Hay cosas que, desde bien pequeña y desde bien adulta —a veces creo que las dos cosas son lo mismo—, nunca me han gustado: dormir con calcetines, el ColaCao frío y con grumos, las personas que dicen ser tan auténticas como el último bolso de moda comprado en un mercadillo de barrio, el calor pegajoso —ese incapaz de despegarse de la piel—, los pasillos blancos e inmaculados de los hospitales, los rotuladores sin tinta, los besos y abrazos «por cortesía», las conversaciones de ascensor —y en el ascensor— y las verdades disfrazadas de mentiras.
Pero hay algo que estoy empezando a descubrir que no me gusta, peor —que odio—: dejar de ser para pasar a ser.
Cuando el olor de verano ya no deja una estela que parece inundarlo todo a su paso; cuando el presente —el aquí y ahora— se convierte en ayer, en recuerdo; cuando pronuncias mi nombre bajito y la risa desaparece, el amor muere y solo queda un sonoro eco que me pide que me quede; cuando los espejos dejan de ser confidentes y pasan a ser testigos silenciosos de lo nunca dicho; cuando la sonrisa deja de nacer en el corazón y empieza a temblarme en las comisuras de los labios.
Hay días en los que también vuelvo a lo ridículo e inverosímil: me descubro intentando volver al pasado. Camino dando saltitos por los pasillos de casa; como piruletas de fresa; hago cosas tan poco productivas e inútiles como satisfactorias: tumbarme boca abajo en el sofá hasta que la sangre me llega a la cabeza y jugar a imaginar que la vida está al revés.
Pero el tiempo… el tiempo siempre sigue corriendo.
Y es entonces cuando vuelvo a lo que sí: los días nublados en los que sale el sol, caminar descalza, las canciones que saben a domingo, los besos y abrazos porque sí, correr con el viento agitándome el pelo, las personas en el momento y el lugar equivocados, los paseos al atardecer con las luces centelleando a lo lejos y las miradas —como la tuya— hechas poesía.
Vuelvo a mí, aunque a veces no sepa del todo quién soy.
A esa versión que se tropieza, que siente demasiado, que lleva tatuada en la piel la palabra ‘quizás’, que sigue creyendo —por absurdo que parezca— que todavía hay cosas que no se apagan, que permanecen anidadas dentro, muy dentro.
Puede que, después de todo, eso también sea crecer: aprender a quedarse incluso cuando todo invita a irse.
Muy bonito, Inés. Me han encantado el comienzo, el ritmo, el tono íntimo...todo.
ResponderEliminarDivertido y ágil, Jesús, el que más me ha gustado.
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