más tiempo aquí, a oscuras con el frío nocturno. Seco mi cara con un pañuelo y deposito las rosas a los pies de la lápida.
Su tumba está en un extremo del cementerio, bajo la guadaña de una figura esquelética de obsidiana. La niebla que se ha asentado en los alrededores contribuye a congelar mi aliento con cada respiración y sé que no tardaré en encontrarme otro día de nuevo aquí, llorando lágrimas sólidas que caen como cristal en los restos de mi amada.
Saco un mechero y dejo que su fuego consuma mi patética carta. Cuando no es más que ceniza y brasas, ajusto bien la cremallera de mi abrigo y busco el camino de ladrillo que guía hasta la salida.
Un paso, otro. Lo único que noto bajo mis pies es la hierba mojada tras la tormenta. La niebla dificulta la visión, así que cuando avanzo, tropiezo con algo que no recordaba que estuviera allí. Al caer me ha parecido distinguir una figura no muy lejos.
—¿Hola?
Silencio. Tal vez sea una estatua. Sacudo la cabeza y extiendo la mano para evitar el objeto que me ha hecho caer antes, pero solo hay aire. Suspiro con pesadez y me incorporo para seguir caminando.
El viento arranca un sonido agudo, casi histérico, a las estatuas y lápidas del cementerio; estoy seguro de que así aullaría mi espíritu torturado si se le diese voz. El sonido agudo se repite más fuerte, erizando mi piel al considerar súbitamente que pueda ser un grito humano. Ahora mi pecho tiene un tamboril, mientras camino errático buscando mi sólido camino de ladrillo entre verdes suelos blandos.
A lo lejos, entre la bruma gris, se distingue la luz de una farola. Me dirijo allí, pero mis pies se detienen cuando algo tapa momentáneamente esa luz. Alguien ha pasado por delante, corriendo.
—¡¿Hola?!
Esta vez lo he dicho más fuerte, intentando esconder mi temblor, pero aun así no hay respuesta. De pronto «Fff... fff... fff...». Un jadeo justo al lado de mi oreja derecha. Giro rápidamente, pero no hay nadie. Unos metros más allá, algo se mueve: una sombra balanceándose de un lado para otro con un ritmo lento y constante. Sin apartar los ojos de ella, comienzo a alejarme, pero apenas me he movido cuando escucho de nuevo el mismo jadeo a mi izquierda. Doy la vuelta y, de nuevo, no veo a nadie. Me pregunto si tal vez el que jadea soy yo, confundido también por el martilleo constante de mi corazón desbocado. Doy otro paso y al echar la vista atrás para vigilar a la sombra me tranquilizo. Desde aquí se percibe que no es más que una capa negra, hecha jirones y enganchada en las ramas de un árbol desnudo que se mece suavemente con el viento. Me extraña el cambio drástico de la corriente de aire, antes tan furiosa como para crear sonidos atronadores similares a los de un grito agónico y ahora tan etérea como para acunar la capa destrozada que cuelga de esas ramas.
Ya decidido, me encamino a la farola entre la densa niebla. Estoy a tan solo unos metros cuando una mano helada, de dedos finos y largos, me aprieta el brazo hasta dejarlo blanco. Me quedo unos segundos sin respiración mientras las uñas afiladas de quien sea que me haya agarrado se clavan en mi piel amenazando con arrancármela y no soy capaz de emitir ni un sonido mientras dirijo la vista al cuerpo que va unido a esa mano.
Se trata de una mujer menuda, con unos ojos tan grandes y tan negros que resulta casi imposible centrarse en nada más. En estos momentos ocupan más de la mitad de su rostro cadavérico, pues están abiertos con horror mientras su boca, abierta también, introduce y expulsa aire a velocidades inhumanas. No me atrevo a decir nada, mientras clava sus dagas en mis brazos, mantiene sus pozos oscuros en mis pupilas y sopla un vendaval gélido sobre mi rostro. Temo que mi expresión sea parecida, pero no creo tener un aspecto tan antinatural, con andrajos grises empapados, sogas finas saliendo de la cabeza y un brillo plateado en la piel sudorosa bajo la luz de la luna.
