Cada uno gestiona sus propias vivencias a su manera, aunque hay muchas ocasiones en las que te puedes perder.
Algunos juegan a imaginar su lugar feliz y eso parece ser que les funciona. Durante años he probado distintos métodos que me recomendaban a mi alrededor: meditación, ejercicio o incluso llegué a escribir un diario.
Digamos que nunca se me dio bien llevar mis propias emociones.
Tiendo a la reflexión y pienso, siempre acabo dándole mil vueltas a cualquier detalle. Aunque a veces estos sean mínimos, en ocasiones los pensamientos me superan y es ahí cuando me pierdo y acabo en el laberinto. Lo siguiente es el caos.
En el laberinto hace frío, la hierba no crece muy alta, pero el verde se pierde en el paisaje. Siento mil ojos puestos sobre mí, aunque estoy solo. Cuando entras en el laberinto siempre lo estás. Pasillos interminables y otros que no llevan a ningún lado más que a otra pared, caminos que se bifurcan dándome a elegir sin saber qué habrá al final y si allí se encuentra la salida; unos leves susurros, casi irreconocibles.
Estoy totalmente expuesto a mi propio juez: yo mismo. Y entonces comprendo que, como suelen decir, la verdadera batalla se libra en el campo de la mente. Ahora reina la vulnerabilidad ante la única persona capaz de verme como soy. Puede que incluso salgan a la luz las veces que el autoengaño me ha dominado. Y después está la confusión. Porque no entiendo por qué tengo que preocuparme siempre por todo, porque mi vida nunca ha destacado por ser ni exageradamente feliz ni fatalmente triste. Soy una persona normal cuya vida transcurre como la de uno más. «No puedo estar triste» pienso, no tengo razones concretas para estarlo pero aun así siento que algo me falta, aunque no puedo identificar el qué.
El laberinto parece no tener fin, aunque andar por él sea la única forma de encontrar una salida. Ando a un ritmo ni muy rápido ni demasiado lento: es más bien un paso nervioso. Y a cada curva llega una novedad en forma de recuerdo o pregunta recurrente en mi pensamiento. Recuerdo momentos de felicidad o éxito y me aterra la opción de no volverlos a sentir
Tal vez sea demasiado sensible. Supongo que el laberinto es una forma de evasión en la que encuentro un desahogo manteniendo conversaciones que nunca ya tendré, reescribiendo lo que ya pasó o imaginando cómo será el futuro que no me llegará.
Estas dudas se pegan a mí como una sombra, atada a mis zapatos, persiguiéndome hasta la eternidad, pero sin ser lo suficientemente lúcida para reconocerla bien. Me pregunto si hay algo de verdad o realidad en este laberinto o si tan solo está ocurriendo dentro de mi mente.
Camino y camino más; a medida que avanzo el recorrido se vuelve cada vez más confuso, como si el verdadero propósito del mismo no tuviera otra función que no fuera perderme. Me preocupa lo que pensarían mis conocidos y por conocer si supieran lo que realmente pasa por mi mente.
Y me siento solo. La soledad es peor cuando lo sientes sin estarlo, cuando no eres capaz de explicar a nadie lo que pasa por tu mente y solo te queda contar contigo mismo, pues hablas un idioma que nadie externo a tu propia mente puede descifrar… Tal vez tú tampoco lo hagas.
Un día empecé a entrar en el laberinto y ya nunca salí de allí. De alguna forma tendré que permanecer allí hasta encontrar lo que verdaderamente busco y que no es otra cosa que mi propia identidad.
De pronto, la posibilidad de huir parece imposible. Cada giro aquí es una revelación, una cara de mi propio ser a la que jamás había mirado directamente: un niño que busca aprobación, una ambición, la exigencia y la crítica, un optimista perdido, un soñador que lo está más aún. Y entiendo que no es cuestión de salir, pues sólo aquí puedo encontrar lo que tanto tiempo llevo buscando.
Sigo caminando y el laberinto sigue en constante cambio, como buen sabio que conoce el hecho de que aún me queda mucho por buscar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario