Como cada día, vuelvo a casa, pero no es lo mismo.
Me siento en mi lugar correspondiente en la mesa del comedor, pero mis pies ya no cuelgan balanceándose sobre el parqué. Hay una fotografía en la pared. Intento no mirarla mucho porque, aunque sé perfectamente a quién le pertenece el rostro que aparece, ya no conozco a esa persona. Y no creo que ella pudiera reconocerme a mí.
Empieza la misma conversación de cada tarde, esas que llenan el espacio pero no llegan a profundizar. La persona capturada en la fotografía sigue con la vista clavada en mí Terminamos y me levanto.
Es tarde y, como de costumbre, permanezco con la vista fija en el techo, una vez recostada en mi dormitorio.
«Podría haber hecho las cosas de otra manera», imagino. «Está hecho», me repito. «Ya, pero… ¿qué hubiera pasado?», intento recordar, intento rememorar todo en el mejor de los sentidos, pero lo que en su momento fue el pleno auge de una felicidad infantil, inocente, desconocedora del mundo, es ahora una punzada interior que me remueve por dentro.
Todos crecemos, es inevitable. Dejamos atrás partes nuestras que en su día fueron imprescindibles en nuestra cotidianidad. Creo que he dejado demasiado y perdido otro tanto en el camino, estando a un par de pasos de volverme un desconocido en mi propia vida.
«Te echo de menos». Me cruzo con ese pensamiento momentáneamente. Pero no, no me echo de menos a mí. Echo en falta el recuerdo de lo que un día fui: la despreocupación por una vida que se presenta llena de incertidumbre, en un momento de desconexión con uno mismo.
Tal vez fue aquella vez en que quise gritar con todas mis fuerzas «¡No!», mientras decía que sí con la cabeza agachada y la boca pequeña. O cuando me callé temiendo que el mundo me escuchara de verdad. Quizás fue en ese momento, cuando no supe pronunciarme, cuando mis pensamientos empezaron a enredarse en mi interior.
Y la vida sigue.
Duermo. Mañana despertaré y se repetirá el ciclo. «No te preocupes, ya vendrá algo mejor». Sigo esperando.
Nunca acaba. La mayor parte del tiempo ahí está: como mi sombra, de la que no puedo desprenderme.
«Algún día», pienso. Pero hace tiempo que me cansé de esperar un desenlace que no llega. Porque pienso, pienso mucho e intensamente. Tal vez porque no me vale, no me es suficiente. Los pensamientos, los recuerdos, las explicaciones a lo no fue y nunca será. A lo que fui y con los años dejé de ser.
Y no volveré a ser. Pero seré. De una forma u otra, porque somos los recuerdos vividos y el conocimiento ganado de ellos.
Seré. Y, en un mundo que muchas veces se sintió impropio, me daré voz. Todo lo que puedes ver ahora es mucho menos de lo que me queda por decirte.
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