24/10/25

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! [Pablo Burgos Muñoz]

¡Pum! Juan se desploma sobre el suelo. Todos en la mansión corren hacia el sonido del disparo. Al llegar al cuarto en cuestión, rodean el cuerpo. En sus rostros se dibuja una expresión de sorpresa, en cada cual mayor. Josefina, anfitriona de la fiesta, que estaba tomando lugar antes de ser interrumpida por la desdicha, decide sellar la mansión. No permite a nadie salir y llama de manera inmediata a Antonio.

Antonio es un detective que tiene cierta experiencia con Josefina y su familia. Ya había resuelto casos de corrupciones empresariales y de criadas que de vez en cuando robaban algún objeto de valor, pero nada de aquel calibre.

Una hora después, Antonio se presenta en la puerta principal de la mansión. Se para medio minuto para acabarse el cigarro que estaba fumando y, tras apagarlo, llama al timbre. Oye el taconeo de Josefina bajando las escaleras, quien, acto seguido, le abre la puerta y explica la situación.

—No encuentro explicación alguna para lo que acaba de pasar. Estoy de los nervios. ¡Un muerto en mi mansión!

—Bueno, tranquilícese. Usted ha hecho lo correcto llamándome y encerrando a todos los posibles sospechosos en la casa.

—Mansión.

—Mansión, perdóneme —se corrige Antonio de inmediato. El materialismo de Josefina no le pilla por sorpresa, puesto que ya ha tratado con ella y toda su familia. Tampoco lo hacen su extravagante maquillaje y arreglado vestido—. Puede que no me haya encontrado anteriormente con casos como este, pero gracias a su excelente labor —comentario que alimenta visiblemente al ego de la señora—, confío en que podré solucionar el caso.

—Yo también. ¡Si no, no le habría llamado!

Al llegar al cuarto en que está todos los invitados presentes, lo primero que llama la atención a Antonio es el olor a tabaco e Iqos que abundaba la sala. Examina a los sospechosos. Todos van vestidos con trajes y vestidos de época, evidenciando la temática de la reunión. Hay alrededor de veinte personas en la sala. Un número reducido, típico de la exclusividad de las fiestas de Josefina.

De repente, nota la silueta del muerto en la sala. Por un segundo, le sorprende que todos se quedaran en la misma habitación que un cadáver; sin embargo, decide no cuestionarlo.

—Este es el detective que os había mencionado. Un conocido de la familia, ¡todo un profesional en lo suyo!

Mientras Josefina introduce a Antonio, este se acerca al cuerpo. Observa una clara herida de bala en su pecho, lleno de sangre. También ve tereas desgastadas esparcidas por el suelo a escasos centímetros del muerto, manchadas de un fuerte pintalabios rojo.

—Señores, lamento decirles que entre ustedes se encuentra un asesino. Yo me voy a colocar en la habitación de al lado, a donde les haré pasar uno a uno para hacerles unas preguntas. Agradezco su colaboración.

A cada invitado Antonio le hace dos preguntas: ¿qué hacía antes de oír el disparo? y ¿quién ha levantado sus sospechas? Pese a ser simples preguntas, Antonio confia en que el alcohol en el organismo de sus sospechosos hará aflorar alguna que otra respuesta.

Algunas de las respuestas se las esperaba.

—Pues yo estaba en el salón, bailando —decía una.

—A mí me pilló en una business meeting con otro de los invitados. Me ha venido fatal que se muriera, la verdad —decía otro.

—Yo estaba intentando escabullirme de un incompetente que quería que salvara su compañía. ¡Que Dios me perdone!, pero que ese hombre se muriera me ha venido perfecto.

—Yo estaba reponiendo las copas de vino, señor. Me han contratado como camarero. Si supiera usted las cosas que he visto…

Otras, sin embargo, le pillaron por sorpresa.

—¡Pff…! Yo… Pues yo estaba con él, fíjate por dónde.

—¿Con quién?

—Pues con el muerto.

—¿Perdón? —dijo Antonio, incrédulo.

—Lo que oyes.

—Entonces, ¿me está diciendo que lo mató?

—Pero, ¿qué dices? ¡Qué va!

—Pero si dices que estuviste con él durante el disparo, eso significa que, o le mataste, o viste quién lo hizo.

—¡No! ¡Yo no estuve con él cuando le mataron! ¡Yo estaba en el baño con Soraya! Haciendo cosas de adultos, ¡je, je!

—Disculpe la pregunta, pero ¿está usted bien?

—¡Pues claro!—. De repente, suena algo metálico chocando contra el suelo—. ¡Ups! ¡Los caramelos de la tos! Que el fumar tanto a estas edades tiene consecuencias… —dice mientras se ríe y coge la caja.

“Caramelos, ¡claro que sí!”, pensó Antonio. Entonces notó que los labios del interrogado estaban levemente manchados de pintalabios rojo. “De Soraya”, concluyó rápidamente.

—Bueno, llame a Soraya y dígale que pase.

Soraya se presentó tranquilamente.

—Según Pedro, usted se encontraba con él durante el asesinato.

—¡Pero ese qué dice! ¡Si yo estaba bailando con Sonia y Malena!

—Entonces ¿no tuvo ninguna interacción de carácter sexual con él?

—¡Qué va! El señor lo intentó, pero le aparté. ¡Menudo fantasma!

—Entonces el pintalabios rojo en sus labios ¿cómo se explica?

—¿Y a mí qué me cuentas? Será de a la que haya engañado para que se líe con él.

Entre las declaraciones de Soraya y el claro efecto de las drogas bajo el que se veía Pedro, Antonio no tardó en poner sus sospechas sobre él. Un ricachón colocado hasta las cejas y descerebrado que actuó toda la noche según sus impulsos. El único lo suficientemente suelto como para matar a otro y dejar tereas sobre su cuerpo sin vida. Posiblemente, la víctima le habría recriminado su comportamiento o algo y por eso sacó una pistola, que habría traído para fardar y conquistar a alguna chica.  Una conclusión rápida, pero era lo máximo a lo que podía llegar con su poca experiencia en la materia, por lo que decidió comentárselo a Josefina. Esta ni se inmutó; simplemente se alegró de que la prensa no fuera a especular sobre si ella podría la asesina. Al fin y al cabo, el asesinato ocurrió en su mansión.

—Ahora toca lo más aburrido: comentárselo a las autoridades. Pero bueno, ¡muchas gracias por tu ayuda! —le dijo Josefina al detective mientras le acompañaba a la salida, después de encerrar al acusado en un cuarto.

Antonio se encontraba al otro lado de la puerta, listo para irse, cuando oyó algo caer contra el suelo de manera estridente. Y otro algo más. Y otro.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

A cada disparo correspondía el sonido de una persona desplomándose, muerta. Y a gritos.

“Supongo que me he equivocado” —pensó, mientras se encendía un cigarro e iba hacia su coche, listo para largarse tras dar por zanjado su trabajo.

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