Lucas despertó de un sueño. Encendió un cigarro. El humo ascendió en línea recta antes de enmarañarse y desaparecer.
Recordó el grito de una mujer. Eso también salía en el sueño, era un buen sueño. El grito era música celestial.
Se sintió sucio, simplemente acabó y se durmió.
Se había fumado un cigarrillo antes. Le ayudaba a recordar. Así, conseguía soñar después.
Se había dado un golpe en la cabeza aquel día. Perdió el olfato, entre otras cosas.
Hacía ya más de veinte años. Vivía aún en México y acababa de ser su séptimo cumpleaños.
El rumor. El rumor que lo cambió todo. Empezó un día como otro cualquiera. Un niño había desaparecido y ante la incógnita de qué le había pasado, surgió la historia de que había sido secuestrado.
La verdad es que no desapareció ningún niño. Pero la histeria colectiva ya estaba prendida, igual que se prende la paja ante la más pequeña de las chispas.
Se intercambiaban mensajes constantes por WhatsApp.
El miedo tenía al pueblo en sus manos y deformaba la realidad.
En las calles y avenidas ya no había movimiento ni risas hasta tarde. Cualquier sombra, cualquier mirada era tratada como una amenaza. Se había impuesto un toque de queda no declarado, surgido espontáneo de un demonio del que pocos sabían el nombre: PARANOIA.
Lucas tuvo que acompañar a su padre al trabajo. Su padre era el jefe de policía del pueblo y, como era habitual, cuando iba con él, lo previsible era leer cómics tranquilamente en la comisaría. No pasaba nunca nada y su padre solo recibía aburridos avisos sobre robos de gallinas o disputas entre vecinos.
Pero pronto aquella rutina cambió.
Los habían visto. Su padre salió a buscarlos en el coche patrulla; dijo que tardaría cinco minutos.
Cinco minutos eternos para un niño.
Cuando su padre regresó, la calle de enfrente de la comisaria estaba abarrotada. Los vecinos habían venido y, como zombis, de forma ausente deambulaban sin sentido.
Apenas hablaban. Parecían esperar algo.
El coche llego, un par de pitidos de sirena los enfureció. Rodearon el coche gritando y golpeándolo.
—¡Asesinos!
—¿Dónde están los niños?
—¡Cabrones!
Lucas se escondió debajo del escritorio de su padre. Se golpeó la cabeza contra el borde de la mesa; fue un buen golpe, se mareó, le sangró la nariz.
El padre de Lucas, ayudado por otros agentes, sacó a los presos esposados y, con la cara tapada, los metió en la comisaria. Una fina capa de sudor cubría su rostro haciéndolo brillar a causa de las luces rojas y azules.
Los vecinos intentaron entrar en la comisaria tras los reos. Los ayudantes les impidieron el paso. Un vecino fue el primero en golpear. Los agentes sacaron las porras y los echaron a golpes.
Cerraron las puertas con llave. La masa estaba a las puertas y empujaba con fuerza para llegar hasta los criminales. La comunidad de vecinos se transformó en una horda. Gritaban, maldecían, gruñían.
Ya no eran personas.
Empujaron las puertas. Usaban adoquines, piedras para golpear las cerraduras de las rejas de entrada. Al final, arrancaron un banco de la calle y, usándolo como ariete, entraron.
El padre de Lucas sacó el arma mientras el sudor goteaba desde su barbilla. La amartilló. Esperaba poder amendrentarlos.
Pero era la esperanza de un niño. Se abalanzaron sobre él, le quitaron el arma, lo golpearon y lo rompieron a patadas. Le quitaron las llaves. Abrieron las celdas. Sacaron a los hombres aún encapuchados y la estampida paso sobre ellos.
La pistola pasó de mano en mano entre la multitud como un trofeo. Finalmente, alguien la empuño, su mano surgió anónima entre la masa apuntando a uno de aquellos dos pobres desgraciados. y disparó. «¡Dale, dale!», dijo alguien. La luz se apagó y la incipiente noche se tragó la sala. Se produjo otra detonación que iluminó el lugar como el flash de una cámara y que grabó en la retina de Lucas una fotografía abominable. El grupo de gente rodeando a dos hombres esposados con las manos a la espalda, sus sombras alargadas como espectros hacia las paredes, los rostros tapados de los muertos.
El grito de una mujer sobresalió entre los demás. Lucas vio su sonrisa enferma, el brillo desquiciado en sus ojos. Era una fiesta macabra.
Lucas lo vio todo agazapado debajo del escritorio y rodeado por las hojas rotas de su cómic.
Nunca pudo olvidarlo. Nada se compara a lo que vio.
Por eso, veinte años después, se fuma un cigarro antes de salir en la noche.
El humo subió recto. Después se enredó, se retorció y se convirtió en maraña justo antes de desaparecer.
Ellas darán la nota perfecta con el crujir de sus huesos.
Los gritos serán los coros de una música que solo alguien como Lucas es capaz de oír. Y que escuchó por primera vez aquel día, cuando todo un pueblo fue poseído y dos hombres se convirtieron en sacrificio.
«¿Soy yo el que se volvió loco o fue el mundo?», se pregunta mientras fuma.
Espera, piensa. «La respuesta me importa una mierda; mañana volveré a encender otro cigarro y todo volverá a empezar».. Primero sube recto, luego un grito y más tarde… la belleza.
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