27/10/25

Lareira [Jesús Bravo López]

Hace mucho tiempo en la antigua y lluviosa Galicia

había a solas en una gran casa una pequeña niña.

Ella juega imaginando amigos en la sala principal.

Una sala con suelo de tierra y una chimenea central.

 

Salta y juega alrededor del fuego, de la lareira,

que es, para el que no lo sepa,

una enorme y pulida piedra

donde se hace el fuego y cocinan las abuelas.

 

La casa se construyó a su alrededor

y antes de que hubiera fuego ya desprendía calor.

La piedra tiene un pasado antiguo, arcaico,

seguramente celta, fenicio, etrusco y romano.

 

La piedra es el centro, el ombligo, el todo.

De ella y del fuego se alejan hasta los lobos.

La niña sentada se mece a su lado,

jugando con un amigo invisible que está callado.

 

Juega alegre y tierna con su muñeca;

la mima, la peina, la abraza y la sienta.

Sola al lado del fuego que brilla en la piedra.

juega sola mientras el invisible la observa.

 

Él, que es espíritu de piedra antigua,

la cuida igual que ella cuida a su muñeca.

La niña sentada en el suelo de tierra

está acompañada, aunque no lo veas.

 

Hay un espíritu que de ella no se aleja,

que la acompaña a todas partes lejos de la lareira

y que cuando va al bosque acompañando a su abuela,

las espinas no se le clavan, los insectos no se le acercan.

 

Nada puede dañar a la niña, aun cuando su abuela se aleja,

dejándola a solas en el camino y esperando a que vuelva.

Una noche la abuela tenía que ir a la vecina aldea.

No había nadie que la cuidase y se ofreció otra nieta

 

La muchacha la llevó al pueblo, a la fuente, al rezo

y, al caer la noche, fueron a ver a un muchacho del pueblo.

Fue con la niña hasta la casa en el bosque alejada

y, tras una leve merienda, la niña quiso irse a la cama.

 

La muchacha no quería y el galán se molestaba.

Entonces el muchacho se descalzó para sentir la hierba mojada.

La niña le dijo al hombre que le olían los pies, que se los tapara,

 y ante la risa de la muchacha

 

el hombre le dijo a la niña: —Volverás sola a tu casa.

La niña volvió sola, caminando por el bosque,

apretando su muñeca contra el pecho en plena noche.

Protegerla quería y protegida estaba,

 

pues había un genio, un lare, surgido del fuego que en la lareria crepitaba.

El hombre, el galán, el apestoso patán

murió al día siguiente al su tractor arrancar.

Y es que hay una niña que se balancea en su mecedora

 

y aunque está sola la niña, se ríe y nunca llora;

nada puede dañarla, nada puede tocarla

y el que lo intente debería recordar

la historias que cuentan las ancianas del lugar.

 

La casa fue construida en torno a una enorme piedra

 y sobre ella siempre hay fuego aunque nadie lo prenda.

Espécimen 4638 [Jesús Bravo López]

—El espécimen ha despertado, señor.

—Bien, ya era hora. ¿Y qué hace?

—Está limpiando su cuerpo, señor.

—¿Con H2O, como de costumbre?

—Sí, señor

—¿El área esta sellada? ¿Los sistemas de aislamiento funcionan correctamente?

—Por supuesto, señor. Cero probabilidades de una fuga.

—Bien, bien. No queremos tener ningún incidente como el del último ciclo

—Por supuesto, señor.

—¿Qué dicen las lecturas sobre su estado anímico y sus pensamientos?

—Tiene un ligero sentimiento de paranoia, señor.

—¿Aún duda de la veracidad del entorno?

—Correcto, señor. No sabemos por qué, pero parece que detecta a un nivel inconsciente que no está en su planeta.

—Pero ¿cómo es posible? ¿En qué hemos fallado?

—No lo sé, señor. La simulación de un entorno artificial para formas de vida inteligentes está llena de variables: podría ser cualquier cosa.

—Póngalo en pantalla. Observémoslo.

—Por supuesto. Activando cámaras de la Visible en pantalla, señor.

Espécimen. —¿Qué vas a hacer hoy, cariño? Es fin de semana.

Forma de vida sintética. —Voy, primero, a hacer la compra; segundo, a cocinar alimentos; tercero, a ingerirlos; cuarto, a pasear al sol; quinto, a ver esa película con la que siempre lloro, y sexto, a sudar. Grhsahñoaf.

Rutina de comportamiento para dentro de cinco horas: desconocida.

—A mí me parece que se comunica como ellos. ¿Cuál es el problema?

—No tengo idea, señor. Llevamos años desarrollando esa réplica. Tal vez no tengamos la capacidad de imitar toda la complejidad de estas formas de vida alienígena.

—Tonterías. He visto a los de su especie entretenerse durante horas mirando las nubes, los he visto sacarse un moco y comérselo, los he visto ponerse chanclas con calcetines.

—Tal vez… sea… demasiado estúpido para nuestro nivel de complejidad, señor. Tal vez hemos… sobreelaborado la simulación de su planeta.

—Buena observación. Es tan tonto que no podemos reducirnos a su nivel.

—Es posible, señor.

—Entiendo. Esperemos a que acabe este ciclo y, cuando entre en hibernación durante la noche, reduciremos algunos parámetros de la simulación. ¿Tiene alguna idea sobre qué área podemos mejorar?

—Pues ahora que lo pregunta, creo que su hijo, señor. Los preadultos que hemos observado en su entorno natural dicen ‘bro’ cada dos o tres palabras.

