Existe un diálogo en el que se mencionan a dos chicas con vestidos de color rojo y celeste, y estas se encontraban sentadas en dos bancos iguales. Encima de ellas había una luna que tenía la suficiente luz como para recordar al sol, pero que las nubes la cubrían, convenientemente, para poder distinguir que era de noche.
Al pasar el tiempo, la chica del vestido rojo dice:
—¡Qué difícil es distinguir la realidad cuando el mundo nos da todo para creer que estamos en un sueño!, ¿no piensa usted?
—En sí, no —respondió la otra chica—. Es muy posible tener tantas cosas irreales y aun así vivir en la realidad. La única manera de poder diferenciarlos es con la sombra, que siempre nos acompaña.
El miedo no les dejaba ver que, a sus alrededores, no había sombras.
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