10/10/25

La casa de la colina [Marco Yuguero]

La casa estaba en lo alto de una colina amable, cubierta de tréboles y musgo como si el tiempo allí pasara descalzo. A su espalda, un bosque de hayas y robles protegía los sueños con su sombra larga y delante, un prado se extendía como una colcha vieja de retazos: amapolas por aquí, dientes de león por allá y, en medio, gallinas que se creían más importantes que los relojes.

Todo estaba ligeramente inclinado, como si el mundo se hubiera apoyado con ternura sobre un costado.

Era un sitio donde los días tenían costuras.

Mi madre, Grace, era la primera en despertarse. A veces antes que el sol.

Llevaba siempre vestidos largos de algodón, con estampados suaves: lavanda, limones, pequeñas letras en cursiva. A veces, para andar por casa, se ponía una bata de franela azul con un bordado de tulipanes que ya había sido zurcido tantas veces que parecía contar su propia historia.

—Despertarse antes que el gallo te da ventaja —decía mientras amasaba pan con las manos enharinadas.

El pan era importante. Lo decía con solemnidad. “El pan le da alma a la casa”, afirmaba, colocando la masa en el horno de piedra mientras el alba aún bostezaba.

Papá —Maine— bajaba después.

En pijama de franela y chaleco sin botones, siempre rascándose la sien como si en sueños hubiera estado resolviendo algo complejo.

—¿Ya se rompió algo? —decía antes de saludar.

Porque siempre había algo. Un pestillo flojo, una teja desplazada, una lámpara que parpadeaba como queriendo llamar la atención. Y papá lo arreglaba todo. No con prisa. Con cariño. Como si los objetos le hablaran en secreto.

A veces se quedaba sentado largo rato con una bisagra en la mano, moviéndola como quien trata de recordar el nombre de un amigo de infancia.

 

La casa de campo donde vivíamos era un lugar feliz. Lo digo con seguridad porque todo olía a sopa recién hecha y a madera cálida. A las gallinas les gustaba posarse sobre el alféizar de la cocina y hasta el viento parecía más suave entre las ramas del tilo. Lo cierto es que los días no tenían prisa por pasar. Se quedaban a tomar el té con mamá. Y, sinceramente, ¿quién no lo haría?

Mamá, Grace, se levantaba temprano para encender la estufa y preparar una rica sopa, aunque fuera agosto.

No importaba. “El cuerpo lo agradece”, decía, con su delantal de cerezas y su moño desordenado.

Papá bajó después a desayunar.

—La tabla del porche cruje otra vez —decía cada mañana.

—Te quiere saludar, Maine —le respondía mamá.

Yo soy Alice. Siempre he sido la que observa. Llevo un cuaderno donde anoto cosas que me parecen “ligeramente inquietantes”.

No es que me guste el drama, pero… bueno. Las gallinas a veces me miran demasiado fijamente.

Mi hermanito, Ciru, es un pequeño erudito de lo imposible. Hoy apareció con una capa de jedi, unas gafas sin cristal y una pistola de pegamento caliente.

—Estoy fabricando un inhibidor de recuerdos —dijo.

—Eso no existe, Ciru.

—Por ahora.

El abuelo Earl estaba en su sillón, con su bata granate, viendo el reloj como si él mismo estuviera retrasado. A veces hablaba en japonés. Me contó por qué lo hacía, pero ahora mismo no lo recuerdo.

—Watashi wa... ¿quién? —preguntó una vez más, con una sonrisa boba.

Madame, la gata, dormía sobre el piano desafinado. No hablaba, claro. Pero uno sentía que sabía más de lo que decía.

Era una vida tranquila en una casa en la colina de un bosque interminable…

 

En la casa de la colina, los días pasaban con la lentitud de la mermelada bajando por una cuchara caliente.

