—¡Hola! ¿Podría ponerme un ramo de tulipanes? —pregunto en cuanto llego a la floristería. ¡Mierda! ¡No lo he pedido por favor!—. ¿Por favor? —añado tímidamente. Antes de que juzguéis mi mala educación considerad, por favor, que hoy me pilláis con prisas. Y es que este es el último día que veo a mi novia. Durante tres meses, al menos. Le quedan unos escasos veintisiete minutos en esta ciudad.
—¿De qué color quiere los tulipanes?
—Rosas y naranjas, por favor.
Ahora sí he recordado mis modales. Lo sé, lo sé. Os estaréis preguntando por qué he decidido esperar hasta el último momento para comprar estas flores. Estas flores que, durante los próximos tres meses, serán lo más cercano que Sofía tendrá de mí. Estas flores, que olerá una y otra vez. Estas flores, a las que irá cambiando el agua, manteniéndolas sanas. Estas flores, que no son meras plantas, sino que contienen una vida más allá de la suya propia. Estas flores, que se convierten en un símbolo de nuestra relación. De nuestro amor.
—Serían trece euros con noventa y nueve céntimos.
—Tome. Quédese el cambio —le contesto mientras salgo de la tienda. No os penséis que esto es un acto bondadoso ni nada por el estilo. Simplemente, no tengo tiempo para monedillas que se queden acumuladas al fondo de mi cartera.
Miro el reloj del móvil. Quedan veintiún minutos para el tren de Sofía. Chequeo la app de buses, pero al abrirla pasa uno a mi lado. Mis ojos se entrecierran tratando de leer el número de línea del autobús. Antes de procesar bien la información, noto mis piernas listas para correr. Una vez compruebo que, efectivamente, se trataba de mi bus, salgo escopetado. Me muevo más rápido que nunca, como si mis piernas supieran que la parada está a unos cuatro minutos. Mientras tanto, intento cuidar el ramo lo más que puedo.
En cuanto diviso la parada observo a la gente en ella subiéndose a mi bus. Meto un sprint, esforzándome lo más que puedo. Sin embargo, no es suficiente, yéndose el bus en mi cara.
Diecinueve minutos. Leo la pantalla de la parada. «Trece minutos». Ni de coña.
Trato de no perder la esperanza mientras elaboro un nuevo plan. Me acerco a la acera y alzo la mano pidiendo un taxi. Claro, que cada taxi que aparece está ocupado.
Quince minutos. Acabo de perder cuatro minutos en nada. Es entonces cuando noto que alguien me golpea en la espalda.
—Perdona, veo que no llegas a algún lado. Voy a coger una bici para pasear por la ciudad. Si me dices a dónde vas, podría llevarte.
¡Aleluya! Un ángel caído del cielo.
—Tío, no sabes cuánto te lo agradecería. Tengo menos de quince minutos para llegar a Atocha.
—Anda, sube.
Mientras me encuentro pegado a este desconocido, no puedo evitar contagiarme de cierta melancolía. Empiezo a notar lágrimas cayendo por mis mejillas al plantearme que puede que no vea más a mi novia durante un tiempo si no llego a tiempo a la estación. Que puede que no haya ningún adiós. Lo cierto es que podría haber recogido las flores antes, pero no quise. No quise admitir que no la veré en los siguientes tres meses, tres meses en los que nuestra relación irremediablemente cambiará. ¿Seguirá queriéndome? ¿Encontrará a algún otro chico que le parezca más interesante? Supongo que retrasar esta «tarea» era una forma estúpida de no asimilar la realidad. Pero esta realidad me va a golpear en la cara. Lo presiento. Nueve minutos.
—Atocha. Aquí te dejo. ¡Mucha suerte con lo que sea que tengas ahora!
—¡Gracias! De verdad.
Salgo lo más rápido posible. Después de haberme encerrado en mi mente durante el rápido trayecto en bici, recupero percepción total sobre mi cuerpo. Mis pies, que se mueven a la velocidad de un rayo. Mis piernas, que tratan de seguirle el ritmo. Mis manos, sudorosas y… ¿vacías? No me lo puedo creer. En algún punto del viaje he dejado caer los tulipanes. La he cagado, pero bien.
Trato de recomponerme mentalmente y no dejar que mi despiste me distraiga. Me quedan seis minutos. Seis minutos con Sofía.
Al llegar al andén distingo su silueta. Se encuentra sola, con la única compañía de sus maletas. Con tan solo verla puedo notar las comisuras de mi boca deslizarse hacia arriba, formando la más pura de las sonrisas. ¡Qué pena pensar en todo el tiempo que estaré sin sentirlo otra vez! Pensar en si podré sentirlo de nuevo.
Me lanzo hacia ella y la rodeo con mis brazos.
—¡Julio! ¡Pensé que nunca llegarías!
—¡Y yo! —respondo, mientras mis ojos se entumecen de nuevo—. Quería… quería sorprendente con un… un regalo… unos tulipanes que… que te recordaran a mí. Algo con lo que me tuvieras presente… —intento decir mientras lloro desconsoladamente—. ¡Pero soy un idiota y lo he echado a perder!
—Amor… —dice Sofía con un tono cariñoso mientras me coge las manos para tranquilizarme—. ¡No necesito ningún regalo!
—Lo sé, pero… Solo quería asegurarme de que… de que no te olvidaras de mí.
Sofía me mira directamente a los ojos con ternura.
—No necesito regalos. ¿Sabes por qué? Porque ya te llevo conmigo. Siempre —dice tranquilamente, mientras coloca una de mis manos sobre su corazón—. Aquí.
En ese momento me llega una sensación de paz. Todas esas dudas que inundaban mi mente comienzan a disiparse. Respiro. Nos abrazamos en silencio, asimilando la situación. Pero esta vez estoy tranquilo, apaciguado.
Me despido de ella con una mano en el corazón, sonriendo. Sé que la volveré a ver.
No hay comentarios:
Publicar un comentario