—¡Excelente! Hágalo y piense en algo más. Necesitamos que el sujeto no se percate del artificio.

—Por supuesto, señor.

—¿Qué está haciendo ahora?

—Está observando a su mascota, ese minúsculo ser de grandes dientes que come pipas y al que él llama T. Rex o hámster, señor.

—Bien, bien. ¿Esta semana no se le ha muerto?

—No, señor: es el que más le ha durado.

—¡Excelente!

La puta [Jesús Bravo López]

La sentaron a mi lado el primer día de clase. Era morena y parecía gitana o mora, agradable y simpática. Nos reímos, charlando, durante las clases. Me dijeron que tenía una relación con un tipo de ojos azules que vendría a hablar conmigo. No le gustaba que otros hombres hablasen con su novia. Cuando vino, intente mostrarme tranquilo. Pero seguramente parecí bastante nervioso.

—Ya sé a qué has venido —le dije.

—Entonces ¿qué haces que sigues hablando con ella?—. Su mirada era hielo; iba sin afeitar.

—Es un poco difícil: se sienta conmigo. No quiero ser desagradable.

Ojos azules sonrió.

—Redúcelo a lo necesario.

—Lo intentare.

—Bien.

Se fue.

La chica no me importaba demasiado. Era simpática y agradable, pero no era más que una amiga. Era Ojos azules. Desde que le vi le odié y desde que abrió la boca lo quise muerto. Encerrado en mi habitación, mi mente huía evocando imágenes de prados solitarios y carreteras infinitas. Tuve ganas de llorar todo el rato. Mi mente se dividió, cada una de mis partes encarnó una emoción y todas juntas debatían.

—Deja de hablar con ella y punto.

—¿Y ser la putita de ese tipo? ¿Dejar que mañana decida que no puedo hacer otra cosa y obedecer? Mañana lo dejará con la morena y empezará con la rubia y no podré hablar ni con la morena, ni con la rubia.

—Pártele la cara en dos; ya sabes: de un golpe.

—Eso puedo intentarlo; creo que tengo un buen bíceps.

—Para pegar puñetazos es más importante el tríceps.

—También tengo uno bueno de esos.

Me peleé con Ojos azules por decirme lo que podía y no podía hacer, por meterme miedo, por hacerme creer que era un cobarde. Le solté el primer puñetazo sin avisar, iluminando con violencia su cara como la detonación de un flash de magnesio al hacer una fotografía. Me miró con miedo, con sorpresa, con ira, ¡qué buen instante! Yo era el loco y nos pegamos. Yo pegaba mejor y él me ganó. A final, vinieron unos tipos que me levantaron y me llevaron a otro sitio. Pensé que me darían una paliza entre todos y que moriría aquel día, pero no: Ojos azules apareció y me pregunto ¿por qué?

—Tú a mí no me dices con quién puedo hablar y con quién no. ¡Mierda! ¡Que eres una mierda! La chica me importa tres carajos; lo que me jode es que vengas tú a intimidarme. ¡¡A comer pollas te puedes ir!! Tú me matas ahora mismo, pero ahora todo el mundo sabe que aquí la puta eres tú.

25/10/25

Vinilos [Valeria A. Favieres]

        Alisa era una persona normal.

        Habíamos estado trabajando en el mismo departamento durante años. Ambos habíamos llegado juntos y aún nos manteníamos así.

        Sin embargo, no solíamos hablar.

        Ella era alguien sociable. Saludaba a todo el mundo y sería capaz de mantener una conversación con una pared si no hubiese gente cerca de ella.

        Por alguna razón, yo nunca había escuchado su voz de cerca. Solo podía captar sus conversaciones de lejos, en un susurro prácticamente imperceptible

        Nuestros compañeros ponían excusas. Decían que simplemente no éramos compatibles. Que, a veces, uno simplemente no podía llevarse bien con todo el mundo. Era normal. Pero todos tenían ese aire de nerviosismo que delataba la mentira.

        Aun así, ya había asumido que Alisa no quería hablarme, por algún motivo. No tenía razones para cambiarlo, así que me resigné a ello.

        Fue quizá esa resignación la razón por la que me sorprendió encontrármela esa mañana en mi mesa. En cuanto me vio, se levantó, saludándome con la mano. Me había estado esperando.

        —Pensé que no llegarías —me dijo con una sonrisa.

        —He llegado a tiempo —fue mi simple contestación.

        Estaba confundido. No entendía por qué razón esta mujer, con la que nunca había mantenido una conversación, me estaba hablando como si fuésemos cercanos.

        —Esta tarde, después del trabajo —volvió a hablar, decidida—, ven conmigo al centro.

        No fue una pregunta. Tampoco una orden. Era una petición sin más. Lo más lógico habría sido rechazarla y ponerse a trabajar.

        —Está bien — accedí. Había algo en cómo hablaba que me hacía imposible decir que no.

*

        Esa tarde, al terminar el trabajo, Alisa vino por mí de nuevo.

        Me hizo seguirla hasta una parada de autobús y ambos nos subimos en el primero que pasó por ahí. El que pasaba por el centro.

        El ambiente era animado. Demasiado para mí, quizás. Había una gran cantidad de personas que hablaban prácticamente a gritos para poder oírse entre la multitud. Podía escuchar por lo menos a dos artistas callejeros en la misma calle, tocando música de géneros distintos al mismo tiempo. Los teléfonos sonaban de forma estridente cada vez que alguien respondía una llamada.

