18/10/25

La noche del cambio [Marco Yuguero]

Era una noche templada en el corazón de Seúl, con el murmullo constante de la ciudad colándose por las ventanas abiertas del amplio apartamento de Hye-Sang.

Las luces LED teñían las cortinas blancas de rosa y azul, y en el centro del salón, rodeadas de mantitas, almohadones y cajas abiertas de maquillaje, se encontraba el pequeño círculo inseparable: cinco chicas y un chico.

Él, Min-Jun, era la encantadora excepción del grupo. Desde la primaria había estado con ellas, compartiendo recreos, secretos, penas y alegrías. Aunque el resto de los chicos siempre le preguntaban por qué prefería estar rodeado de chicas, para él no había duda. Nadie lo entendía tan bien como ellas.

Aquella noche era especial. Era el cumpleaños número dieciocho de Hye-Sang, la más apasionada, femenina y soñadora del grupo. Con sus estrictos padres fuera por unas horas, ella había organizado una clásica fiesta de pijamas: mascarillas, manicura, pelis dosmileras y mucho maquillaje esparcido por la alfombra por la prueba y error.

Las chicas llevaban sus pijamas más adorables: conjuntos de felpa rosa, camisones ajustados con moñitos y calcetas hasta el muslo con lacitos blancos. Hye-Sang lucía un conjunto de pijama de invierno de peluche. Algunas iban descalzas, con esmalte de uñas secándose y risas burbujeando entre bocados de tteokbokki.

Min-Jun, llevaba su típico pantalón deportivo y camiseta básica, aunque ya había accedido a dejarse poner una mascarilla. Pero pronto su destino cambiaría.

—¡Min-Juuuuun! —canturreó Ji-Ah, acercándose con un set de pinceles y una paleta de sombras pastel—. ¡Ya es hora de que te transformemos!

¡Uhhhh!

—¿Qué? No, no, no... —protestó, riendo nervioso, como hacía otras veces—. ¡Yo…solo vine por la comida y… la buena compañía!

Pero mientras las palabras estaban saliendo de su boca, ellas ya lo estaban rodeando, como depredadoras adorables que analizan a su presa, lanzándose sobre él con delineadores y lip tints en mano, y él vio sus ojos iluminandose con un tono peligroso y rojizo.

—¡Vamos, Oppa! —dijo Hi-Yeon, la más dulce—. Siempre nos apoyas. ¿Por qué no probar algo nuevo hoy?

—¡Prometemos no subir fotos! —aseguró Soo-Min, guiñándole un ojo.

Min-Jun levantó las manos, resignado, riendo mientras su corazón latía con fuerza. No sabía exactamente por qué le ponía nervioso… quizás era la idea de ver hasta qué punto podía encajar en su mundo.

Las horas siguientes se convirtieron en un torbellino de carcajadas, manos suaves tocando su rostro, pestañas falsas colocadas con precisión milimétrica y capas de base, rubor y brillo. Incluso le pusieron unas lentillas azul cielo, haciéndole parpadear sorprendido al ver su reflejo con aquellos ojos de muñeca.

El toque final fue un delineado fino, labios rosados ligeramente abiertos y pequeños stickers brillantes en las mejillas.

Cuando por fin se levantó del cojín, ellas lo rodearon para observar su obra.

Wow! —susurró Hye-Sang, llevándose la mano a la boca—. ¡Min-Jun, pareces una de nosotras!

Él también se quedó quieto, viendo su reflejo en el espejo de cuerpo entero. La piel pálida, los labios jugosos, las pestañas largas… su rostro, de por sí delicado, ahora era prácticamente idéntico al de sus amigas.

What the hell…? —murmuró para sí, fascinado y un poco aturdido.

Pero no se detuvieron ahí.

—¡Hora de las uñas! —exclamó Ji-Ah, sacando un set de uñas postizas rosas con brillitos.

Sentado entre ellas, sintiendo cómo se pegaban una a una las uñas largas y redondeadas, Min-Jun se sentía curioso… vulnerable, pero también era de algún modo divertido. Como si estuviera explorando un territorio prohibido y, a la vez, completamente seguro.

Fue entonces cuando escucharon el ruido de la puerta.

