21/11/25

Alegoría del orgasmo [Élian Mendoza]

En la oscuridad de la noche, se enciende un cuerpo llameante. Lumbre de la nocturnidad, irradia luz y calor. En una lejanía que la hacía más que llama, chispa, estrella, pero la estrella polar de todos los deseos. Cuerpo fogoso, oscuro, luminoso y titubeante, se decía que una sola chispa podía prenderte y volverte la lava que fluye por su piel.

Caminar de la mano con alguien era lo más sencillo, correr con el cuerpo direccionado hacia la luz al final de lo oscuro, acelerar como si eso acortase las distancias y no hiciese que aquel que dejase de sentir al otro y llegase a la fogata la apagara al caerse sobre ella por ser mínimamente tocado. No, no podía encomendar a nadie esta misión, nadie me acercaría ni lo más mínimo a ese ser oscuro y resplandeciente.

Posé mis dedos desnudos sobre el polvo de su cálida tierra, dándome cuenta de que contra lo que todos describían, aún estaba fría. Cerré los ojos y traté de dibujar con mis pies, embelesándome con la sensación de la tierra en mi piel. La tierra se volvió más cálida. Dejé que los pies fueran por si solos hasta tocar sobre el camino que mejor temperatura irradiaba; caminé hacia allí. La tierra cada vez se atemperaba mejor, el polvo acogía mis pasos. La luz del camino era cada vez más nítida. Un viento levantaba el polvo calmando el poco calor que podía sentir y mi paso se tornó en trotar.

Cuando te sientes dueño de tus pasos, no importa que ellos te lleven hacia la nada si solo quieres poseerlos. No poseía mi dirección, sino la agradabilidad de poder correr y sentirlo todo a mi alrededor. Las pupilas se dilatan y la respiración se acelera por un sinsentido que me domina y me vuelve frenético. Me poseen mis sensaciones y las ansias de experimentarlas. Me caigo en la lava del baile llameante. Mi cuerpo ya no me pesa, solo lo rodea la luz y el calor. Mi cuerpo se suspende mientras la densidad lo posee y lo invade, desorbitándome las cuencas, perdiendo el control de mis movimientos que solo saben manifestar lo bien que todo parece sentirse. Y debajo de mí, me abraza la llama estrellada que ya no es chispa, sino sol. Él me toma en sus brazos y me alza en cascadas de lava, mientras mi cuerpo explota por el culmen sensitivo al que se ve sometido. Y la tierra, la lava, la luz, el polvo y la brisa parecen acompañarme hacia mi subida, como si él controlase todo para complacerme, como si quisiera que todo empezara y acabase en mí. Pero entonces se queda sin fuerzas y la tierra me traga.

 

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