—Tenemos que huir—. La histeria en su voz me pone aún más nervioso—. ¡Nos persigue algo!
Sin decir nada más, sale corriendo conmigo agarrado del brazo, a lo que trastabillo y estoy a punto de caer, pero consigo enderezarme y seguirle el ritmo, sorteando lápidas, quebradas por las raíces de los árboles.
—¡Cuidado!
Grito del susto mientras miro a donde ha señalado; aunque no veo nada, estoy seguro de que por ahí debe estar la sombra de antes.
«Fff... fff... fff...». El jadeo se escucha peligrosamente cerca y acelero el paso, siendo yo quien prácticamente tira de la mujer.
«Fff... fff...fff...». Intento parar para esconderme detrás de una enorme tumba, pero antes de llegar a ella aparece un cuervo que se lanza directamente hacia mi rostro. Mi graznido y su alarido se funden en un acorde espantoso.
«Fff... fff... fff...». Cuando lo vuelvo a notar a tan solo unos centímetros, grito otra vez y salgo disparado con la mujer histérica.
En medio de la persecución, ella tira de mí para cambiar la trayectoria y no objeto cuando nos metemos en un mausoleo y, soltándome por primera vez, corre a bloquear las puertas. Sin dudarlo un segundo, agarra unas cadenas y rodea los pomos con ellas. Da un brinco, sobresaltada, cuando algo impacta contra la madera desde el exterior. «¡Pum... pum... pum...!». Varios golpes rítmicos resuenan en la oscura tumba en que nos hemos metido.
Unas velas de tenues llamas verdes se encienden de la nada. Temblando, entrecierro los ojos para intentar vislumbrar lo que nos rodea, pero no consigo distinguir mucho más aparte de la silueta de mi acompañante. Me fijo en que ha encontrado un candelabro con esas llamas de color tan extraño. Su tembleque es tal que las sombras difusas que genera el candelabro titilan y se ondulan, moviéndose al son de las velas agitadas. Se escucha la respiración de ambos, los golpes incesantes en las puertas y el crepitar siniestro del fuego verde.
—Va-vamos —tartamudea ella.
—¿Qué?
—No e-es p-por nada, pero... yo m-me ale-lejaría todo lo po-posible de la pu-puerta.
Los golpes que siguen resonando me hacen darle la razón.
Mi acompañante ya se ha alejado y está entrando decidida en una de las cámaras. Me apresuro a seguirla.
La siguiente sala es un espacio estrecho, con nichos a los lados. Nada más entrar me veo obligado a ponerme de costado, lo que me permite caer en la cuenta de que los nichos no tienen tumbas ni cadáveres, sino más velas, estas de color amarillo, y movimientos mucho más agitados que los de las verdes; las llamas se retuercen, como peleando por el escaso oxígeno de la sala. No sé por qué, me hacen pensar en un reo de muerte boqueando con la soga al cuello, desesperado por aferrarse a la vida cuando lleva un tiempo con las manos y pies calentándose en las brasas del infierno.
Mi lucha por no hiperventilar aquí, encajonado entre nichos hasta el punto de que noto los latidos de mi corazón chocar contra la piedra, me resulta complicada, pero cruzo la sala y en cuanto llego al otro lado me llega un olor putrefacto y desagradable.
—¡Por aquí!
La voz ha sonado desde abajo. Compruebo que hay una trampilla con unas escaleras de aspecto no muy estable. Titubeo; el olor desagradable viene de allí.
«¡Pum, pum, pum!». El ruido de la puerta me convence; incluso me ha parecido oír los goznes desencajándose.
Inspiro profundamente y bajo por las escaleras, escuchando los crujidos a cada paso. Una vez abajo, me percato de un nuevo cambio de luz. Unas velas rojas de brillo mortecino crean formas monstruosas en las paredes. Veo en el suelo el candelabro que antes sostenía mi compañera y lo recojo. Doy un paso y algo se rompe bajo mis pies. Acerco la luz: es un cráneo humano, manchado de sangre y ahora fragmentado. Cerca de él, un ramo de rosas secas.
