3/10/25

Una vela [Valeria A. Favieres]

         Se enciende una vela. Es lo único que ilumina la habitación mientras una mujer grita con desesperación. A su lado, un hombre le da la mano, susurrando palabras de aliento al oído, mientras la matrona dicta instrucciones con nervios de acero.

Llevan horas ahí. Pero es en ese momento cuando un llanto pequeño se hace escuchar. Un niño acaba de nacer. Y la llama arde con intensidad.

*

Una vela ilumina la mesa. Es de noche. Demasiado tarde como para que haya alguien levantado. Sus padres están durmiendo y no saben lo que su hijo hace en estos momentos.

Él se encuentra inclinado sobre una pila de libros y papeles, escribiendo a toda velocidad en un cuaderno poco cuidado. Es la tercera vez esta semana que se le olvida hacer una tarea y se levanta por la noche a completarla, temiendo el regaño de sus padres.

La vela lo acompaña. Es nueva y el fuego que produce es suficiente para ver con claridad todo lo que escribe. Todo lo que le rodea.

Esa noche termina la tarea a tiempo, pero sus padres se dan cuenta de lo cansado que parece.

*

Hay un campo de fútbol. Él se entrena, concentrado. Está empezando a anochecer y aun así no parece querer irse. Murmura para sí mismo.

—No quiero morir. —Sus palabras son un susurro, dicho para sí mismo.

Porque la muerte da miedo. El final es algo desconocido, tenebroso. Y él apenas ha cumplido la mayoría de edad, pero ya lo sabe. Sabe, en el fondo, que es inevitable.

*

Una vela ilumina la estancia. Ya es de noche, muy tarde. Está leyendo mensajes de fanes. Algunos, bonitos. Otros, no tanto.

Ha alcanzado fama de clase mundial. Pocas personas hay que no conozcan su nombre. ¿Es esto suficiente? Quizás lo sea; probablemente no.

 

El fuego de la vela baila. Es un objeto gastado, pero aún cumple su función. No tiene quejas. Le acompaña cuando más solo está y es, a la vez, su peor enemiga.

*

Los mensajes siguen llegando. Se ha retirado. Hace años que no pisa una cancha, pero su nombre aún está en boca de muchos.

Una vela descansa en el centro de la mesa de la cocina. Lo ilumina mientras come, porque se ha acostumbrado. Le gusta la luz tenue del fuego.

La vela se desgasta poco a poco. Es vieja, como él. Está en las últimas. Su fuego apenas le permite distinguir las figuras de lo que tiene enfrente.

Era su mayor miedo. Y, sin embargo, ahora mismo le daría la bienvenida si llegase. No es una enemiga. Es una compañera que lo ha visto desde su más temprana infancia y que ha estado con él en los peores momentos de su vida.

*

Hay una cama en la habitación. Todo se mantiene en silencio. Hay un hombre postrado en ella, respirando con dificultad.

Una mujer joven está sentada al lado, sujetando su mano. Llora en silencio, porque el sonido no tiene espacio en esta ocasión.

Hay un reloj roto, que marca una hora exacta. Llegará en apenas unos minutos. Inevitable, pero no cruel.

Y una vela se apaga.

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