El miedo a la regresión es común en los seres humanos.
Pablo tuvo una época nerviosa; salía de fiesta y en cuanto pisaba la discoteca dejaba de respirar al notar sus costillas apretadas y, por ende, sus pulmones estrujados por la masa de autómatas que se movían sistemáticamente, programados por los sonidos rítmicos que escapaban, atronadores, de cajas de pesadilla. Iba al baño y más de lo mismo, así que clavaba las uñas en sus palmas para recordarse que debía estabilizar la respiración, sonreír y aguantar, como todos los adolescentes. Tras unos meses de terapia consiguió superar aquello y, aunque no salga a discotecas, ya ha dicho adiós a sus crisis nerviosas.
Juan vivía obsesionado con su imagen: pasó demasiado tiempo admirando a otros y odiándose a sí mismo, hasta que decidió cambiar aquello. Al principio era una buena idea. Luego decidió ir al gimnasio con el organismo a rebosar de proteínas. Pasaba tres, cuatro, cinco horas y se marchaba mareado tras haber criticado su masa muscular por lo menos diez veces en el espejo del vestuario. Cuando ya había conseguido el cuerpo que quería no se contentó; duplicó las horas de ejercicio y pronto sus músculos se desgastaron y mermaron, desinflándose, mientras su corazón saltaba de pronto y se sincopaba. Fue después de unos veinte desmayos cuando decidió ir a terapia y un año más tarde ya se encontraba estable.
Isabel no supo gestionar el estrés. El reloj de su cabeza hacía «tic-tac», cada día que pasaba, clavando sus pequeñas agujas en el cerebro y ocupando tanto espacio que este último tuvo que esconderse tras el péndulo. Tic-tac. No llegaba al trabajo. Tic-tac. No terminaría su proyecto a tiempo. Tic-tac. No podría visitar a sus padres, tenía demasiado a lo que atender. Tic-tac. ¿Sus amigos? No creía tenerlos ya: hacía demasiado que no los veía. Tic... No fue hasta que el reloj explotó y sus engranajes se desparramaron cuando reconoció que tenía un problema. Año y medio después, la terapia le había ayudado a controlar aquello y ahora era una maestra relojera.
Marta lo perdió todo. Empezó por el fin de su relación de cuatro años, tras lo cual vivió en la cama durante semanas. Cuando decidió pasar página, alguien en su vida terminó el libro entero: su padre, cuya muerte temprana dejó a la joven, huérfana también de madre, desamparada y solitaria en su diminuto piso de estudiante. Buscó trabajo, lo consiguió y lo perdió. Fue a fiestas y se volvió dependiente del alcohol. Su cocina no tenía alimentos, sino botellines vacíos; la casa apestaba a ron. Lloraba y reía sola, con un sonido falso y aterrador cuyo trasfondo era la amargura y no la diversión. Se «cayó» del balcón y de ese primer piso pasó a vivir un tiempo en una camilla de hospital. Como se había quedado sin amigos, nadie la visitó, hasta que un día escuchó una voz conocida: la de una excompañera de clase, ahora enfermera. Ella la obligó a ir a terapia y tres años después fue capaz de abandonar su depresión y dejar el alcohol.
Sin embargo, hoy todos vuelven a la consulta y la pregunta no varía.
—¿Y si vuelvo a reaccionar así?
—¿Cómo puedo asegurarme de haber dejado atrás esa obsesión?
—¿Y si otra vez hago lo mismo y termina igual que la ocasión anterior?
—Y si recaigo, ¿tiraré por la borda todos estos años de recuperación?
—Tengo miedo. A lo mejor no estoy curado del todo.
—Tengo miedo.
—Tengo miedo.
—Tengo miedo.
Todos tienen miedo a la regresión.
No hay comentarios:
Publicar un comentario