Dos palabras. Un «lo siento» que se niega a escapar de mis labios.
Siento las miradas afiladas de todos ellos, de los cuatro, clavadas en mí —la mía también—.
La palabra ‘culpable’ parece escrita en ellos con luces de neón: brillante, con un resplandor que nunca imaginé que podría llegar a detestar tanto como en este momento. Pero lo hago. Lo odio.
Las nubes, en la superficie, se desataron apenas un par de días; pero la tormenta, la que está en las profundidades, lleva gestándose años. Años que dos palabras —‘lo siento’— no pueden borrar de un plumazo.
A veces me gusta fantasear con la idea de poder escribir una historia real —la historia de mi vida— y moldearla a mi gusto: decidir los personajes, los escenarios, la trama... y borrar, borrar todas esas partes que enmarañan y ensucian una historia en la que no cabe otra cosa que los finales felices. ¡Ojalá pudiera hacerlo!
Respiro con fuerza al tiempo que barajo mis opciones. Y lo sé: sé que la opción más sencilla es la que me ofrecen esas cuatro miradas; bajar la cabeza, dejar que el orgullo se deslice por mi garganta y murmurar una disculpa tan falsa como verdadera.
Pero luego estoy yo: la chica que es incapaz de reconocerse en el espejo, la que confunde lágrimas de cristal con gotas de lluvia, cicatrices con dagas. Esa chica que es la misma que aúlla de dolor cada noche, odiándose una y otra vez por ser tan débil, por ser tan pequeñita, por ser tan frágil.
La otra opción —la que apenas me atrevo a contemplar— conlleva unas consecuencias que no sé si podré asumir.
La decisión está tomada.
Y, contra todo pronóstico, antes de dejar que las palabras resbalen de mis labios como si de miel amarga se tratase, esa voz que creía dormida habla. Me susurra bajito: «No lo hagas».
Espero otra vez, vacilante, a que llegue la confirmación de nuevo. No llega. Supongo que en la vida no existen segundas oportunidades, poder volver atrás, recuperar momentos perdidos. La voz es consciente, plenamente consciente, de que la he escuchado a la perfección.
—No voy a pedir perdón por esto —logro decir ante la incredulidad de todos los presentes.
Y es que pedir perdón por esto abarca demasiadas cosas: desde haberme convertido en esta chica llena de nudos y enredos hasta ser incapaz de hacer, como antaño, e ignorar el rastro rojizo que deja mi presencia a su paso.
Me marcho sin mediar palabra.
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