14/11/25

Viajando en círculos [Jesús Bravo López]

     Llevaba cogiendo el mismo metro desde hacía veinte años. El recorrido de esa línea era circular. Siempre lo cogía para ir, pero no para volver. Juan, sentado en las escaleras que daban lugar al centro del andén, miraba con las gafas de sol puestas el sentido de ida a mano izquierda y el sentido de vuelta a mano derecha

Estaba cansado; se echó hacia atrás desplomándose como un edificio en demolición.

Su vida era un bucle no muy diferente al recorrido circular del tren. Las mismas acciones las mismas palabras, los mismo lugares, los mismos resultados y siempre solo. La soledad era una constante. Bueno, no siempre fue así, pero, desaprovechó la oportunidad, ya sabes: fue patético, ridículo, fue estúpido, prepotente. Fue orgulloso.

Ya no importaba esa persona se fue y se fue con otro; no había vuelta atrás.

¡Ojalá pudiera volver aquel momento y hacerlo diferente, ojalá pudiera viajar en el tiempo, tomar otro camino, ser esa persona que hubiera sido pero que ya no podía ser! Ya estaba hecho. Hacía más de veinte años. No tenía ni sentido pensar en ello, pero a pesar de todo lo pensaba en verdad, llevaba pensado en ello el mismo tiempo que llevaba cogiendo el metro de la línea tres: Veinte años. ¡Qué ridículo! ¡Qué patético!

El andén estaba frío, pero se sentía bien allí.

Se levantó y caminó lentamente hacia un banco cerca de una papelera. Sacó una lata de Red Bull y un cigarrillo. No se podía fumar, pero no había nadie. Nunca había nadie. Se lo encendió. Era su venganza contra el mundo, su pequeño y malvado secreto, su momento surrealista.

Una corriente de aire que salía de los túneles por los que circulaban los trenes se llevaba el humo. El leve zumbido de los focos era todo el sonido. En un par de minutos no quedaban pruebas: el contenido de la lata en su estómago, la colilla fulminada en la lata vacía, la lata en la papelera llena, un simple intercambio de materia.

Se giró para volver a su sitio favorito en el mundo las escaleras en el centro del andén y entonces la vio. Estaba sentada en las escaleras mirándole, sonriendo.

No tendría más de veinte años: Era pelirroja.

Juan se sintió pillado in fraganti haciendo algo ilegal y esa sensación de que se avecinan problemas apareció.

Caminó hacia ella tranquilo y lentamente, pensando.

—¡Hola! —dijo ella cuando estuvo cerca

—¡Hola! —respondió, extrañado; era poco habitual que una mujer desconocida saludara a un hombre, más extraño era que lo hiciera cuando obviamente el hombre era mayor que ella y más extraño aún era que lo hiciera en una estación de metro desierta. Y a pesar de todo ella sonreía.

—¿Hacia dónde vas? —preguntó ella.

—Al trabajo.

—La gente trabaja en muchos sitios. A lo mejor podrías darme algo más de información —insistió, simpática.

—Pues no sé, no te conozco de nada. A lo mejor tú podrías decirme para qué quieres saberlo.

—¡Ja, ja, ja! ¿Y te molesta estar solo siendo tan desconfiado? —se mofó ella—. Para estar con alguien hay que hacer lo que llaman un salto de fe; ya sabes: confiar en que caerás de pie.

—¿Quién ha dicho que me moleste estar solo? —preguntó esta vez Juan.

—No lo dijo nadie, solo hace falta ser observador y observarte. Se te nota en la cara.

Juan se sintió molesto. Esa chica no le caía bien.

—Como he dicho, no te conozco de nada, así que no tengo por qué decirte nada.

¡Hostias, genial! ¡Eres de los difíciles!

«¿De qué difíciles hablaba?», pensó Juan.

—Me parece que voy tener que ponértelo fácil, porque, si no, vamos a estar aquí una eternidad. Yo no soy de este mundo, pero tú sí. Al que controla este mundo le das pena y no me extraña, porque eres jodidamente triste y quiere darte una oportunidad. Él llama amor a esa sensación que siente por gente triste como tú y parece ser que, a pesar de lo patético que eres, también eres buena persona y no hay átomo de maldad en ti, así que por eso estamos aquí; bueno, por eso estoy yo aquí. Tú vas a trabajar como ya has dicho—. Sonrió enseñando los dientes y achinando los ojos.

—No entiendo nada de lo que dices, me estas molestando y lo de llamarme triste y patético es pasarse de graciosa. Si es un chiste, no me hace gracia —

—No te lo tomes a mal; ya sabes —dijo mientras se encogía de hombros y enseñaba las manos—: para mí todos los humanos sois patéticos, al menos bajo esta forma. Después, ya es otra cosa. En cualquier caso, sé que es lo que quieres, Juan.

—¿Y qué es?

Ella volvió a sonreír esta vez de forma malévola y solo dijo:

—Álex.

El silencio posterior fue total. Se miraron a los ojos. Ella miraba más profundamente.

 

—¿Esto es una broma? Te estas riendo de mí. ¿Quién coño eres, niña? —dijo Juan elevando la voz.