Los lunes eran para hacer pan de higos y ordenar los botes de conservas por colores. Los martes, mamá sacudía las alfombras con una vara de avellano, papá arreglaba el porche (otra vez) y Ciru planeaba una catapulta para lanzar cebollas a Marte. El abuelo Earl paseaba en bata, preguntando si era domingo.

Yo solía llevar un vestido amarillo empolvado con bordado de margaritas en el cuello y un delantal con un bolsillo secreto. Lo usaba para guardar notas, bellotas con formas sospechosas, y una llave oxidada que encontré bajo la alfombra del desván.

La llave no abría nada.

Una tarde, en lugar de buscar ranas bajo las piedras, como de costumbre, decidí subir al granero.

—No entres ahí —dijo papá con su sonrisa templada.

—¿Por qué?

—Demasiado polvo para una nariz tan curiosa como la tuya.

Pero entré. Claro que sí. Como hacen las niñas en las historias que empiezan bien y terminan extrañamente.

Dentro, el granero estaba más ordenado de lo que recordaba. Herramientas pulidas, frascos etiquetados con caligrafía casi médica e incluso un espejo cubierto por una sábana blanca que parecía respirar.

Me acerqué.

Levanté la sábana.

Mi reflejo me miraba… distinto. No sé cómo explicarlo. Era yo. Pero… no.

Parecía recordar algo que yo no.

—¿Esto qué es? —pregunté en voz alta.

—Un error de render —dijo Ciru, que había aparecido detrás de mí—. Lo leí en el foro. Son como fallos. A veces los videojuegos no cargan bien y pasan estas cosas. ¡Je, je, je! ¡Qué ilusión! Justo como en Red Dead Redemption 2.

—¿Por qué siempre hablas así de raro?

—Porque si dijera la verdad, nadie me creería.

—¡Jooo! Tú siempre con tus bromas raras. Deja de hacerlas ya…

—¡Ja, ja, ja! Te lo has creído…

Salí riéndome con Ciru de las cosas que decía y rememorando momentos. Pero, al girarme, ya no estaba segura de que el espejo hubiera estado allí alguna vez…

 

—¿Qué has hecho, pequeña? —preguntó Madame esa noche.

No con palabras, claro. Pero sus ojos, sus bigotes, su indiferencia demasiado elocuente. Algo sabía.

Mamá me acarició la cabeza mientras me ponía el camisón (ese con las cerezas bordadas). Su mano era más áspera de lo normal.

—¿Qué has encontrado? —preguntó en voz baja, sin mirarme.

—Nada —respondí.

Sin embargo, desde ese momento empecé a soñar con ese espejo. Y en los sueños, mi madre lloraba en la cocina, sin saber quién era.

Yo comencé a escribir todo en un cuaderno.

Era importante dejar constancia.

Miércoles. Madame ha traído una nota enrollada en su collar de seda. No entiendo el idioma. He soñado que me despertaba y mamá no tenía cara, y papá se convertía en una cucaracha gigante.

Los jueves eran idénticos a los miércoles, pero con más niebla. Me gustaba anotar esas cosas.

Jueves, 27 de octubre. El gallo ha cantado a las 6:02. Igual que ayer. Igual que anteayer.

Ciru ha dicho “déjà vu” cuatro veces en el día de hoy.

Papá ha arreglado la misma bisagra tres días seguidos.

 

—¿Esto no te parece raro? —le pregunté a mamá mientras ella bordaba servilletas con la palabra ‘recordar’.

—¡Ay, Alice! Tú siempre con tus misterios. Quizás solo estás aburrida.

—Pero…

—Hay cosas que es mejor no saber, cariño.

—¿Por qué bordas la palabra ‘recordar’?

—No lo sé. Me sale sin pensar.

 

 Al día siguiente me desperté, me arregle y me fui a desayunar.

—Estoy fabricando un inhibidor de recuerdos —dijo mi hermanito pequeño.

—Watashi wa... ¿quién? —preguntó el abuelo una vez más, con una sonrisa boba.

