25/10/25

Vinilos [Valeria A. Favieres]

        Alisa era una persona normal.

        Habíamos estado trabajando en el mismo departamento durante años. Ambos habíamos llegado juntos y aún nos manteníamos así.

        Sin embargo, no solíamos hablar.

        Ella era alguien sociable. Saludaba a todo el mundo y sería capaz de mantener una conversación con una pared si no hubiese gente cerca de ella.

        Por alguna razón, yo nunca había escuchado su voz de cerca. Solo podía captar sus conversaciones de lejos, en un susurro prácticamente imperceptible

        Nuestros compañeros ponían excusas. Decían que simplemente no éramos compatibles. Que, a veces, uno simplemente no podía llevarse bien con todo el mundo. Era normal. Pero todos tenían ese aire de nerviosismo que delataba la mentira.

        Aun así, ya había asumido que Alisa no quería hablarme, por algún motivo. No tenía razones para cambiarlo, así que me resigné a ello.

        Fue quizá esa resignación la razón por la que me sorprendió encontrármela esa mañana en mi mesa. En cuanto me vio, se levantó, saludándome con la mano. Me había estado esperando.

        —Pensé que no llegarías —me dijo con una sonrisa.

        —He llegado a tiempo —fue mi simple contestación.

        Estaba confundido. No entendía por qué razón esta mujer, con la que nunca había mantenido una conversación, me estaba hablando como si fuésemos cercanos.

        —Esta tarde, después del trabajo —volvió a hablar, decidida—, ven conmigo al centro.

        No fue una pregunta. Tampoco una orden. Era una petición sin más. Lo más lógico habría sido rechazarla y ponerse a trabajar.

        —Está bien — accedí. Había algo en cómo hablaba que me hacía imposible decir que no.

*

        Esa tarde, al terminar el trabajo, Alisa vino por mí de nuevo.

        Me hizo seguirla hasta una parada de autobús y ambos nos subimos en el primero que pasó por ahí. El que pasaba por el centro.

        El ambiente era animado. Demasiado para mí, quizás. Había una gran cantidad de personas que hablaban prácticamente a gritos para poder oírse entre la multitud. Podía escuchar por lo menos a dos artistas callejeros en la misma calle, tocando música de géneros distintos al mismo tiempo. Los teléfonos sonaban de forma estridente cada vez que alguien respondía una llamada.

        Lo odiaba. Cada sonido servía para añadir un elemento más a la cacofonía que amenazaba con dañar mis oídos de forma permanente.

        Pero Alisa parecía disfrutar. Se paraba frente a cada artista callejero hasta que terminase su canción, hablaba con cualquiera que se dignase a entablar una conversación y su propio teléfono sonaba con cada notificación, puesto en volumen alto.

        Ella me arrastró por las calles principales, entrando a cada tienda. En una de ropa, diciendo que quería preguntar sobre sus estilos. En una de libros, para hablar con los dependientes sobre sus gustos literarios. No había ninguna tienda donde no entrase.

        Entonces se paró en seco delante de un escaparate oscuro, escondido del resto de tiendas. Miraba al interior con una emoción difícil de distinguir.

        —Entremos aquí —dijo y, sin esperar respuesta, abrió la puerta.

        El interior de la tienda estaba iluminado por una única lámpara. Era un lugar de aspecto antiguo. Una tienda de vinilos.

        Mientras miraba los discos con aburrimiento, no podía evitar preguntarme cómo no habían cerrado aún el establecimiento. Pocos tipos de personas compraban ya cosas así.

        Sonaba de fondo una canción de David Bowie. Alisa tarareaba de mala manera la melodía, dejando en claro que nunca había escuchado antes esa música.

        —Es un sitio bonito —comentó, pasándose a mi lado para ver las diferentes bandas.

        —Es antiguo —dije yo, porque la palabra ‘viejo’ sonaba menos bonita.