—Puedes llamarme Cassie—. Se levantó. No le llegaba a Juan ni a la barbilla—. ¿Qué te parece si me das un cigarro de esos? —dijo, mientras se metía las manos en los bolsillos de atrás de los vaquero ajustados y estiraba la espalda marcando el pecho.

—No tengo tabaco —fue lo único que dijo Juan.

—Por favor, Juan: no tenemos mucho tiempo. El tren está a punto de llegar —dijo, poniendo los ojos en blanco— y me encanta el tabaco. Al jefe no le gusta que fumemos; bueno, a él no le gustan muchas cosas de aquí abajo, pero yo cada vez que vengo aprovecho. Aquí sí que puedo fumar.

Juan señaló el cartel de Prohibido fumar.

—¡Con esas me vas a salir! ¿Pero si te acabas de fumar...? Venga, anda, dame uno—. Se metió las manos en los bolsillos de su cazadora vaquera.

Juan sacó la cajetilla, embobado; se sentía como un zombi. Se la dio.

—¡Genial! —fue su respuesta. Ocultó su barbilla en el pañuelo que le rodeaba el cuello.

—Bueno: la cosa es esta, Juan —continuó tras encender uno— Tú quieres volver atrás, pero eso no se puede. El tiempo es como tren: solo hacia adelante. No hay otra opción, pero... sí que puedes hacer un transbordo; ya sabes: coger otro tren.

Pero... ¿todo esto es de verdad? ¿Tú eres de verdad?

—Claro que soy de verdad —dijo. Levantó la cabeza y soltó un chorro de humo—. Pero que sea de verdad no quiere decir que en verdad esté aquí —continuó—.  pero no te obsesiones con eso, porque en verdad eso a ti no te importa: lo que en verdad te importa es saber si puedes cambiar la vida que tienes y puedes, pero para poder tienes que querer, porque él solo puede si en verdad tú lo quieres. ¿Lo entiendes?

—Creo que... creo que sí.

—Bien, bien; vamos avanzando.

El de arriba —dijo Juan— puede cambiar mi vida, pero solo si yo lo quiero. ¿Es eso?

—Exacto.

—¿Y cómo sé que es cierto algo de esto? ¿Cómo sé que no te estás riendo de mí?

—¿No te parece suficiente con que sepa de Álex?

—No, para nada. Eso podría saberlo cualquiera.

—¡Ah, sí! ¿Cualquiera? Ya veo. Te crees muy listo, ¿no? Pues no: cualquiera no podría saberlo, cualquiera no podría saber lo que hiciste, lo bien que él se portó, lo malo que tu fuiste, la oportunidad que desaprovechaste, pero nada de eso te convencerá a ti porque tu mente es un bucle y volverás a desconfiar y a convencerte a ti mismo de que nada es real, por eso vives como vives. Estás atrapado en tu cabeza. Así que lo que voy a hacer es  tirar esta colilla —dijo, sosteniendo el cigarro entre pulgar y el índice— hacia las vías—. Movió la colilla hacia la izquierda—. Pero la colilla no va a caer en las vías: va a caer en el interior de la papelera en la que has tirado esa lata de Red Bull que te has bebido antes.

Juan, sentado en la escalera, se movió hacia un lado para poder ver la papelera que Cassie tapaba con su cuerpo.  

—Pero eso es imposible. ¡Está a más de veinte metros —dijo.

—Por eso, cuando lo haga, creerás en lo que te digo —dijo y torció la boca.

—Bueno, vale. Veamos.

—¡Genial!. Antes, una última cosa: ¿te consideras practico o pesimista?

—¿No puedo ser las dos cosas?

—No lo creo. Una persona practica sería optimista —dijo y lanzó la colilla con un capirotazo.

La colilla aún encendida salió de su mano hacia el andén, dejando un rastro de chispas y humo tras de sí como un meteorito. Desapareció antes de tocar el suelo.

—¿Adónde ha ido? —preguntó Juan.

—Te lo acabo de decir —dijo Cassie poniendo los ojos en blanco y sentándose en las escaleras—. ¿Por qué no vas y lo compruebas?

Al sacar la lata, esta echaba humo por la abertura.

—¡Pero qué cojon…!—. Un fogonazo y un «¡bum!» hicieron que Juan la tirara. Rota por la mitad en el suelo, se podía ver en el interior dos colillas ennegrecidas.

—Hay que tener cuidado de fumar cerca del combustible, ya sabes: podría salir ardiendo —dijo Cassie con una sonrisa, desde las escaleras, mientras miraba a Juan.

Juan volvió hasta ella.

—Si coges el tren de la izquierda, irás a tu trabajo: otro día más, otro días menos. Si coges el tren de la derecha, todo será lo que podría haber sido.

En ese momento los trenes irrumpieron en la estación con un estruendo y frenaron al mismo tiempo con un chirrido metálico en el andén de la línea tres.

Juan se subió al tren y aunque no es capaz de recordar cuánto estuvo viajando, sí recuerda a Cassie despidiéndose desde fuera con la mano, sonriendo y achinando los ojos. Al salir, Álex caminaba a su lado, como si siempre hubiera estado allí, porque siempre estuvo allí, porque siempre le estuvo esperando.

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