Eran exactamente las mismas frases que dijeron otros días en el mismo orden. Papá dijo:

—El porche cruje otra vez —sin siquiera mirar la puerta.

Yo le contesté sin pensar:

—Te quiere saludar, Maine.

¡Qué raro! No quería decir eso. Me salió solo.

—Abuelo —dije un día, titubeando—. ¿Y si todo esto es una historia?

Ella me miró como si tuviera cien años encima.

—Entonces, lo importante es a quién se le ocurrió contarla.

Silencio.

—¿Quién la está contando?

Ella bajó la voz:

—Quizás tú, Alice. Y eso es lo peligroso. Eso es lo que me aterra.

 

Fui al granero. El espejo ya no reflejaba nada. Sólo mostraba una habitación blanca, con una silla de ruedas y una bandeja de medicamentos.

En la silla... yo.

Más vieja. Más pálida. Con una muñeca de trapo entre las manos.

—¿Alice? —dijo la figura en el espejo—. ¿Sigues ahí?

Grité.

Ciru apareció detrás.

—Ya lo sabías, ¿verdad?

—Siempre lo supe. Pero no lo quería ver, no todavía…

Entonces el mundo se apagó.

Como una lámpara que alguien olvidó, encendida en una habitación vacía.

*

Alice abre los ojos.

El camisón que lleva ya no tiene cerezas bordadas, ni es amarillo. Es azul cetrino, de algodón áspero y cosida por el centro de la espalda. Le pica en los hombros.

Hace frío. No hay cortinas.

No hay gatos.

Mira sus manos, mucho más delgadas que en su imaginación.

Las uñas mal mordidas.

Los nudillos vendados.

Del otro lado del cristal, una mujer con bata blanca anota algo en una carpeta. Un gesto minúsculo que a Alice le parece una avalancha.

Un universo que se desmorona con cada trazo.

 

La habitación es blanco roto y está vacía, excepto por una cama metálica, una silla de plástico, un pequeño escritorio atornillado al suelo y una caja de lápices roídos.

Uno de los crayones es rojo.

Lo ha usado para escribir cada noche y día.

En un cuaderno de tapas rojas. Historias sobre una casa en la colina de un bosque. Con nombres repetidos. Con días calcados. Con sopas y panes. Con gallinas. Con un granero. Con una familia.

 

Pero hoy el crayón está roto.

*

Los médicos dicen que sufre trastorno por estrés postraumático severo, disociación, paranoia residual y brotes psicóticos estructurados en forma de narrativas complejas.

O dicho de otro modo: su mente tejió una historia para evitar mirar el agujero que quedó después del fuego.

Dicen que el incendio fue rápido, que empezó por una lámpara de aceite.

Su madre intentó salvar a Ciru, que había corrido al granero.

Su padre intentó sacar a todos y despertar al abuelo que ya estaba dormido por el humo hacía mucho tiempo.

Solo Alice salió. A través de una ventana estrecha, empujada por su propio padre que puso la supervivencia de su pequeña por encima de la suya.

 

La enfermera entra en una habitación del Psiquiátrico San Elías.

—Alice, cariño, ¿has estado escribiendo de nuevo?

La joven de trenza deshecha sonríe. Acaricia a una muñequita de una gata deshilachada. Habla con ella. Le dice que mamá ha hecho sopa y que Earl está aprendiendo japonés.

 

La enfermera sustituye el crayón roto por uno nuevo y cierra el cuaderno rojo. En la primera página dice: “La casa de la colina, por Alice Harwell. Memorias.”

—¿Te gustaría salir al patio hoy, Alice?

Alice no contesta. Se gira hacia la ventana.

Solo hay una explanada gris y un seto.

No hay un bosque.

No hay una colina.

No hay un granero.

Pero en su mente, sí.

Ella se niega.

Y se pone a escribir otra vez.

Desde entonces, escribe.

Y reescribe.

Y reescribe.

Como si pudiera vivir allí para siempre. En un tiempo feliz.

 

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