—¡Es mi appa! —chilló Hye-Sang, mientras su rostro empalidecía—. ¡Min-Jun, escóndete!

Pero era tarde. Las chicas miraban desesperadas alrededor, hasta que Soo-Min, rápida, tuvo una idea.

—¡Póntelo! —dijo, lanzándole uno de los pijamas más exageradamente femeninos de Hye-Sang: un conjunto de felpa rosa pastel, con short bombacho, lacitos y una bata de orejas de conejito .

Sin tiempo para pensar, Min-Jun se deslizó dentro del pijama. Sentía la felpa suave rozando sus piernas, elástico apretado en la cintura y los pompones rebotando en su pecho.

El corazón de Min-Jun latía desbocado cuando el padre entró en la habitación. Él bajó la mirada, inclinándose un poco como hacían sus amigas, con las manos cruzadas en el regazo y una voz suave:

—Annyeonghaseyo…

El padre, después de un largo escrutinio, las dejó en paz, asumiendo que él era sólo otra de las amigas de su hija, y después de un par de advertencias sobre no hacer ruido y acostarse temprano, salió, cerrando la puerta con fuerza.

El silencio fue absoluto durante unos segundos… hasta que estallaron las risas.

—¡No puedo creer que funcionara!—. Hye-Sang se lanzó sobre Min-Jun, riendo con lágrimas en los ojos—. ¡Eres oficialmente una de nosotras ahora!

Min-Jun sonrió, aún sin poder procesar del todo lo que acababa de pasar.

—Quizá… —dijo, tocándose los labios pintados— ... no está tan mal ser una de ustedes por una noche.

—¡No solo una noche! —Ji-Eun exclamó, sacando más accesorios—. ¡Mañana seguimos!

Esa noche, mientras se acomodaban entre almohadas y risas, Min-Jun no pudo evitar pensar que había descubierto un lado suyo que nunca había imaginado. Uno que solo sus amigas, con toda su confianza y cariño, le habían permitido ver.

Y bajo las luces rosas del cuarto, rodeado de ellas, vestido igual que ellas, por primera vez no se sintió diferente. Se sintió, simplemente, parte de algo.

*

—¡Yaaa! No puedo creer que tu appa pensara que Min-Jun era una de nosotras —soltó Hi-Yeon entre carcajadas, agarrándose la barriga mientras se tumbaba sobre el futón.

Jinja, jinja! Entró rápido por el pasillo para dejar la caja de pastel y ni siquiera miró bien. Solo dijo «¡Ah, están todas mis niñas!» y se fue sin notar nada raro —respondió Hye-Sang, con los ojos brillando de diversión. Se tapó la boca con las manos cubiertas de glitter rosa para no reírse.

Min-Jun sintió cómo el rubor le subía hasta las orejas. El pijama que llevaba, unas pantaletas cortas de satén rosa pastel con volantes blancos y una camiseta sin mangas de encaje translúcido con un pequeño lazo en el pecho, no ayudaban a su dignidad masculina. Tampoco lo hacían las calcetas altas que le había prestado Ji-Ah, con corazones bordados y pompones que se movían con cada paso.

Se abrazó las piernas, intentando desaparecer dentro del inmenso cojín con forma de fresa.

«¿Cómo terminé así? Bueno… lo sé. Me lo pediste tú, Hye-Sang…».

—Además, ese pijama era mío —intervino Ji-Ah, señalándolo con una sonrisa nostálgica—. ¿Te acuerdas, Hye-Sang? Lo llevé a la excursión de secundaria, cuando dormimos todas juntas en el hanok de Jeonju.

—¡Claro que me acuerdo! Dijiste que te sentías como una princesa de un manhwa.

—¡Era mi favorito! Pero te lo presté para Min-Jun porque ya no me entra. Y mira cómo le queda… kyeoptaaaaaa. —Ji-Ah hizo un corazón con las manos.

Las demás empezaron a corear al unísono:

Kyeopta! Kyeopta! Uri Min-Jun-ie kyeopta!

«Dios… Me están matando. Pero… tampoco es tan horrible. Pero bueno en realidad… no está tan mal. Es…cómodo. Y… cálido».

Y entonces la vio a ella.

