25/10/25

Memoria [Valeria A. Favieres]

        Al principio, casi parece seguir viva. Su recuerdo permanece grabado en mi mente y todo a mi alrededor me obliga a pensar en lo que ella alguna vez fue.

        Camino por la calle y juro escuchar su voz en el viento, cantando la misma canción que solía entonar mientras limpiaba. Si me esfuerzo, incluso veo su silueta, sonriendo como cada vez que alguien entablaba conversación con ella.

        Siento las hojas de los árboles caer sobre mí y su tacto me recuerda las caricias de sus manos. Cómo abrazaba a cualquiera que lo necesitase, nunca falta de amor por los demás.

        Veo ropa en las tiendas y debo recordarme que ya no está aquí. Que a pesar de que en algún momento ese fue justo su estilo, ya no volverá a vestir nada. Nunca más.

        El tiempo pasa y su figura se opaca poco a poco. 

       Empiezo a levantarme por las mañanas con la sensación de haber olvidado algo. Es un sentimiento doloroso. 

        Y cuando quiero pensar en ella, me doy cuenta de que ya no sabría decir de qué color eran sus ojos. ¿Como agua de manantial? ¿O quizás como una noche de invierno?

        Sigo con mi vida, porque el tiempo no hace excepciones, pero mi cuerpo se siente morir cada vez que pienso en ella. Ya no resulta tan sencillo recordarla.

        Olvido después sus expresiones. Solía sonreír mucho, pero ya no podría decir qué tipo de sonrisa era ni las intenciones detrás de la misma.

        Los extraños amables dejan de llevar su expresión puesta. Ahora son solo desconocidos. Ya no llevan en ellos su recuerdo. Sé que no es justo, pero duele tener que mirarlos a la cara todos los días y ya no poder pensar que quizás, en cada persona, se encuentra una parte suya.

        El día que olvido su voz no salgo de casa.

        Ese día canto la misma canción que siempre entonaba ella, pero ya no escucho su voz susurrando conmigo, acompañando mis versos. Solo puedo escuchar la mía. Por alguna razón suena incluso más apagada de lo habitual. Más triste.

        Ya no puedo cerrar los ojos e imaginar que me habla. No puedo pensar en ella y verla frente a mí, preguntando por mi día o hablando del suyo. 

        Ahora sí cierro los ojos, solo la oscuridad se muestra ante mí. Silenciosa, impasible. Por más que intento obligar a mi mente a conjurarla, nada llega y sé que los vecinos escuchan mi llanto.

        No es rápido, pero poco a poco su recuerdo se aleja de mí, como si ella se lo llevase cruelmente, dejándome solo con el fantasma de su existencia.

        Hay días que olvido su nombre. Hablo de ella y no puedo recordar sus hábitos. Ya no sé cuál era su comida favorita o lo que hicimos en su cumpleaños. A veces, su recuerdo desaparece completamente y sufro por no saber quién me regaló todos los momentos felices.

        El viento deja de cantar su canción y las hojas dejan de ser manos. Todo vuelve a su curso de la manera más desgarradora posible.

        Porque sé que esas hojas solían tener significado. Sé que el viento solía ser más que eso y sé que los desconocidos portaban más significado.

        Pero ya no soy capaz de recordarlo. Camino por la vida, todos los días, todos los años, y sé que hay algo que me falta. Nunca puedo adivinar qué es.

        El último día llega más rápido de lo que habría querido.

        Sé que lo es. Sé que es el final. Todos lo saben.

        Pero ese día sonrío. Porque por fin sé lo que me falta. Ella me espera al otro lado.

        Ella me llama y mis ojos se cierran. Noto sus manos de nuevo, abrazándome, y escucho su voz en mi oído. Puedo ver su sonrisa otra vez y todos sus hábitos están claros en mi mente.

        Dejo atrás todo. Porque ella fue mi vida y ahora será mi eternidad. 

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