8/10/25

Garganta árida [Élian Mendoza]

     —No.

     Su estómago se retiró a esconderse detrás de sus costillas. No le perturbaba que no le apeteciera a su pareja; le perturbaba que no le apeteciera a la boca que no sacia su sed. Un rechazo de esa misma boca era como su propia muerte.

     Cada vez que aceptaba, sediento, solo podía mojarse la boca. El otro, poco a poco, sorbería de su garganta toda el agua echada para secarla por completo. Por más que alzaba con temblorosa ansiedad la bota, ni estrujándola ni escurriéndola se atrevería ni una gota a caer garganta abajo. Preferiría morirse de sed con la boca seca antes que seguir sediento sin sentir haber bebido. La tripa, que se hinchaba de agua con cada trago, no era la suya, sino la del otro, que le quitaba el agua que él bebía y, cuando se saciaba, no le dejaba ni lamer el cuero.

    —¿Y eso? 

     Cada trago es una lágrima derramada en una creciente y hambrienta necesidad, cada trago es una lágrima de agua perdida en el cuerpo nada más ganarse. Cada trago es un rugido de una tripa que se llena solo de falsas esperanzas, cada trago es un gruñido de insatisfacción.

*

     —Soy malo.

     La bota de agua la había vaciado alguien que nunca tuvo sed, alguien con la tripa hinchada. La bota de agua estaba vacía y ahora el ladrón se culpaba. Se culpaba de no haber dejado al sediento beber ni una gota, de no haber pensado, mientras bebía, en saciar su sed.

     Pero el cansancio vence a aquel que se arrastra por el desierto y lleva a su garganta la arena. Sin embargo, jamás parece vencer a alguien cuya sed lo ciega, cuya empatía con el que ni tenía sed es mayor que su propio respeto. El sediento le da consuelo, a pesar de haberle quitado todo. 

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