Hye-Sang, sentada en la ventana baja de la habitación, con las piernas cruzadas como en una sesión de meditación.

Estaba mirando al cielo nocturno, con una latita de Milkis en las manos, perdida en sus pensamientos.

Desde el futón, se oyeron murmullos:

—¿Están teniendo un drama moment?

—¡Shhh! No los mires. Dales intimidad.

Omooo, esto es como un episodio de Our Beloved Summer.

—Yo os shippeo. Totalmente.

Y mientras Seúl seguía latiendo allá afuera, en ese pequeño rincón lleno de maquillaje desordenado, tazas con restos de bingsu y mantitas de peluche, dos corazones encontraron por fin su compás.

*

El cielo sobre Seúl se había teñido de un rosa pálido, como si alguien hubiese vertido jugo de frambuesa sobre el mundo. No sabíamos si era un atardecer extraño… o el presagio de algo más.

Habíamos subido a la azotea de Hye-Sang y estábamos todos allí, acurrucadas sobre mantas de felpa con estampados de ositos y frases en inglés, el tipo de cosas adorables que solo encuentras en los mercados nocturnos de Hongdae.

—Min-Jun, ¿aún llevas mi pijama? —me susurró Hye-Sang, divertida.

—Me lo diste tú —murmuré, ajustándome los tirantes finos que se me deslizaban por el hombro. El algodón era tan suave que sentía como si no llevara nada. Pero justo cuando iba a protestar, una luz cruzó el cielo.

No era una estrella fugaz. Era demasiado lenta… demasiado deliberada.

—¿Qué…es…eso…? No es un avión… —dijo So-Hee, ya con su móvil apuntando al cielo.

Y entonces el aire se dobló.

Una especie de portal líquido se abrió sobre nosotros, reflejando fragmentos de constelaciones que no pertenecían a este universo. Una esfera translúcida descendió sin ruido. Las luces neón de Seúl seguían parpadeando a lo lejos, ajenas a lo que estaba ocurriendo en nuestra azotea.

La cápsula flotante se abrió con un susurro grave. Y de ella emergió una figura más alta que cualquier humano, cubierta por una túnica que parecía hecha de la Vía Láctea misma, con tentáculos flotantes que no tocaban el suelo. Su rostro era cambiante, como si un millón de emociones lo atravesaran al mismo tiempo .

—Escaneo rutinario de género.

Entidad femenina: Necesaria. Parámetros a seguir: Pureza. Belleza. Juventud. Necesarias.

No teman.

Procedimiento de escaneo en curso.

Su voz era coral y se escuchaba en mi mente más que en el aire.

—¿¡Qué!? ¡¿Espera que?! —exclamó Hye-Sang

—¿Qué está diciendo...? —susurró So-Hee, agarrándome la muñeca.

Un rayo verde nos recorrió como un escáner de supermercado. Pasó por todas… y se detuvo conmigo. Vibró. Se agitó. Luego lanzó un ruido chirriante.

Vibraba con patrones en un idioma que parecía un poema fracturado.

—Error. Un espécimen no coincide con parámetros femeninos. Iniciando corrección automática de ADN.

*

Entonces el mundo se deshizo bajo los pies.

Mi cuerpo comenzó a encenderse por dentro. Como si mi cuerpo entero se desdoblara y se rehiciera con la precisión de una sinfonía imposible. Mi visión se nubló por una lluvia de partículas violetas. Y entonces vino el calor.

El calor subió como un temblor desde mis tobillos hasta la coronilla. Sentí cómo mis músculos se derretían y se redistribuían como plastilina viva. Mis hombros se estrecharon. Mis brazos se afinaron, como si alguien los hubiera esculpido de cero. Mis manos se volvieron pequeñas, con uñas brillantes, suaves como gelatina.

Y entonces… una ola me recorrió de golpe y mis pectorales comenzaron a hincharse bajo el top rosado. El encaje se levantó con cada segundo, como si estuviera llenándose con crema batida. Mis caderas se ensancharon con un «clack» casi visceral. Las piernas se alisaron y estilizaron, redondeándose con una curva que nunca había tenido. Mi trasero... ¡Dios mío, sentía como si tuviera dos almohadas perfectamente formadas sujetas a mí!