        Lo odiaba. Cada sonido servía para añadir un elemento más a la cacofonía que amenazaba con dañar mis oídos de forma permanente.

        Pero Alisa parecía disfrutar. Se paraba frente a cada artista callejero hasta que terminase su canción, hablaba con cualquiera que se dignase a entablar una conversación y su propio teléfono sonaba con cada notificación, puesto en volumen alto.

        Ella me arrastró por las calles principales, entrando a cada tienda. En una de ropa, diciendo que quería preguntar sobre sus estilos. En una de libros, para hablar con los dependientes sobre sus gustos literarios. No había ninguna tienda donde no entrase.

        Entonces se paró en seco delante de un escaparate oscuro, escondido del resto de tiendas. Miraba al interior con una emoción difícil de distinguir.

        —Entremos aquí —dijo y, sin esperar respuesta, abrió la puerta.

        El interior de la tienda estaba iluminado por una única lámpara. Era un lugar de aspecto antiguo. Una tienda de vinilos.

        Mientras miraba los discos con aburrimiento, no podía evitar preguntarme cómo no habían cerrado aún el establecimiento. Pocos tipos de personas compraban ya cosas así.

        Sonaba de fondo una canción de David Bowie. Alisa tarareaba de mala manera la melodía, dejando en claro que nunca había escuchado antes esa música.

        —Es un sitio bonito —comentó, pasándose a mi lado para ver las diferentes bandas.

        —Es antiguo —dije yo, porque la palabra ‘viejo’ sonaba menos bonita.

        —Puede —tarareó ella distraídamente mientras leía los títulos de los discos—. Pero eso le da parte de su encanto, ¿no crees? Y el ambiente está cargado de sonido.

        Al menos en una cosa tenía razón. No importaba en qué me centrase, siempre escuchaba algún ruido en concreto.

        Si no me fijaba en nada, destacaba la música, en un volumen medio. No lo suficiente como para ser molesta, pero fácil de escuchar.

        En el momento en el que me olvidaba de la música, podía escuchar el aire acondicionado, enfriando la estancia para hacer frente al calor de fuera.

        Si no, la conversación en voz baja de los dos dependientes aparecía. No podía distinguir de qué hablaban, pero podía oír sus palabras.

        El sitio estaba lleno de sonidos, tal y como había dicho ella.

        Al final, Alisa compró un disco de Queen. Uno de los primeros. Dijo que si tenía que elegir uno solo, sería ese. No entendí a qué se refería exactamente, pero no mencioné nada al respecto.

        Se hizo tarde. Ya había anochecido, pero, en lugar de volver, acabé sentado en una cafetería junto a ella.

        Pidió algo de beber, iniciando una conversación animada con el camarero que nos servía.

        Ella habló mucho. Era algo que parecía hacer siempre. Pero en cuanto otra persona tomaba la palabra, se quedaba callada, escuchando con atención.

        Si me pongo a pensar, no recuerdo de qué hablamos. Abarcamos muchos temas. En algún punto, Alisa debió decir algo gracioso, porque comencé a reír.

        Ella se quedó callada, observándome con atención hasta que la risa fue muriendo poco a poco y mi mirada se clavó en ella con confusión.

        —Haces un sonido bonito —me dijo con un tono extraño—. Cuando te ríes, me refiero. Gracias.

        Yo la seguí mirando.

        —¿Gracias? ¿Por qué?

        —Por dejarme escuchar tu risa.

        En ese momento no entendí de lo que hablaba. La conversación siguió fluyendo sin ningún problema.

*

        Tras ese día, Alisa desapareció del trabajo. 

        Me informaron de que había pedido una baja, pero nadie sabía el motivo. O quizás no quisieron explicármelo.

        Pasó un mes antes de volver a verla. 

        Entró por la puerta como si el tiempo no hubiese pasado. Sonreía a la gente como de costumbre.

        Pero no hablaba con nadie. Miraba a todos con atención, pero ya no podía escuchar sus conversaciones lejanas. No saludaba ni preguntaba cosas.

        Poco a poco, la gente se alejó de ella. La seguían tratando igual, pero nadie hablaba con Alisa.

        No fue hasta mucho más tarde que alguien me dijo lo que pasaba. Fue una compañera, apiadándose de mi estado de confusión.

        —Ménière —me dijo, con la pena clara en su tono—. La ha tenido durante años, pero fue hace poco cuando alcanzó la fase final. No puede escuchar nada.

        Me sentí idiota. Porque fue solo en ese momento cuando todo cobró sentido.

        Las conversaciones, los silencios cuando otro hablaba, cómo se paraba a escuchar a los artistas callejeros o hablaba con la gente. Su comentario sobre elegir Queen y cuando me agradeció que me riera.

        Estaba aprovechando. Porque algo que yo solo veía como ruido, para ella era una experiencia que no volvería a ocurrir.

        Esa tarde fui hasta el centro. Escuché a todos los artistas en la calle. Saludé a la gente y entré a la tienda de vinilos.

        Me quedé allí durante horas, escuchando la tenue música que ella jamás podría oír de nuevo. Me pregunté cuánto tardaría en olvidar los sonidos de las cosas. 

        Compré un disco de Queen. Hasta el día de hoy está en mi casa. Siempre que lo miro pienso en ella. Pienso en su fuerza y en su sufrimiento. Y lloro, porque vivir en un mundo silencioso se ha convertido en mi peor pesadilla.

