Mientras las manecillas del reloj avanzaban, los coches fuera de la ventana avanzaban y el rumbo de la tierra avanzaba: Valeria se había rendido; había decidido no avanzar más. Hace ya dieciséis horas que tomó la decisión de no tomar más decisiones en el resto de su vida. Estaba tumbada en su cama. El colchón, como un molde, cobraba lentamente la forma del cuerpo de esta mujer derrotada; al menos así lo sentía ella. Aparte de la alarma que tenía puesta para levantarse (que claramente no atendió), el timbre del teléfono sonó tres veces durante las primeras horas de la mañana. Esos timbres fueron tan ignorados como la alarma que la despertó. Valeria se preguntó si ignorar esos timbres constituía una decisión; rápidamente se dio cuenta de que sí lo era. No le importó. La indecisión y la inacción total son imposibles mientras uno está vivo, así que le tocaba esperar. Pero la inutilidad total, eso sí era posible.
Derribada en la cama, pensó que quien fuera que la estaba llamando claramente no tenía mucha urgencia, ya que no volvió a llamar. Después de veinte horas inmóvil, muchas cosas comenzaban a incomodar y molestar. La garganta la tenía seca y áspera, rogándole que le sirviera un solo vaso de agua. El estómago le rugía y le hincaba, suplicándole que le diera algo de la nevera. La mente, nublada y torturada, le imploraba que la estimulara. El cuerpo, débil, con una sensación de caucho en los huesos, no le pedía nada en verdad. Estas cosas dejaron de importarle. Lo único que todavía le fastidiaba era el olor: el olor de sus heces y orina, que ya habían penetrado y marinado el colchón.
Aunque su mente se le obstruía con una neblina pesada cada vez más densa, se preguntó (por fin) por qué hacía esto. No se le ocurrían muchas respuestas. Sabía que todo era el resultado de un impulso profundo que había tenido, pero no sabía ni qué había sido ni de dónde había venido. Pensó en su pasado y en la identidad que había construido durante veintidós años de vida. Esa misma identidad y ese mismo pasado eran los que estaban abandonando. Pensó, pero no le importó. En ese momento no les veía valor. Ese fue su último pensamiento claro.
Ya no sabía cuánto tiempo había pasado; solo sabía que las manecillas del reloj seguían avanzando, los coches fuera de la ventana seguían avanzando, el rumbo de la tierra seguía avanzando y Valeria permanecía inmóvil. El mundo no la había abandonado; ella había abandonado al mundo. Su mirada, ya extremadamente borrosa, deambulaba por el cuarto, pero frenó en el crucifijo que colgaba en el lado opuesto de su habitación. Ella no era particularmente católica, pero se lo había dado su madre y no quería que, cuando la visitara, no lo encontrara colgado. Su madre no la había visitado todavía. Viendo el crucifijo, no pensó en nada: ya no podía.
Comenzó a escuchar voces llamándola por su nombre: la de su madre, la de su padre, amigas, amores pasados y su propia voz, de la cual casi se había olvidado. Una última voz la llamó; esa no la reconoció. En el techo, que por alguna razón estaba más bajo de lo normal, comenzó a formarse un rectángulo. Había nubes donde antes estaban las paredes y estas empezaron a desvanecerse, revelando detrás de ellas un fondo negro infinito, con puntos blancos en la distancia. La mirada de Valeria, rindiéndose, cayó y se percató de que el suelo tampoco existía ya: solo el mismo abismo negro estrellado. Obviamente, ella no reaccionó.
En ese momento, lo único presente en la realidad era Valeria, su cama, el techo y la nada infinita. De las pocas fuerzas que le quedaban, las usó para levantar la mirada hacia el techo (que, de alguna manera, estaba aún más bajo), donde el rectángulo se había terminado de formar: era un espejo. Pero ella no podía reconocer bien lo que veía. El espejo parecía mostrar la figura del crucifijo. El techo descendió aún más: Valeria y el techo se estaban casi tocando. Ahora lograba ver claramente que la cruz en el reflejo no era una cruz, sino su cama. También consiguió percatarse de que la figura de Jesús no era Jesús, sino ella misma. La corona de espinas y las heridas permanecían.
Valeria se miraba; probablemente no entendía lo que veía. Durante el último descenso del techo, el espejo comenzó a distorsionarse y, a la vez, su cara. Mientras el reflejo de ella se desvanecía, cerró los ojos.
Mientras las manecillas del reloj avanzaban, los coches fuera de la ventana avanzaban y el rumbo de la tierra avanzaba: Valeria había muerto; había decidido no decidir más.
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