Mis muslos ahora eran suaves; mis tobillos, delicados.

Y mi cabello creció como una cascada de seda castaña con mechas doradas: largo, ondulado, brillante. Caía por mi espalda hacia los nuevos glúteos.

Mi piel se volvió tersa, de un tono cremoso y uniforme, como si me hubieran pasado un filtro. Sentí cómo mis mejillas se redondeaban y se teñían con un rubor suave, y una capa de maquillaje perfecto apareció por arte de magia: sombras rosadas, pestañas largas y rizadas, labios con gloss de cereza. Mi nariz se afiló como la de una idol del Mnet, mis ojos se agrandaron con un brillo cristalino que parecía artificial.

Bajé la mirada, lento, viendo cómo el encaje del escote caía sobre un valle suave y carnoso que antes no existía.

Mi voz, al intentar hablar, salió como un susurro agudo, dulce, con un deje tímido…

La luz del rayo se disipó como un perfume en la brisa.

Quedé allí, de rodillas sobre la alfombra rosada, y por un instante no supe si estaba despierto o si me había disuelto en el sueño de otra persona. El aire olía a leche de almendras, a sombra de cereza. Las chicas me rodeaban como si fuesen pétalos humanos.

Me miré las manos. Me toqué el rostro. Me estremecí.

«¿Esto soy yo...? ¿Por qué me siento como fuera de mí?».

—Corrección completada con éxito.

Unidades femeninas detectadas: cinco.

Todas las unidades aptas.

Iniciando protocolo de recolección.

Yo pestañeé. La sensación era extraña. Las pestañas eran pesadas, largas, suaves como alas.

—¿Min... Min-Jun-ssi...? —balbuceó So-Hee, mirando mis piernas largas que ahora sobresalían del pijama como si fueran de una idol K-pop.

Yo apenas podía moverme. El nuevo peso en mi pecho se balanceaba suavemente al respirar.

—... Oppa, ¿estás bien? —preguntó Ji-Ah, tocando con un dedo mi nueva mejilla maquillada.

No supe qué responder. Me sentía como si flotara dentro de mi propio cuerpo.

Mi cuerpo se quedó de pie, tambaleándose, con los brazos caídos a los lados, como si cada centímetro de piel hubiese sido reemplazado por seda. El viento suave de la azotea me rozó el abdomen y sentí un escalofrío. Todo estaba más sensible. Cada brisa, cada roce de la tela contra mi cuerpo me llegaba como un suspiro sobre la piel recién desnuda.

—Oye… —dijo Hye-Sang, sonriendo—. Eres hermosa.

Me agarraron de los brazos. Me miraron como si fuera una obra de arte que se hubiera escapado del Museo de Seúl.

—¿Te puedo tocar? —susurró Ji-Ah. No esperó respuesta. Me alzó la melena, pasó los dedos por mi cuello, tocó mi mandíbula perfilada—. Tu piel es perfecta, ¡madre mía!, y este brillo en tus labios…

—Tiene gloss natural —añadió So-Hee, pasando un dedo por mi boca—. Sabe a cereza.

Yo solo podía respirar. Intentar comprender.

—Mira tus piernas... Eres… preciosa… —susurró Hye-Sang; y pasó los dedos por mi muslo.

Yo también las miré.

No eran mías. Eran columnas de leche tibia, firmes pero suaves, curvadas como pinceladas de una pintura al óleo. Se tocaban cuando me sentaba. Obedecían a una lógica que no era la mía. Y, sin embargo, obedecían mis pensamientos.

Cada parte de mí parecía flotar levemente. Era como si mi cuerpo no tuviera peso, sino deseo.

Oh my god...! —gritó Ji-Ah, de repente —. ¡¿Min-Jun tiene pechos más grandes que yo?!

So-Hee se acercó por detrás y me agarró de la cintura.

—Tu cintura es tan pequeña que puedo rodearla con las dos manos. ¿Y este trasero? —me dio una palmadita suave—. ¡Esto no lo tenías antes, eh!

—¡Ya basta! —dije, pero no con fuerza. Porque no estaba segura de querer que pararan. Una parte de mí… sentía algo.

Hye-Sang se puso frente a mí con un espejo de mano en forma de corazón. Me lo ofreció en silencio con una cara embobada.

