12/10/25

El disfraz [Lucía de Brito]

         Sentada en la mesa de una cafetería con vistas a la calle, una joven da sorbos a un café que tiene a su lado, para evitar que su cabeza caiga sobre los miles de papeles que llenan su espacio. Lleva días sin dormir. La recorre por dentro la incertidumbre de no haber recibido respuesta a una carta que le escribió a su amiga de París. Hace años que no hablan. La distancia dejó sus destinos a la suerte. A continuación, se lanza a coger un lápiz, se encorva intentando esconder su cuerpo y se adentra en las palabras.

«¿Cómo dejé que pasara? ¿Cómo iba a saber que mostrarme tal y como soy iba a alejarte de mí con tanta fuerza? ¿No es quitarse la máscara el objetivo final?».

Mientras escribe estas reflexiones en un papel, desea con todas sus fuerzas recibir una carta en respuesta. Quizás algo simple, sin florituras ni sensaciones. O puede que algo sincero, con lo que torturarse por la noche, llena de culpabilidad.

«No es así como quiero acercarme. A veces me resulta inútil, sentarme frente a unas páginas en blanco y escribirte sin motivo. Otras, en cambio, creo que es lo más sincero que he hecho nunca. Me atormenta saber que cometí errores que afectaron a nuestra amistad».

La joven se agarra a la verdad y a su culpabilidad con firmeza. Desconoce lo que siente su amiga, pero desearía saberlo.

«Soy culpable y reconozco lo que hice. En un baile de disfraces te lo pasas bien mientras estás disfrazado, pero ¿qué pasa cuando te quitas el disfraz? ¿Es el disfraz algo momentáneo o se debe vivir con disfraz?».

La joven empezaba a encontrar sentido a todo lo que escribía en esa carta.

«Errores…pero ¿el error es haberme quitado el disfraz antes de tiempo o habérmelo quitado? ¿No es ese el objetivo?».

Al cabo de unos meses, el cartero llama a la puerta y le entrega un puñado de sobres y se retira sin decir nada. Uno es de París. Sabía que su amiga se terminaría pronunciando, el silencio hace a todo el mundo tanto inocente como culpable y ¿quién quiere ser culpable? Con los ojos puestos en el papel, acaricia su letra con cariño y siente el abrazo a kilómetros de distancia:

«Reconozco tus palabras porque también fueron mías. Sentí exactamente lo mismo desde el día en que las puertas de aquel colegio se cerraron para siempre. La culpabilidad desaparece. A veces tengo la sensación de que para vivir como te gustaría, debes ir a una fiesta a la que muchas veces no estás invitada. La única forma de entrar es aparentar ser alguien que no eres: ponerte un disfraz, crear un personaje, decir cosas que en jamás dirías y hacer cosas que seguramente nunca harías, y todo, por entrar en esa fiesta. Pero yo entré, me negué desde el principio a sentir el rechazo y buscar mi camino en otra dirección, por eso me dejé llevar por lo que hacían los demás. No todo el mundo tiene la seguridad de que vaya a gustar a los demás. Lo más cerca que he estado de pertenecer a esta gran fiesta es olvidándome de todo, incluso de ti. La gente se alejó de ti y yo hice lo mismo. No me arrepiento porque ahora soy todo lo que siempre he querido ser: alguien que puede controlar el dolor de los demás desde arriba. Ya no soy una pobre víctima del sistema. Estoy en el equipo de los que mandan».

Al leer la carta, las palabras de la francesa le erizaron la piel. No sabía en qué se había convertido aquella chica con la que había ido al colegio. ¿Eran suyas las palabras que salían de su boca o llevaba puesto el disfraz?

Con la carta en la mano, desconcertada, el sueño la obligó a sentarse; cerró los ojos y abrazando la carta pidió un deseo. Al despertar, no tenía ninguna carta y ni ápice de arrepentimiento.

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