Memoria [Valeria A. Favieres]

        Al principio, casi parece seguir viva. Su recuerdo permanece grabado en mi mente y todo a mi alrededor me obliga a pensar en lo que ella alguna vez fue.

        Camino por la calle y juro escuchar su voz en el viento, cantando la misma canción que solía entonar mientras limpiaba. Si me esfuerzo, incluso veo su silueta, sonriendo como cada vez que alguien entablaba conversación con ella.

        Siento las hojas de los árboles caer sobre mí y su tacto me recuerda las caricias de sus manos. Cómo abrazaba a cualquiera que lo necesitase, nunca falta de amor por los demás.

        Veo ropa en las tiendas y debo recordarme que ya no está aquí. Que a pesar de que en algún momento ese fue justo su estilo, ya no volverá a vestir nada. Nunca más.

        El tiempo pasa y su figura se opaca poco a poco. 

       Empiezo a levantarme por las mañanas con la sensación de haber olvidado algo. Es un sentimiento doloroso. 

        Y cuando quiero pensar en ella, me doy cuenta de que ya no sabría decir de qué color eran sus ojos. ¿Como agua de manantial? ¿O quizás como una noche de invierno?

        Sigo con mi vida, porque el tiempo no hace excepciones, pero mi cuerpo se siente morir cada vez que pienso en ella. Ya no resulta tan sencillo recordarla.

        Olvido después sus expresiones. Solía sonreír mucho, pero ya no podría decir qué tipo de sonrisa era ni las intenciones detrás de la misma.

        Los extraños amables dejan de llevar su expresión puesta. Ahora son solo desconocidos. Ya no llevan en ellos su recuerdo. Sé que no es justo, pero duele tener que mirarlos a la cara todos los días y ya no poder pensar que quizás, en cada persona, se encuentra una parte suya.

        El día que olvido su voz no salgo de casa.

        Ese día canto la misma canción que siempre entonaba ella, pero ya no escucho su voz susurrando conmigo, acompañando mis versos. Solo puedo escuchar la mía. Por alguna razón suena incluso más apagada de lo habitual. Más triste.

        Ya no puedo cerrar los ojos e imaginar que me habla. No puedo pensar en ella y verla frente a mí, preguntando por mi día o hablando del suyo. 

        Ahora sí cierro los ojos, solo la oscuridad se muestra ante mí. Silenciosa, impasible. Por más que intento obligar a mi mente a conjurarla, nada llega y sé que los vecinos escuchan mi llanto.

        No es rápido, pero poco a poco su recuerdo se aleja de mí, como si ella se lo llevase cruelmente, dejándome solo con el fantasma de su existencia.

        Hay días que olvido su nombre. Hablo de ella y no puedo recordar sus hábitos. Ya no sé cuál era su comida favorita o lo que hicimos en su cumpleaños. A veces, su recuerdo desaparece completamente y sufro por no saber quién me regaló todos los momentos felices.

        El viento deja de cantar su canción y las hojas dejan de ser manos. Todo vuelve a su curso de la manera más desgarradora posible.

        Porque sé que esas hojas solían tener significado. Sé que el viento solía ser más que eso y sé que los desconocidos portaban más significado.

        Pero ya no soy capaz de recordarlo. Camino por la vida, todos los días, todos los años, y sé que hay algo que me falta. Nunca puedo adivinar qué es.

        El último día llega más rápido de lo que habría querido.

        Sé que lo es. Sé que es el final. Todos lo saben.

        Pero ese día sonrío. Porque por fin sé lo que me falta. Ella me espera al otro lado.

        Ella me llama y mis ojos se cierran. Noto sus manos de nuevo, abrazándome, y escucho su voz en mi oído. Puedo ver su sonrisa otra vez y todos sus hábitos están claros en mi mente.

        Dejo atrás todo. Porque ella fue mi vida y ahora será mi eternidad. 

Despierto del sueño [Mateo Navarrete Cabal]

 Fue real o, por lo menos, eso creo yo. Decir que fue un sueño es poco; estas cosas, soñarlas, es imposible para mí. Mis últimos sueños fueron de un amor distante con una mujer y de que de un día a otro me sucediera esto… pues me cuesta creer que se tratara de un sueño.