Lo tomé.

Y vi a una chica preciosa. Inocente. De mirada húmeda.

Mis ojos ya no eran míos: ahora eran de cielo. Llenos de estrellas líquidas. El gloss en mis labios no era pintado: había nacido en mí. Y las pestañas... eran abanicos de plumas negras, batiéndose lentamente cada vez que parpadeaba.

Me toqué el cuello, el contorno de mi nueva mandíbula afilada como de escultura. Los dedos se deslizaron por la clavícula, ahora más delgada, más grácil. Todo era redondeado, delicioso, contradictorio.

El pelo caía como una cascada sedosa por mis hombros. Y mis pechos… grandes, brillantes, temblaban levemente al respirar. Todo mi cuerpo se curvaba de formas imposibles. Me tocaba las piernas cruzadas con dedos finos, ahora míos. Y en el reflejo vi una sonrisa tímida.

Me tocaron. Me tocaron como quien toca algo sagrado y extraño. Ji-Ah, con la palma abierta en mi cadera. So-Hee, con dedos temblorosos en el hueco entre mis pechos. Hye-Sang, con la yema de sus uñas trazando líneas en mi espalda.

Yo me dejé tocar. Porque no sentía vergüenza.

Solo sentía… belleza.

No era yo. Pero estaba dentro de ella.

—¿Y qué se siente? —me preguntó Hye-Sang, con mucho interés.

Me quedé en silencio.

—Lo que se siente es… como si tuvieras fiebre, pero no duele. Como si recordaras un amor que nunca tuviste. Como si fueras carne que soñaba con ser flor. Y al fin lo consigue —dije.

—Y estás preciosa… —susurró ella, sin dejar de mirarme.

—¿Y por qué no me transformas también a mí ? —preguntó Ji-Ah, con rabia contenida—. ¿Y para qué sirve todo esto?

—Estética. Exposición. Archivo. El universo busca belleza. Vosotras sois las elegidas.

—¿Y yo… sigo siendo Min-Jun? —pregunté, mi voz ahora suave, musical, desconocida y encantadora.

—Sí, lo estás siendo —me guiñó Hye-Sang, acercándose a mí con una ternura que nunca antes me había mostrado—. Y... te ves preciosa…

Me cogió de la mano.

Pero justo la bola estelar empezó a hablar.

—Iniciando Abducción. Todos inconscientes durante transporte. No teman: dulces sueños galácticos.

Por el agujero, el cielo descendió una nube de colores, psicodélicos. No era azul. Era púrpura eléctrico, verde fluorescente, violeta lácteo.

Una nube de polvo brillante descendió. Intentamos correr, pero los párpados nos pesaban.

La nube se infiltró en nosotras, con aroma a jazmín eléctrico.

La nube del cielo comenzó a arder.

No es una metáfora. ardía como el infierno. Entonces sentí que se abrían rosas de fuego de donde caían tentáculos translúcidos como hilos de gelatina cósmica. Al tocarnos, se sentía como terciopelo empapado. Las luces eran fucsias, turquesas, doradas.

La música que surgió no era sonido: era un lenguaje de recuerdos falsos. Canciones que no habíamos escuchado pero que nos provocaban nostalgia.

Y entonces el caos se desató.

—¡Nos están llevaaando! —gritó So-Hee, sujetando una columna de la azotea mientras un lazo de luz le rodeaba los tobillos.

—¡Está frío! ¡Está vivo! ¡¡No me lleven, mi skincare está abajo!! —chilló Ji-Ah.

Yo flotaba. Mis pechos vibraban suavemente con el movimiento. Mi cabello danzaba como una medusa en el agua.

El suelo desapareció. Perdimos el cielo de Corea, los tejados de Seúl, las luces suaves del GS25 de la esquina. Todo.

La última imagen que vi antes de desaparecer fue la de Hye-Sang agarrándome la mano.

Y entonces una voz final, como la de un dios muerto, nos habló:

—Nadie recordará vuestros nombres. Pero la galaxia se acordará de vuestra forma. Habéis sido belleza. Y eso basta.

No hacia un destino. Sino hacia el olvido más hermoso.

Y entonces todo se volvió morado.

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