Voy por la carretera con prisa. Tengo una reunión en menos de media hora y no llego. Subo la música para tranquilizarme mientras piso el acelerador. Entre la letra de la canción y su melodía oigo gritos en la calle. Este jaleo no hace más que estresarme. Ignoro por completo su causa y subo la música. Me empiezan a sudar las manos por el calor. Se me resbalan del volante, pero trato de aferrarme a él.
De repente, noto que paso por encima de algo. Todo mi coche da un salto, yo incluido.
«Menos mal que llevo el cinturón de seguridad puesto», pienso en voz alta.
Continúo por la carretera manteniendo el ritmo. Cada vez sudo más. El calor en Sao Paolo es infernal.
A los quince minutos me canso de la música y cambio mi playlist por mi emisora favorita.
—Noticia de última hora —dice el presentador captando mi atención—. Hoy en São Paulo un obrero ha sufrido un terrible accidente tras caerse de un andamio. Pese a morir instantáneamente por el impacto, las unidades de primeros auxilios no pudieron acceder al cuerpo antes de que este fuera arroyado por más de treinta vehículos.
—¡Menuda vergüenza! —afirmo para mí—. ¿Cómo es posible que haya gente tan sumergida en su mundo y en ellos mismos que sean capaces de pasar por encima de un cadáver?
—El suceso ha pasado hace unos escasos diecisiete minutos, en la transitada zona de Chácara Santo Antônio.
De pronto caigo. Desconecto la radio. El coche queda en silencio. Freno el vehículo. No sé qué pensar. Solo soy consciente de un sentimiento de culpa que me arroya.
En medio de esta gran nada en mi mente, noto mi cuerpo y mi coche ser aplastados por otro vehículo. Otro conductor con cosas más importantes en mente que mi vida.
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