No recuerdo los acontecimientos previos, pero sé que, después de ciertos momentos, me fui a acostar en la cama, alrededor de las tres de la tarde. Al dormirme, es cuando todo comenzó. Soñé que estaba en mi cuarto y me encontraba en la misma posición en la que me había quedado: con mis ojos mirando al techo blanco, arropado con mis sábanas grises, solo que la luz ahora era de la noche. Todo era igual, pero había un ambiente diferente. Advertí que estaba en un sueño, porque a la derecha de mi cama fui capaz de reconocer adversidades y cosas que no estaban ahí en la realidad: fueron unas fotografías enmarcadas que nunca había visto. Se trataba de memorias mías de pequeño, tan verdaderas e íntimas, que justamente en el momento en que pongo mis ojos frente a ellas, se empezaron a caer lentamente, dándome esa señal de lo irreal. A lo cual me desperté (aunque tengo que admitir que me tomó bastante tiempo). Yo sabía que lo que pasó era un sueño, pero tenía miedo. Un miedo de que si me llegara a volver a dormir y sucediera lo mismo, pues ya no iba a ser capaz de diferenciar. Por lo que me fijé en el lugar, la posición, el cuarto, pero esta vez también en el ambiente. Al cerrar los ojos, me volví a dormir. El sueño fue justamente lo que pensé: yo tirado en mi cama, mirando hacia el techo; todo era lo mismo. En el sueño me levanté de la cama, empecé a caminar y me dirigí hacia el baño de mi cuarto. En el baño veo cosas tan reales que hasta mi memoria las había olvidado y solo el sueño las pudo hacer existir de nuevo. Vi dos botellas de alcohol en mi armario, una azul y la otra blanca. Pero los estantes, en los que se encuentran las botellas, estaban casi vacíos; no había esos libros y objetos que abundaban en la realidad. Por lo que me pregunté: ¿no serán estos sueños que he tenido una creación de Dios? ¿Algún intento de darme memorias ya olvidadas que no significaban nada o que para mí en ese momento carecían de algún tipo de valor? De repente, aparece una combinación entre un hombre y una mujer; llevaba un vestido gris y oscuro, tenía una larga barba rubia y su pelo también; desde que vi esa figura, lo entendí: era otro sueño. La imagen de Dios —o lo que se me haya presentado— se terminó desvaneciendo; pedí a este mismo levantarme. Abrí los ojos. Estaba en la cama y claramente por la posición que había dejado era la realidad. Esta vez no me podía confundir. La misma posición, el mismo cuarto y el mismo ambiente. Me levanté de la cama para revisar ese baño y qué era lo que ahora se encontraba, pero mientras me levanto, mientras caminaba hacia esa puerta, sentí una fuerza que me lo impedía… algo que me arrastraba, que me sostenía y me ataba de los pies sin dejarme moverme y poder ver atrás de mí. Empiezo a entrar en pánico y me digo que tiene que ser un sueño, pero soy incapaz de entender cómo: me había levantado en la misma posición, me encontraba en el mismo cuarto y también era exactamente el mismo ambiente. Pensé, de nuevo, que era Dios. Pero por mi vaga creencia dudaba aún, por lo que pienso que me mantuvo ahí.

Me levanté. El ruido de mi perro caminando por el cuarto me liberó. Me levanté cansado, mareado, confundido; pensé que iba a morir de esa manera y con esos sentimientos. Era como si hubiera estado una eternidad ahí atrapado. Todo, desde el inicio, fue un sueño, pero ese tipo de castigo… es lo que me hace creer que ninguno lo fue. ¿Acaso el sueño es mi nueva realidad y vivo una condena al ser liberado? ¿Fue ese sentimiento al despertarme con el que me voy a morir? Tanto miedo fue el que tuve que salí del cuarto a estar con mi familia, como debió ser desde el principio.

24/10/25

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! [Pablo Burgos Muñoz]

¡Pum! Juan se desploma sobre el suelo. Todos en la mansión corren hacia el sonido del disparo. Al llegar al cuarto en cuestión, rodean el cuerpo. En sus rostros se dibuja una expresión de sorpresa, en cada cual mayor. Josefina, anfitriona de la fiesta, que estaba tomando lugar antes de ser interrumpida por la desdicha, decide sellar la mansión. No permite a nadie salir y llama de manera inmediata a Antonio.

Antonio es un detective que tiene cierta experiencia con Josefina y su familia. Ya había resuelto casos de corrupciones empresariales y de criadas que de vez en cuando robaban algún objeto de valor, pero nada de aquel calibre.

Una hora después, Antonio se presenta en la puerta principal de la mansión. Se para medio minuto para acabarse el cigarro que estaba fumando y, tras apagarlo, llama al timbre. Oye el taconeo de Josefina bajando las escaleras, quien, acto seguido, le abre la puerta y explica la situación.

—No encuentro explicación alguna para lo que acaba de pasar. Estoy de los nervios. ¡Un muerto en mi mansión!

—Bueno, tranquilícese. Usted ha hecho lo correcto llamándome y encerrando a todos los posibles sospechosos en la casa.

—Mansión.

—Mansión, perdóneme —se corrige Antonio de inmediato. El materialismo de Josefina no le pilla por sorpresa, puesto que ya ha tratado con ella y toda su familia. Tampoco lo hacen su extravagante maquillaje y arreglado vestido—. Puede que no me haya encontrado anteriormente con casos como este, pero gracias a su excelente labor —comentario que alimenta visiblemente al ego de la señora—, confío en que podré solucionar el caso.

—Yo también. ¡Si no, no le habría llamado!

Al llegar al cuarto en que está todos los invitados presentes, lo primero que llama la atención a Antonio es el olor a tabaco e Iqos que abundaba la sala. Examina a los sospechosos. Todos van vestidos con trajes y vestidos de época, evidenciando la temática de la reunión. Hay alrededor de veinte personas en la sala. Un número reducido, típico de la exclusividad de las fiestas de Josefina.

De repente, nota la silueta del muerto en la sala. Por un segundo, le sorprende que todos se quedaran en la misma habitación que un cadáver; sin embargo, decide no cuestionarlo.

—Este es el detective que os había mencionado. Un conocido de la familia, ¡todo un profesional en lo suyo!

Mientras Josefina introduce a Antonio, este se acerca al cuerpo. Observa una clara herida de bala en su pecho, lleno de sangre. También ve tereas desgastadas esparcidas por el suelo a escasos centímetros del muerto, manchadas de un fuerte pintalabios rojo.

—Señores, lamento decirles que entre ustedes se encuentra un asesino. Yo me voy a colocar en la habitación de al lado, a donde les haré pasar uno a uno para hacerles unas preguntas. Agradezco su colaboración.

A cada invitado Antonio le hace dos preguntas: ¿qué hacía antes de oír el disparo? y ¿quién ha levantado sus sospechas? Pese a ser simples preguntas, Antonio confia en que el alcohol en el organismo de sus sospechosos hará aflorar alguna que otra respuesta.

Algunas de las respuestas se las esperaba.

—Pues yo estaba en el salón, bailando —decía una.

—A mí me pilló en una business meeting con otro de los invitados. Me ha venido fatal que se muriera, la verdad —decía otro.

—Yo estaba intentando escabullirme de un incompetente que quería que salvara su compañía. ¡Que Dios me perdone!, pero que ese hombre se muriera me ha venido perfecto.

—Yo estaba reponiendo las copas de vino, señor. Me han contratado como camarero. Si supiera usted las cosas que he visto…

Otras, sin embargo, le pillaron por sorpresa.

—¡Pff…! Yo… Pues yo estaba con él, fíjate por dónde.

—¿Con quién?

—Pues con el muerto.

—¿Perdón? —dijo Antonio, incrédulo.

—Lo que oyes.

—Entonces, ¿me está diciendo que lo mató?

—Pero, ¿qué dices? ¡Qué va!

—Pero si dices que estuviste con él durante el disparo, eso significa que, o le mataste, o viste quién lo hizo.

—¡No! ¡Yo no estuve con él cuando le mataron! ¡Yo estaba en el baño con Soraya! Haciendo cosas de adultos, ¡je, je!

—Disculpe la pregunta, pero ¿está usted bien?

—¡Pues claro!—. De repente, suena algo metálico chocando contra el suelo—. ¡Ups! ¡Los caramelos de la tos! Que el fumar tanto a estas edades tiene consecuencias… —dice mientras se ríe y coge la caja.

“Caramelos, ¡claro que sí!”, pensó Antonio. Entonces notó que los labios del interrogado estaban levemente manchados de pintalabios rojo. “De Soraya”, concluyó rápidamente.

—Bueno, llame a Soraya y dígale que pase.

Soraya se presentó tranquilamente.

—Según Pedro, usted se encontraba con él durante el asesinato.

—¡Pero ese qué dice! ¡Si yo estaba bailando con Sonia y Malena!

—Entonces ¿no tuvo ninguna interacción de carácter sexual con él?

—¡Qué va! El señor lo intentó, pero le aparté. ¡Menudo fantasma!

—Entonces el pintalabios rojo en sus labios ¿cómo se explica?

—¿Y a mí qué me cuentas? Será de a la que haya engañado para que se líe con él.

Entre las declaraciones de Soraya y el claro efecto de las drogas bajo el que se veía Pedro, Antonio no tardó en poner sus sospechas sobre él. Un ricachón colocado hasta las cejas y descerebrado que actuó toda la noche según sus impulsos. El único lo suficientemente suelto como para matar a otro y dejar tereas sobre su cuerpo sin vida. Posiblemente, la víctima le habría recriminado su comportamiento o algo y por eso sacó una pistola, que habría traído para fardar y conquistar a alguna chica.  Una conclusión rápida, pero era lo máximo a lo que podía llegar con su poca experiencia en la materia, por lo que decidió comentárselo a Josefina. Esta ni se inmutó; simplemente se alegró de que la prensa no fuera a especular sobre si ella podría la asesina. Al fin y al cabo, el asesinato ocurrió en su mansión.

—Ahora toca lo más aburrido: comentárselo a las autoridades. Pero bueno, ¡muchas gracias por tu ayuda! —le dijo Josefina al detective mientras le acompañaba a la salida, después de encerrar al acusado en un cuarto.

Antonio se encontraba al otro lado de la puerta, listo para irse, cuando oyó algo caer contra el suelo de manera estridente. Y otro algo más. Y otro.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

A cada disparo correspondía el sonido de una persona desplomándose, muerta. Y a gritos.

“Supongo que me he equivocado” —pensó, mientras se encendía un cigarro e iba hacia su coche, listo para largarse tras dar por zanjado su trabajo.

Sin sentido [Pablo Burgos Muñoz]

José volvió del colegio con cierta bruma en su mente. No se encuentra feliz con los contenidos que debe asimilar en su coco. No solo no los considera entretenidos, sino que los tiene como insoportables. “¿Por qué tengo que invertir mi tiempo en estupideces que no me serán útiles en el futuro?”. Irene llegó de su trabajo. Lo primero que hizo José tras conocer su regreso fue ver si, en su momento, opinó lo mismo que él.

—Irene, ¿tú creías que los conocimientos que adquiriste en el colegio fueron inútiles?

—En ese momento, puede. ¿Por qué?

—Es que siento que no puedo seguir acumulando estudios sin sentido en mi mente de modo que estos queden en un profundo olvido del que “no huir” sea su único destino.

—¿Y cómo es eso?

—No sé; por eso te pregunto.

—Bueno, no puedes recibir mi consejo inflexiblemente, puesto que no soy ningún referente, pero sí es cierto que considero que tienes que proseguir con los deberes que te impone el colegio. Según lo que viví, estos no me descubrieron senderos hacia empleos útiles con los que convertir mis conflictos en otros que resolver con sencillez, pero sí que extendieron los límites de mi mente. Desobstruyeron mi intelecto con el objetivo de que este alcanzade un nivel superior. Que no notes su fruto no quiere decir que este no se dé. Por lo menos, eso creo yo.

José se quedó sin entender lo que le dijo.

“Pues tendré que obedecer” se dijo, escribiendo en su bloc.

El duelo interior [Antonio Lissot]

¿Acaso soy digno? ¿Acaso soy digno de ser? ¿De vivir? ¿Quién soy yo, más que otro cobarde con mil y un arrepentimientos? ¿Quién soy yo, más que otro débil sin razón para ser, sin razón para vivir? Fantasmas del pasado me persiguen por todos lados; llevan los nombres de quienes amé y a quienes fallé, y sus recuerdos no se alejan de mí en ningún instante. No vivo como un hombre: existo como un recipiente vacío y mi cuerpo no es más que un instrumento para la mezcla caótica de mi odio del pasado, el miedo del presente y el deseo del futuro.

¿Quién soy yo para juzgar a otro si yo mismo camino imperfecto? ¿Quién soy yo para protestar por los errores de otro si vivo sentado en un trono de pecados? Me balanceo entre la llama ardiente de mi soberbia y el abismo eterno de mi culpa, angustiado por en qué infierno de mi ser terminaré cayendo. Un hemisferio de mi alma quiere vengarse del mundo y verlo arder; el otro lado de mi espíritu quiere arrodillarse ante él y pedir disculpas. Me digo que es demasiado fácil anclarse al odio y culpar al resto del mundo por las injusticias de mi vida que yo mismo no fui capaz de prevenir. Es demasiado fácil rogar que termine mi dolor cuando yo mismo soy quien lo alimenta. No me miento: también insisto en tomar el poder del perdón, dar el cariño que cualquiera puede necesitar y ofrecer la oportunidad de redención a aquellos que la buscan. El ser humano está lleno de errores, pero también posee el don de aprender. Sin embargo, paradójicamente, el amor que doy al mundo no lo considero para mí mismo. A veces lo anhelo; otras veces pienso que no lo merezco. Entonces sigo perdido, haciéndome las mismas preguntas: ¿Acaso soy digno? ¿Acaso soy digno de ser? ¿De vivir?

Mi alma vagará por la eternidad… y, en el fin de los tiempos,  podré ver si el bien que habré intentado hacer pudo redimir todo el mal que habré cometido. Entonces, finalmente, sabré si alcanzaré la paz que siempre he deseado… o si caeré en las eternas llamas del inframundo.

 

Flor de invierno [Lucía de Brito]

Una flor capaz de resistir al invierno

es un milagro,

es digna de fotografías y halagos.

No hay amor superior

al que se encuentra después del dolor,

pues no hay sentido más puro

que dos miradas que se cruzan

y nunca bifurcan su camino.

 

Solo pediría un desvío al destino

si supiese con certeza que, al saltar al vacío,

tus brazos impedirían que mi amor

rozase el olvido,

aunque hubiese destrozado tu mundo,

el mundo, a mi paso.

 

Fui la fuerza de un tornado

que nos arrastró hacia dentro,

pero nos hemos encontrado;

he unido uno a uno nuestros hilos,

nos he cosido en un abrazo.

 

He vivido al borde del abismo,

gritando en silencio;

dejé que me robasen el sueño

y me arrebatasen el talento,

pero nadie sabía usarlo.

Solo yo puedo pintar un cuadro

con las manos;

son mis manos y es mi cuadro.

 

En una habitación de fondo oscuro

me desangré queriendo,

manché el suelo y se escribieron cuadernos.

El amor dejó de vestirme de negro y

fue un milagro de invierno,

porque sigo floreciendo.

22/10/25

Salir de la cama [Élian Mendoza]

 No recuerdo abrir los ojos, pero te veo dormido. Tu frente contra mi clavícula, porque no me encanta que te acerques a mi pecho, pero no me miras. Me invaden el rostro las fibras de corteza que hacen tu pelo, que crujen por la vejez, que tiñen el aire que respiro. Y cuando las aparto, parecen querer ahogarme de nuevo. Se me acaba el aire, que huele a uso, pero no vas a girarte. Los huesos que empujan con pesar mi piel parecen gritarme que me gire, pero mi cuerpo no se mueve. Estoy soñando. 

     Estoy despierto, pero mis ojos no quieren ver más. Me giro con la lentitud del que arrastra grilletes consigo y mi cabeza me daña con la vigilia que tira de ella para despertarla. Y el sueño la mantiene presa. Sé que estoy despierto, pero no puedo dejar de dormir.

     No recuerdo abrir los ojos, pero te veo a ti. Y tú me miras a mí para besarme. No serias capaz de hablar conmigo mirándome. Me besas arrastrando de mis entrañas todas las ganas que tenía de estar contigo. Supongo que tenías hambre. Quiero apartarme, pero mi cuerpo no se mueve. Estoy soñando.

     Estoy despierto y mi cuerpo se gira, incómodo con la situación, pero mis párpados mantienen los secretos de los sueños. Siento que no pertenezco a la dimensión a la que quiero cruzar y la que vengo vuelve a arrastrarme hacia dentro.

     No recuerdo haberme despertado, pero me das la espalda. Absorta en tu pantalla, hablas conmigo de todo ese brillo que no me pertenece. Miro la mano que flota en el aire; está llena de sangre: no parece importarte. La habitación está sostenida por el crujir de los años, dos años, dos mil años. Te chupas la mano con asco. ¿Sabes que puedes ir a limpiarte? Me pesa tu cuerpo en el mío como la falta de libertad, pero eso no lo siento, eso solo lo sé. Estoy soñando. 

