21/10/25

Un puente entre sus mundos [Lucía de Brito]

 Suena la sirena que indica que las clases se han acabado. Miles de niños llenan la calle principal que conecta el colegio con el mercado. Los únicos que esperan en doble fila en la puerta del colegio son los ansiosos padres que buscan entre la multitud la mirada de sus hijos para no llegar tarde a las actividades extraescolares que, en una sociedad como esta, con tal de tener a los niños ocupados, hacen cualquier cosa.

Todos menos los padres de Olivia. Es hija única y vive entre la rareza y la genialidad. Se abstiene con facilidad, pues tiene un secreto. Complace a cambio de que la dejen en paz. Se siente atraída por la profundidad de su interior. A veces incluso puede olvidar que existe el exterior. Ha creado un mundo invisible para los demás; nadie sabe lo que piensa cuando con los ojos fijos en una ventana empieza a sonreír o cuando coloca sus peluches en las escaleras y juega a ser la profesora. Juega, pero para ella es algo más; conversa con lo imaginario y da vida a los juguetes otorgándoles voz, sentimientos y corazón. Ha encontrado comprensión en aquello que sólo ella puede ver y sentir.

A la hora de dormir, apagar la luz de la habitación es una ardua tarea. Le es imposible cerrar los ojos sin rememorar las escenas vividas en el colegio una y otra vez. En casa no la saben ayudar, no consiguen llegar a la raíz de lo que para los demás es extraño. Olivia está cansada de que le impongan la normalidad.

–Y si no me entiendo en este mundo, debo crear otro donde poder ser quien yo quiera, así como descubrir mi camino más adelante, ¿no?

A preguntas como esta, los padres no saben qué hacer ni decir. Se sienten fracasados, creen que han educado mal a su hija o, peor, no la han educado como al resto.

¿Quién quiere ser como el resto y perder su voz? grita la niña desde su habitación.

En una consulta médica, el Dr. Mann, médico adjunto de la sección de medicina general en el ambulatorio, se encuentra en la vacuidad de su trabajo, siempre haciendo lo mismo. Su secretaria entra y le descubre, desesperado, con la cabeza sobre la mesa, maldiciendo.

¿Es esto lo que quiero? Mis días se repiten como cuando era pequeño en mi habitación, la diferencia es que antes podía hacer lo que quería con mi tiempo. Sin embargo, aquí tengo que regirme por una normalidad que nos absorbe.

¿Hay que ser normal y seguir el camino de los demás, aunque sienta que no es el mío? ¿Por qué tenemos que regirnos por los patrones que les funcionaron a otros solo porque les funcionaron a ellos?

Dr. Mann, ¿se encuentra bien? Si le sirve de algo, le comprendo. Pero ¿no cree que eso es algo que debió pensar antes de condenar su vida al sufrimiento?

El Dr. Mann se acerca a su secretaria y le indica con la mano que se siente a su lado.

Recuerdo de pequeño que era un niño solitario y muy creativo, no tenía amigos ni creía que los tuviese que necesitar, pero mis padres se sentían violentos ante sus amistades. No era normal que un niño no tuviese amigos. Me condujeron por el camino que, para ellos, fue menos doloroso. Me llevaron a un psiquiatra que me recetó unas pastillas que borraron mi imaginación. Las anfetaminas de aquella época eran realmente eficaces. Me hicieron efecto en su momento, pero ahora estoy pagando las consecuencias.

¿Tengo a alguien citado esta tarde?

La secretaria, con los ojos húmedos, se incorporó y respondió con seguridad:

Sí, una niña. ¿Quiere que la anule?

El Dr. Mann negó con la cabeza y se giró a mirar la ventana que estaba tras él y la secretaria salió de la consulta.

Los padres de Olivia deciden poner fin a la incertidumbre de no saber qué le ocurre a su hija. Piden cita en el ambulatorio y acuden de forma urgente.

Olivia, asustada, llama a la puerta de la consulta asomando su delicado rostro. El médico, nada más verla, se ve reflejado en ella. Ignora los protocolos médicos y se dispone a hacer las preguntas correctas.

Pasa, siéntate. Olivia, ¿tienes amigos? ¿Con quién juegas en casa?

El silencio fue denso y entre murmullos se acercó a la mesa del médico y le dijo:

No, señor; no sé por qué todo el mundo está empeñado en que los tenga. Juego sola y me lo paso en grande. No sé por qué creen que tengo un problema. ¿No puede ser solo que no haya encontrado a nadie afín a mí? Dígales a mis padres que no hay ningún problema. Además, sí, tengo un amigo.

El médico se asombra con la respuesta de la niña que despierta en él su pasado más traumático, de cuando él fue un niño solitario.

¡Ah, bueno! Entonces no hay ningún problema. ¿Puedo saber cómo se llama tu amiguito?

La niña es consciente de que en algún momento tiene que contar su secreto. Se resiste, pero puede que el médico no sea su enemigo.

Se llama… no puedo, señor. Recéteme algo para que mis padres se queden tranquilos, pero que no me impida imaginar. Mi amigo invisible es todo lo que tengo.

Ha contado su mayor secreto a un desconocido. Al salir de la consulta, la niña sujeta con delicadeza una hoja con las indicaciones para tomarse las pastillas que le ha recetado el médico, aunque ella no entiende lo que pone, la letra de los médicos es imposible de entender. Al llegar a casa, deja la carta sobre el mueble de la cocina y se olvida de lo ocurrido, porque tiene que prepararse para ir al colegio. Olivia odia el colegio y, mientras hace la mochila y se pone el uniforme, murmura:

Está repleto de niños que desean controlar el mundo, que con trece años ya tienen una silla reservada en la empresa de sus padres. Niñas con aspiraciones autoritarias que controlan lo que quieren porque nacieron teniéndolo todo sobre la mesa. Dinamitarán el mundo desde algún despacho vestidos de traje y culparán a otros por el desastre, porque quieren éxito sin sacrificios y dinero sin responsabilidades.

Los padres ignoran sus palabras y la llevan al colegio. Al llegar a casa, cogen la carta del médico y, mientras leen lo que pone, de sus rostros brotan lágrimas.

 Queridos padres:

Yo soy médico general, pero me apasiona la psicología y lo que le pasa a su hija es normal. Detesto esta palabra y sé que como a ella a mí tampoco me representa, pero muchas veces tranquiliza saber que no eres del todo diferente a los demás. Su hija está bien, solo está sola. Se siente sola, cree que es invisible y que nadie la ve. Sufre en silencio y siente que ustedes no la entienden. No se asusten, aun sintiéndose así, su hija es fuerte. Ha creado un mundo donde es feliz y tienen que dejarla serlo allí porque ese sitio le brindará la seguridad necesaria para vivir en este. Es pequeña pero no saben lo increíblemente inteligente que es: se conoce mejor que yo. Nunca recibí esto de nadie, así que con este acto no sólo les ayudo a ustedes.

 El médico, ese día, se dio cuenta de que no quería ser médico sino psicólogo y se inscribió en la universidad de adultos a los treinta y seis años para homenajear al niño que fue. Por otro lado, Olivia se hizo mayor y, con la comprensión de sus padres, logró construir un puente entre sus mundos para poder viajar allí cuando lo necesitase, ya que siempre estaría ligada a las historias como las historias a ella, haciéndose discípula del arte.

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