Cada sentimiento es una palabra, cada momento una frase, cada cierto tiempo es un capítulo y, en algunas ocasiones, el peso de la historia parece demasiado para continuar.
Cuando despertó, apenas podía moverse bajo el volumen del abrigo que lo tapaba. La noche anterior había quedado sepultado bajo todas esas gruesas capas de lona hasta que, sin darse cuenta, se sumergió en un profundo sueño. Aunque no fuera por voluntad propia, acabó poniéndose en pie y, resoplando, se encaminó hacia la escuela.
Como cada día, se refugió bajo el abrigo de lona, uno cualquiera, ya que, al final, todos suelen portar uno parecido. Este era largo para protegerlo del frío, aunque en algunas ocasiones dificultaba el andar. Tenía muchos bolsillos: unos vacíos, otros a rebosar. A veces se vaciaba pero siempre permanecía algo dentro.
Caminaba despacio para no tambalearse, a la vez que se ocultaba bajo la tela. Aún no era la hora de entrar a clase, por lo que los pasillos estaban repletos de gritos y charlas que llenaban esos momentos utilizando hasta el último segundo previo al timbre que los llevaría de vuelta a la lección.
A medida que avanzaba, el abrigo iba adquiriendo más y más peso. Conversaciones de las que nunca sería partícipe, risas ajenas o simplemente muestras de afecto que nunca recibiría en aquel lugar. Como si cada una de estas añadiera una capa más de lona sobre su espalda. En muchas ocasiones, el frío se colaba entre los hilos que constituían el abrigo, pero en el interior se sentía un calor estancado, como una memoria que nunca se apagaba del todo.
Muchos se dieron cuenta de su presencia, otros no, pero siguió caminando. Llegó y se acercó a unos compañeros que, si bien no iban a contar con él más adelante para sus planes, tampoco iban a despacharlo de su lado. Como de costumbre hablaban de un plan o situación de la que él poco entendía, aunque de vez en cuando asentía para dar cuenta de su presencia.
No era suficiente, sabía que no lo era; no obstante, su cuerpo le impedía dar más. Sentía que no era el lugar idóneo para hacerlo, ese sitio que después de tanto parecía tan lejos.
Apenas quedaba tiempo allí, un curso y todo acabaría: iría a la universidad y sería distinto…o no. Le aterraba la idea de que no fuera como lo esperaba, le aterrorizaba la idea de reunir las ganas para volver intentarlo y descubrir que, después de todo, nunca había sido suficiente.
Todos estos pensamientos se arremolinaron en uno de los bolsillos. Se lo había sacado de la cabeza un rato, pero el abrigo seguía pesando.
Volvió la mente al lugar físico de la conversación. Ahora discutían sobre el destino de la tercera parada que harían en el Inter rail de final de curso. Mencionaron un grupo de Whatsapp: «El grupo de Whatsapp», pensó. Ese mismo dato se acurrucó en otro de los bolsillos aportando un ligero gramaje más al peso de este.
Supongo que a estas alturas habréis comprendido el funcionamiento del abrigo, lleno de historias y recuerdos que llenan cada bolsillo, algunos más significativos que otros, pero que, entre todos, forman un conjunto.
Todos tenemos un pasado y presente, cada segundo que transcurre, un futuro.
«Ya pasará», solían decirle, aunque él mismo había descubierto que el tiempo no aligera el peso de los recuerdos, sino que tan solo los oculta bajo capas de silencio y de las que tan solo queda encontrar ese ápice de esperanza que reúna la fuerza para que, aun sin hacerlas desaparecer, se aligeren para permitirnos seguir adelante.
Y como cada día, se colocó el abrigo intentando que su peso no le venciera. Llegó la noche y, solo cuando cerraba los ojos, pudo olvidarse de él un rato. Así día tras día, hasta que aprendiera a convivir en su misma realidad.
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