Retrocedo, intentando ignorar otros crujidos varios a mis pies, acompañados de sonidos metálicos y ecos que no logro identificar. De pronto, una respiración cercana.
—¿Hola...? ¿Dónde e-estás?
Nadie contesta y estoy demasiado desorientado como para encontrar de nuevo la escalera. Intento tranquilizarme. Mis velas me permiten distinguir una figura sentada y me agacho para hablar con la mujer, pero no es ella. En su lugar, un hombre con el rostro desencajado me devuelve la mirada, sus ojos saliéndose de las órbitas. Dos cuchillos en sus hombros clavan su espalda a la pared y un tercero en su yugular hace que un río escarlata baje por su garganta y desemboque en un estanque en el suelo donde estoy sentado. Otro ramo de rosas, mustias, descansa entre el líquido espeso. Retrocedo inmediatamente, manchado de sangre ajena que, alarmantemente, aún no está seca.
Apenas tengo fuerzas para gritar y cuando mis rodillas flaquean me apoyo en el muro más alejado de los dos cadáveres. Respiro profundamente, pero al exhalar vaho se nota un temblor en mi cuerpo que lo fragmenta y este escapa de mí cual locomotora de vapor.
Intento recuperarme y me estabilizo, estirando las piernas para ponerme en pie. «Tengo que salir de aquí», pienso, así que comienzo a examinar la pared, iluminándola con el candelabro. Es un muro antiguo con curiosas tallas en la piedra. En un punto del muro, una escultura de una mano emerge de la superficie; pienso que probablemente sirva para enganchar antorchas o parecido de ahí, así que tal vez ayude con la iluminación. Me acerco a la mano gris, tallada de manera tan perfecta que casi creo estar mirando una real, delicada y huesuda, e intento colgar mi candelabro de ella.
Súbitamente la piedra cobra vida y la mano aprisiona mi muñeca con un agarre brutalmente fuerte, capaz incluso de romper mis huesos. El candelabro cae y profiero un alarido desesperado mientras intento soltarme, pero lo único que sucede es que el dolor en mi muñeca se triplica y, de pronto, emergen otras manos de la pared, asiéndome del cuello, de las piernas y, finalmente, aprisionando mi otro brazo y dejándome inmovilizado y gimiendo de dolor.
El pánico aumenta cuando las llamas rojas se intensifican y me permiten ver la estancia: esqueletos, cadáveres de hombres en descomposición y armas ensangrentadas de todo tipo llenan el lugar. En una esquina distingo varios brazos cercenados y cuando aparto la vista, esta se clava en el cuerpo de un cazador que cuelga de una lámpara por los pies, con las muñecas encadenadas al cadáver de algún tipo de animal. Los golpes que se escuchan en la puerta vuelven a intensificarse todavía más, ahora acompañados de aullidos de lobo.
—No te preocupes—. La vocecita liviana proviene de detrás de una columna—. Aquí no les dejo entrar.
No tengo suficiente aire en mis pulmones, que comienzan a estrujarse entre mis costillas luchando por conseguir oxígeno del ambiente con olor a muerto que perciben. A la melodía de los golpes, los aullidos y las cadenas se les ha unido mi respiración entrecortada, la desesperación de verme atrapado y la horripilante vocecita tras la columna.
—¡¿Qué...?! ¡Por favor, yo no he hecho nada, no...!
—¡Shh...!
Sin saber por qué me callo, mientras veo, entre lágrimas, a una figura borrosa salir de detrás de la columna.
Avanza lentamente seleccionando puñales, cadenas, espadas y todo tipo de instrumentos punzantes con curiosidad e interés, algunos incluso extrayéndolos manchados de los cuerpos mutilados. Los coloca en una fila en el pavimento frente a mí y por fin me mira, sacando un ramo de rosas frescas: ahora soy capaz de fijarme en algo más que su insondable mirada de perlas de obsidiana. Recupero la voz de pronto; no puede ser.
—¿María?
La boca en el conjunto cadavérico de su rostro se tuerce en una sonrisa de lado.
—Quédate muy quieto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario