Para Martín Burgos, el día de ayer fue el último. Su muerte en sí no fue muy interesante y probablemente no sea digna de relato, pero sí lo es la persona que fue y lo transcurrido después del acontecimiento. Él fue, sin duda alguna, lo que se considera una buena persona. Yo lo consideré una buena persona. Al contrario de como soy yo con mi cinismo y pesimismo, que envenenan a todos los que se me acercan, él tenía un talento para hacer sonreír; no reír (no era muy chistoso, aunque intentaba serlo), solo sonreír. Al contrario de mí, le gustaba ver a la gente sonreír y, al contrario de mí, una de las pocas cosas que le molestaban de este mundo era cómo lentamente las sonrisas eran más y más raras de encontrar. Me interesó conocerlo bien cuando me di cuenta de que era el único ser invulnerable a mi actitud y pensamiento envenenante. Entonces comencé a preguntar sobre él y cada persona tenía una mejor descripción de él que la anterior. Vi como algunos pocos infelices (que, honestamente, se parecían mucho a mí), probablemente dudando de su famosa buena naturaleza, le provocaban y le trataban de una manera en la que me resultaba obvio que el resultado esperado era una reacción violenta. Nunca lo consiguieron.
Me hice amigo de Martín Burgos y fue de los mejores que he tenido. Pronto me di cuenta de que el que estaba siendo envenenado esta vez era yo. Su irritante positividad fue lo primero en sintomatizarse en mí. Al verlo mantener y defender con fuerza su buena naturaleza frente a malditos infelices con los que nos encontrábamos en nuestro día a día, que solo vivían para hacerle la vida imposible a otros, no podía simular no estar inspirado por esta persona. Antes, yo hubiera insultado o empezado una pelea con cualquier infeliz en la calle para darles a probar un poco de lo que hacen sentir a otros en un día a día, pero después de conocerlo a él, comencé a aguantar esas pulsiones de venganza que tan seguido me nacían. Había momentos en los que me atrapaba a mí mismo hasta con una sonrisa.
Ayer murió. No voy a desperdiciar mucho tiempo describiendo su muerte, no fue muy especial. Salió a hacer unas compras y en el regreso a su casa (lo he recorrido con él algunas veces), que es por un callejón estrecho y oscuro, le atracaron. El asaltante se tuvo que haber puesto nervioso o algún malentendido hubo, pero lo acuchilló y, momentos después, Martín Burgos murió. Todo esto es normal, pero lo que no llego a entender es lo siguiente:
Su cuerpo permaneció en ese callejón dos días. Nadie preguntó por él durante el sábado y domingo (yo tampoco). Ese callejón, aunque oscuro e inseguro en la noche, es transitado y seguro de día. Cientos de personas caminaron al lado de su cuerpo en descomposición. Hasta que, por fin, el lunes por la mañana alguien se quejó del olor y lo encontraron poco después. El cuerpo de la mejor persona que he conocido solo se encontró porque alguien se quejó de su olor.
Ahora me acuerdo de todo lo que olvidé cuando conocí a Martín Burgos; he vuelto a ser la misma persona que fui antes de conocerlo. Reconozco que él no se habría enfadado con la humanidad si hubiera sabido lo que ocurrió después de su muerte. Él hubiera dicho algo enfermizamente positivo acerca de la buena naturaleza de la gente y tal vez me lo hubiera creído hace unos pocos días. Estoy seguro de que a través de alguna gimnasia de lógica él habría llegado a perdonar a su asesino y a todos los que no preguntaron por él durante dos días y medio. Yo no perdono ni quiero perdonar ni al asesino, ni a toda la gente hipócrita que no ha preguntado por él, ni a todos que han caminado a lado de su cuerpo, ni a mí mismo.
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