22/10/25

Testaván [Élian Mendoza]

 Tras cruzar a buena hora en autobús el tramo de la universidad al intercambiador, se forma una ya predecible tensión detrás de mi oreja. Me despido de mis compañeros y cruzo por los enigmáticos pasillos hasta atravesar por la zona del metro. Y de la línea 3 a la línea 5, donde ya no queda sitio para que me pueda sentar. Me encojo sobre mí y la piel de mi espalda me engaña, haciéndome sentir que cederá y se abrirá, de lo reseca que está, ante cualquier estiramiento. Mi cara hace lo mismo y me remuevo dentro de mi cuerpo pensando que debí haber vuelto a casa cuando pude. Una araña trepa por mi nuca y me giro ante el escalofrío con brusquedad automática. Sufro encerrado en mi piel y mis deberes durante una recta infinita, hasta obligarme a bajar y a caminar. Y todo el mundo por el que paso parece ajeno a lo que está pasando.

Me pongo a hacer fila y las placas tectónicas que son mis huesos hacen aflorar con sus choques el miedo. Se arrastra por mi cuerpo y araña mis adentros tratando de rasgarme y salir, pero permanezco en fila con la cabeza gacha mientras nos procesan a todos los enfermos. Explico lo mejor que puedo a la persona más desagradable que he conocido en mi vida y finalmente le arranco un trozo de papel con tres caracteres. Subo tortuosamente las escaleras con el peso de mis estudios a mi espalda y dejo que todo caiga sobre un plástico. Soy dos letras y un número. Solo soy eso.

Patadas a mi vejiga y acercar mis piernas para delimitarme no son suficiente para apaciguar al monstruo que vive en mi estómago. Patadas en mi tripa y salpicar con lágrimas y temblores mis venas, que sostienen un papel. Uno, dos, cinco, diez, veinte, treinta. No he comido, no he dormido ni puedo ir al baño porque si me muevo de aquí, podrían llamarme. Todos nos miramos sin saber qué hacer hasta que lo más horrible que he conocido cruza, aterrándonos, el pasillo para encerrarse en su guarida. Después de tanta espera parece que cada uno que se sienta ahí tuviera una complicidad de cansancio. Gotas de paciencia llenan el barreño de crispación y gruñir o gritar ya no sería suficiente. Uno, dos y tres se arrastran detrás de la puerta hasta que al final me llama alguien y yo arrastro por la sala mi saco de pesos hasta la silla siguiente. Cruzo la puerta y la peor de las brujas me mira antes de perder mis ojos, que se centran en encerrar mi castigo. Y tomo asiento volviendo a encogerme y delimitarme por lo reducido que quisiera ser mi cuerpo.

—Ya me dirás qué quieres —me lanza con rabia— porque te he dicho que te cambies de farmacia.

 —He visitado todas las de alrededor, hasta que una chica me dio este papel.

Le tiendo un papel con la última dispensación y ella tira de mi mano. Me agarra y me rasga la piel, clavándose en mi mano para hacerme volar por su ordenador hasta que mi cuerpo se tiende por el escritorio. No soy más que una chaqueta abandonada y olvidada en un viejo perchero. Tira de mi piel como de una sábana que no acaba de cubrir y mi brazo se tatúa de rojo hasta el hombro. Tira de mi mano y me la quita. Y conforme la pierdo, la gana ella, apoyándola en su boca para despiezarla de un bocado. Es tan grotesca esta manera de perder la vida que mi cuerpo se deshace en lágrimas: es un río que huye del escritorio y fluye fuera de la sala. Mi piel no es más que un chicle que me desnuda cuando ella tira y ensucia mi río con un mar de sangre. Y no puedo sacudirme ni moverme mientras soy devorado, solo salir de mi piel río abajo hasta volver a mi casa. Quise temblar, llorar y gritarle que no había farmacia que pudiera dispensármelo antes de octubre, pero no hay nadie tan alejado de entenderlo como ella. Tendré que cortocircuitar delante de ella para que entienda que necesito que esa medicina se me recete en el momento en que la necesito, que no es algo con lo que yo pueda jugar.

—Pero me he cambiado de farmacia. Vengo de la de debajo de la calle.

Ya no tengo ni soy un turno, ya no espero, solo me cuelo.

—Pues otra vez.

—¿Y si nadie me lo coge en ninguna farmacia del territorio español?

—Pues te lo tienen que dar, con el papelito que te di te lo tienen que dar.

—Pero la farmacéutica me ha dicho que ese papel…

—Que te lo tienen que dar. Cambia de farmacia —cierra, interrumpiéndome.

Y yo también cierro. Yo cierro su puerta y la dejo seguir con su consulta.

Queriendo gritar, temblar, llorar, llamo a mi madre diciendo que tendrá que pagar los 45€ que cuesta sin receta. Y salgo a coger línea 5 y después la 3.

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