     No despierto, pero tu mano está entre mis piernas y das puñaladas que salpican de sangre. La piel baja tanto que se abre y del rosa pasa al rojo del dolor. Nunca pensé que cedería. No puedo salir de la cama. Estoy soñando.

     Estoy despierto y mil agujas van a clavarse en cada nacimiento de cada uno de mis cabellos, pero mis ojos se abren. Me llevo una mano a la cabeza y me siento en mi cama, tragándome la oscuridad de la noche que por fin veo. Abro los ojos y bien lo recuerdo, y tú no estás. Estoy despierto. 

Testaván [Élian Mendoza]

 Tras cruzar a buena hora en autobús el tramo de la universidad al intercambiador, se forma una ya predecible tensión detrás de mi oreja. Me despido de mis compañeros y cruzo por los enigmáticos pasillos hasta atravesar por la zona del metro. Y de la línea 3 a la línea 5, donde ya no queda sitio para que me pueda sentar. Me encojo sobre mí y la piel de mi espalda me engaña, haciéndome sentir que cederá y se abrirá, de lo reseca que está, ante cualquier estiramiento. Mi cara hace lo mismo y me remuevo dentro de mi cuerpo pensando que debí haber vuelto a casa cuando pude. Una araña trepa por mi nuca y me giro ante el escalofrío con brusquedad automática. Sufro encerrado en mi piel y mis deberes durante una recta infinita, hasta obligarme a bajar y a caminar. Y todo el mundo por el que paso parece ajeno a lo que está pasando.

Me pongo a hacer fila y las placas tectónicas que son mis huesos hacen aflorar con sus choques el miedo. Se arrastra por mi cuerpo y araña mis adentros tratando de rasgarme y salir, pero permanezco en fila con la cabeza gacha mientras nos procesan a todos los enfermos. Explico lo mejor que puedo a la persona más desagradable que he conocido en mi vida y finalmente le arranco un trozo de papel con tres caracteres. Subo tortuosamente las escaleras con el peso de mis estudios a mi espalda y dejo que todo caiga sobre un plástico. Soy dos letras y un número. Solo soy eso.

Patadas a mi vejiga y acercar mis piernas para delimitarme no son suficiente para apaciguar al monstruo que vive en mi estómago. Patadas en mi tripa y salpicar con lágrimas y temblores mis venas, que sostienen un papel. Uno, dos, cinco, diez, veinte, treinta. No he comido, no he dormido ni puedo ir al baño porque si me muevo de aquí, podrían llamarme. Todos nos miramos sin saber qué hacer hasta que lo más horrible que he conocido cruza, aterrándonos, el pasillo para encerrarse en su guarida. Después de tanta espera parece que cada uno que se sienta ahí tuviera una complicidad de cansancio. Gotas de paciencia llenan el barreño de crispación y gruñir o gritar ya no sería suficiente. Uno, dos y tres se arrastran detrás de la puerta hasta que al final me llama alguien y yo arrastro por la sala mi saco de pesos hasta la silla siguiente. Cruzo la puerta y la peor de las brujas me mira antes de perder mis ojos, que se centran en encerrar mi castigo. Y tomo asiento volviendo a encogerme y delimitarme por lo reducido que quisiera ser mi cuerpo.

—Ya me dirás qué quieres —me lanza con rabia— porque te he dicho que te cambies de farmacia.

 —He visitado todas las de alrededor, hasta que una chica me dio este papel.

Le tiendo un papel con la última dispensación y ella tira de mi mano. Me agarra y me rasga la piel, clavándose en mi mano para hacerme volar por su ordenador hasta que mi cuerpo se tiende por el escritorio. No soy más que una chaqueta abandonada y olvidada en un viejo perchero. Tira de mi piel como de una sábana que no acaba de cubrir y mi brazo se tatúa de rojo hasta el hombro. Tira de mi mano y me la quita. Y conforme la pierdo, la gana ella, apoyándola en su boca para despiezarla de un bocado. Es tan grotesca esta manera de perder la vida que mi cuerpo se deshace en lágrimas: es un río que huye del escritorio y fluye fuera de la sala. Mi piel no es más que un chicle que me desnuda cuando ella tira y ensucia mi río con un mar de sangre. Y no puedo sacudirme ni moverme mientras soy devorado, solo salir de mi piel río abajo hasta volver a mi casa. Quise temblar, llorar y gritarle que no había farmacia que pudiera dispensármelo antes de octubre, pero no hay nadie tan alejado de entenderlo como ella. Tendré que cortocircuitar delante de ella para que entienda que necesito que esa medicina se me recete en el momento en que la necesito, que no es algo con lo que yo pueda jugar.

—Pero me he cambiado de farmacia. Vengo de la de debajo de la calle.

Ya no tengo ni soy un turno, ya no espero, solo me cuelo.

—Pues otra vez.

—¿Y si nadie me lo coge en ninguna farmacia del territorio español?

—Pues te lo tienen que dar, con el papelito que te di te lo tienen que dar.

—Pero la farmacéutica me ha dicho que ese papel…

—Que te lo tienen que dar. Cambia de farmacia —cierra, interrumpiéndome.

Y yo también cierro. Yo cierro su puerta y la dejo seguir con su consulta.

Queriendo gritar, temblar, llorar, llamo a mi madre diciendo que tendrá que pagar los 45€ que cuesta sin receta. Y salgo a coger línea 5 y después la 3.