10/10/25

Pompas de jabón [Inés Soledad]

Tenía cinco años la primera vez que le regalaron un pompero. Fue su madre, quien tras semanas de ahorro, lo vio frente a frente en el escaparate de una juguetería y, víctima de un impulso, decidió comprarlo. Pero mereció la pena: la cara de ilusión de su hija al verlo valía hasta el último céntimo de lo gastado.

Sin embargo, lo que en un primer momento fue un regalo repleto de inocencia y una alegría burbujeante cambió por completo. Sofía no podía parar de llorar cada vez que soplaba y alguna de las pompas de jabón estallaba. ¡Pum! Así, sin avisar. ¡Pum! ¡Pum!

Y entonces no hubo nadie capaz de hacerle comprender que, a veces, la vida se esfuma así: de golpe, como una pompa de jabón en mil pedazos.

Treinta años después, fija la vista en el espejo antes de resoplar y apartarse el flequillo de los ojos. Y es que Sofía es y no es la misma. Sigue siendo la misma niña que lloraba desconsoladamente ante el estallido inevitable de las pompas de jabón, las flores que se marchitan y el sol que, cada atardecer, desaparece en el horizonte.

Pero también hay cosas distintas en ella: ahora bebe café —de ese que en las franquicias venden por cinco euros y lleva tonterías varias: sabor a vainilla, virutas de chocolate y un chorrito de caramelo—, vive en una de las zonas más ricas de São Paulo y trata de renegar por completo de esas calles que una vez —casi en otra vida— la vieron crecer.

El reloj de muñeca parpadea y le recuerda lo que ya sabe: llega tarde al trabajo, otra vez. Agarra las llaves del coche y el bolso con prisa para bajar en el ascensor y se precipita a la carrera hacia el asiento del conductor de ese coche que logró comprarse después de ganar su primer sueldo. Gira la llave de contacto y conduce a toda prisa, desafiando el tráfico matutino de una ciudad como São Paulo, saltándose incluso varios semáforos. No le importa.

Y es en este mismo instante cuando aparece un ruido incesante, desafiando los pensamientos baladíes que, de una manera u otra, la preocupan: no le he enviado el informe a Daniel, tenía que haberle dicho a Marcela que hiciera la compra de esta semana, tengo que pedir cita en el centro médico para el jueves…

La cascada de pensamientos fluye cada vez más deprisa: voy a llegar tarde otra vez, ¡joder!; a ver si se dejan ya de tantas obras en el centro; no he descongelado los filetes de pollo para cenar esta noche; tengo que llevar el coche al taller, que las ruedas están empezando a fallar.

Este último pensamiento llega motivado por un ruido extraño en las ruedas delanteras. Sofía se asoma, vacilante, para comprobar qué es aquello que está impidiendo avanzar su coche con normalidad.

Y ahí está. Solo. Solo. Muy solo. Un obrero con el rostro y el cuerpo desfigurados. La sangre va dejando a su paso un rastro rojizo en la calzada, marcado por las huellas de los vehículos. El rastro de la vergüenza, de la ignorancia, del «mientras no me pase a mí, no es problema mío».

Mientras, decenas de vehículos avanzan, ajenos del todo, a la desgracia ocurrida apenas a unos metros.

¡Pum!

La burbuja acaba de estallar.

Algo en Sofía se rompe al contemplar esa imagen. Los pitidos del resto de los coches y los insultos de los conductores resuenan en sus oídos, pero es incapaz de reaccionar.

Y es entonces cuando recuerda las pompas de jabón. Treinta años es la edad que la separa inevitablemente del recuerdo. Treinta años intentando olvidarlo, olvidarse.

Ahora, frente a la muerte, frente al estallido de la pompa, de esa burbuja que se ha convertido en su cárcel, Sofía descubre la vida de la muerte.

Y su imagen no es otra que la de una niña con lágrimas inocentes en los ojos, impotente ante lo etéreo de la existencia.

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