6/10/25

Entre los cobardes [Antonio Lissot]

Eran las siete de la tarde en un día nublado de otoño. El barrio madrileño de Chamartín estaba tan ruidoso como uno se podría imaginar, con las cornetas atormentantes de los coches convirtiéndose en la orquesta caótica que resonaba por las calles. Mientras tanto, en un apartamento que dejaba mucho que desear, estaba una familia viendo la televisión como monos lobotomizados con la mirada perdida en el vacío y la boca entreabierta, tragándose cada imagen sin masticar. Pero, de repente, hubo algo que hizo que sus neuronas se levantaran de sus sillas de ruedas.

Las noticias del día incluían una historia desgarradora sobre un accidente que ocurrió en una autopista de Madrid. Se trataba de un hombre de veintidós años que saltó en medio de la carretera sumergida en el tráfico para atrapar a su gato recién nacido y fue aplastado no por uno ni por dos, ni por tres, sino por veinticinco vehículos antes de que uno al fin se detuviera para llamar a la ambulancia.

—¡Menudo imbécil, ese tío! —dijo el padre miserable, que desde sus días de gloria en secundaria no había visto la luz de la felicidad, ya que lo tapaba el tamaño mórbido de su estómago lleno de fracaso.

—No seas tan cruel, Javier. Fue un accidente —respondió la madre, doña Tragedias, consciente de que desde su boda, el único placer que había sentido en la cama había sido la ausencia de su marido.

—¡Pero es que no me puede importar menos! ¡Se murió por idiota! —exclamó el papá con la empatía de un psicópata.

—Bueno —suspiró la madre, queriendo calmar a su esposo—, pero entiendo a los que no se detuvieron. Yo tampoco lo hubiera hecho.

Afortunadamente, el hijo, que tuvo la suerte de evadir los obstáculos genéticos e intelectuales de sus progenitores, tuvo algo que decir:

—¿Pero qué cojones os pasa? ¿Acaso estamos viendo la misma noticia? ¿De verdad tenéis el descaro de tratarlo como a un simple reductor de velocidad y no como a una persona que acaban de matar?

El padre sintió que su autoridad estaba siendo amenazada por preguntas inteligentes y entonces le contestó bruscamente:

—¿Te me calmas, eh? Te haces el correcto, el caballero blanco, pero no sabes qué es la vida de verdad. Más vale traidor vivo que héroe muerto. ¡En el mundo que vives o comes o te comen, joder!

—¿Pero qué dices? ¡Estamos hablando de un pobre hombre que quería salvar a su gato de ser aplastado por cientos de coches! ¡Eso no es ser débil, eso es ser humano! Y explícame por qué tuvieron que pasar veinticinco coches para que UNO se diera cuenta de lo que estaba pasando y frenara.

—¡Cálmate, Juan! —suplicó la madre de un dedo de frente—. Por muy ser humano que fuera él, la gente no se podía detener. Había trabajo y fue muy egoísta atascar la autovía de esa manera por parte del que se detuvo. Fastidió a todo el mundo atascado en el tráfico.

Por lo que parecía, el hijo no solamente tenía que enfrentarse a dos individuos con el cociente intelectual de una piedra, sino también al hecho trágico de que compartía el ADN con aquellos dos neandertales emocionales. Intentando no perder la cabeza por ellos, Juan respiró profundamente y les respondió:

—Si tanto sabéis de la vida, pues decidme: ¿qué hubierais hecho vosotros si hubiese estado mi hermana en aquella autopista? ¿Vosotros la habríais aplastado sin pensarlo dos veces?

—Tu hermana no se hubiera lanzado de esa manera tan estúpida —dijo la madre, ignorando completamente el punto de lo que se dijo.

—¡Ese no es el punto, joder! ¿Y si se hubiera lanzado para salvarte a ti?

Afortunadamente, ahí los padres sí pudieron bendecir a la sala con la ausencia de sus palabras.

—Claro, ahí es diferente porque sí os afecta a vosotros. Y otra pregunta más: ¿y si vosotros no hubierais estado ahí en esa autopista, qué hubierais querido que hicieran los vehículos después de haber aplastado a mi hermana? ¿Detenerse? ¿Llamar a la ambulancia? Eso no se puede hacer, porque aquí o comes o te comen y hay trabajo. Entonces no podemos causar problemas en la autovía. ¿Verdad?

El padre quiso responder por naturaleza, ya que no podía concebir el concepto de pensar antes de hablar, pero debió haber sido alguna fuerza sobrenatural la que no dejó que sus palabras salieran de su boca.

—Es demasiado fácil ser un cobarde —afirmó el hijo—. Es demasiado fácil vivir en una fantasía idílica en dónde nosotros somos los únicos que valen algo en esta vida, ignorando al resto que intentan vivirla también. ¿Cuántos males tienen que ocurrir para que nosotros hagamos el bien? ¿Otros veinticinco coches?

Por una vez en sus vidas mediocres, los padres pudieron procesar el concepto de la empatía, por muy descabellado que sonara en sus cabezas vacías. En su muy necesario silencio, estaban divididos entre defender sus egos frágiles o darle la razón a su hijo.

—Es más difícil pensar en el otro, mirar hacia más allá de uno mismo. ¡Pero ahí es en donde se encuentra la virtud, joder! —continuó Juan sabiendo que estaba educando a sus parientes autómatas—. No hay que esperar que el mal nos afecte a nosotros para poder actuar y hacer lo correcto. Entonces sí, papá, yo sí llamaría a la ambulancia apenas pudiera y sí, mamá, yo causaría problemas en la autovía si se tratara de salvar a alguien. Pero si vosotros os queréis empeñar en ser nada más que narcisistas, no lloréis por ser víctimas de otros. ¡Malditos desgraciados...! —terminó Juan mientras se iba de la sala, sin creerse que de dos miopes mentales pudiera salir un hijo con sentido común.

El padre, finalmente admitiendo la derrota, le dijo en voz baja a su mujer:

—¡Cómo habla este chaval…! Agresivo, pero le entiendo.

—Nunca te había visto reconocer que alguien que no fueras tú tuviera razón —respondió la madre asombrada, aunque estaba más sorprendida por el hecho de haber terminado casada con un culto a la personalidad sin culto.

El ególatra se dirigió a su terraza y, por una vez en su vida, en vez de mirar su reflejo, miró el cielo con otros ojos. Con su orgullo, derrumbándose, sólo pudo pensar en silencio y se dijo a él mismo:

«Quizás… sí soy un cobarde».

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