        —Puede —tarareó ella distraídamente mientras leía los títulos de los discos—. Pero eso le da parte de su encanto, ¿no crees? Y el ambiente está cargado de sonido.

        Al menos en una cosa tenía razón. No importaba en qué me centrase, siempre escuchaba algún ruido en concreto.

        Si no me fijaba en nada, destacaba la música, en un volumen medio. No lo suficiente como para ser molesta, pero fácil de escuchar.

        En el momento en el que me olvidaba de la música, podía escuchar el aire acondicionado, enfriando la estancia para hacer frente al calor de fuera.

        Si no, la conversación en voz baja de los dos dependientes aparecía. No podía distinguir de qué hablaban, pero podía oír sus palabras.

        El sitio estaba lleno de sonidos, tal y como había dicho ella.

        Al final, Alisa compró un disco de Queen. Uno de los primeros. Dijo que si tenía que elegir uno solo, sería ese. No entendí a qué se refería exactamente, pero no mencioné nada al respecto.

        Se hizo tarde. Ya había anochecido, pero, en lugar de volver, acabé sentado en una cafetería junto a ella.

        Pidió algo de beber, iniciando una conversación animada con el camarero que nos servía.

        Ella habló mucho. Era algo que parecía hacer siempre. Pero en cuanto otra persona tomaba la palabra, se quedaba callada, escuchando con atención.

        Si me pongo a pensar, no recuerdo de qué hablamos. Abarcamos muchos temas. En algún punto, Alisa debió decir algo gracioso, porque comencé a reír.

        Ella se quedó callada, observándome con atención hasta que la risa fue muriendo poco a poco y mi mirada se clavó en ella con confusión.

        —Haces un sonido bonito —me dijo con un tono extraño—. Cuando te ríes, me refiero. Gracias.

        Yo la seguí mirando.

        —¿Gracias? ¿Por qué?

        —Por dejarme escuchar tu risa.

        En ese momento no entendí de lo que hablaba. La conversación siguió fluyendo sin ningún problema.

*

        Tras ese día, Alisa desapareció del trabajo. 

        Me informaron de que había pedido una baja, pero nadie sabía el motivo. O quizás no quisieron explicármelo.

        Pasó un mes antes de volver a verla. 

        Entró por la puerta como si el tiempo no hubiese pasado. Sonreía a la gente como de costumbre.

        Pero no hablaba con nadie. Miraba a todos con atención, pero ya no podía escuchar sus conversaciones lejanas. No saludaba ni preguntaba cosas.

        Poco a poco, la gente se alejó de ella. La seguían tratando igual, pero nadie hablaba con Alisa.

        No fue hasta mucho más tarde que alguien me dijo lo que pasaba. Fue una compañera, apiadándose de mi estado de confusión.

        —Ménière —me dijo, con la pena clara en su tono—. La ha tenido durante años, pero fue hace poco cuando alcanzó la fase final. No puede escuchar nada.

        Me sentí idiota. Porque fue solo en ese momento cuando todo cobró sentido.

        Las conversaciones, los silencios cuando otro hablaba, cómo se paraba a escuchar a los artistas callejeros o hablaba con la gente. Su comentario sobre elegir Queen y cuando me agradeció que me riera.

        Estaba aprovechando. Porque algo que yo solo veía como ruido, para ella era una experiencia que no volvería a ocurrir.

        Esa tarde fui hasta el centro. Escuché a todos los artistas en la calle. Saludé a la gente y entré a la tienda de vinilos.

        Me quedé allí durante horas, escuchando la tenue música que ella jamás podría oír de nuevo. Me pregunté cuánto tardaría en olvidar los sonidos de las cosas. 

        Compré un disco de Queen. Hasta el día de hoy está en mi casa. Siempre que lo miro pienso en ella. Pienso en su fuerza y en su sufrimiento. Y lloro, porque vivir en un mundo silencioso se ha convertido en mi peor pesadilla.

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