19/10/25

Enredadera [Inés Soledad]

Siempre termino así: enredada, incluso dentro de mí misma, perdida en esa piel en la que las brújulas y los mapas de mi cuerpo de nada sirven para encontrarme.

Soy una enredadera.

Camino escuchando el resonar de mis pasos por el sendero de gravilla. Y es que casi soy capaz de distinguir, a lo lejos, el eco de una música que, como yo, va extinguiéndose poco a poco.

Fijo la vista, una vez más, en ese ancla salpicada de estrellas que parecen cernirse sobre mí, esta vez ahogándome con un brillo que, hace tiempo —casi en otra vida—, vi reflejado en una mirada de tonos verdes y azulados. Una mirada que se marchó sin mirar atrás, que olvidó que un corazón volvió a latir.

Caigo al suelo, de rodillas, con lágrimas de cristal deslizándose por mis mejillas. ¿Cómo congelar un instante en la memoria, dejar que un recuerdo conserve la misma nitidez que cuando se vivió? ¿Existe algún pegamento para el recuerdo, para reconstruir los pedazos que una vez fuimos?

Y me descubro así, entre gotas de rocío, observando una enredadera que me devuelve la mirada ante la magnitud de lo que el papel y la tinta son incapaces de contener; me desbordo palabra a palabra.

Las raíces, fuertes, robustas y valientes —todo eso que nunca fui—, se anclan al suelo con entereza. Y es que ya apenas quedan resquicios de la chica que, desde el alféizar de la ventana, jugaba a fantasear con teñir de color una vida condenada al monocolor.

Los nudos llegaron de golpe y sin avisar. En algún momento, los hilos invisibles que entretejían todos esos «y si» empezaron a crecer peligrosamente, enredándose —enredándome— con cada decepción que se quedaba atascada entre el corazón y la garganta. Los nudos aprietan, ahogan. E incluso las enredaderas, enredadas por naturaleza, también necesitan respirar, deshacerse de esas contradicciones tan profundamente humanas.

Siento la humedad de la tierra en las puntas de los dedos de los pies y me obligo a levantar la cabeza, a no dejar que más lágrimas rebeldes resbalen por mi rostro. La medianoche dibuja sombras siniestras alrededor de la enredadera. Y, casi sin darme cuenta, logro vislumbrarlo: la luz dentro de la oscuridad. Apenas un haz que se cuela entre las rendijas.

Pero es luz. Luz.

Las luces y las sombras —unidas, porque es imposible concebirlas por separado— se tradujeron, desde el principio, en recovecos por explorar y espinas que dejaban a su paso regueros de sangre.

Con la primavera llegaron los insectos. Algunos eran plagas que atacaban indiscriminadamente cada hoja, cada tallo, cada vida que germinaba disimulada entre tanto verde. No puedo evitar pensar que algunas personas son así: buscan los destellos de vida en los demás y los destruyen.

Sin embargo, no todos los insectos son depredadores, enemigos que juegan con dagas y sonrisas.

No.

Los gusanos de seda se entremezclaron con el resto de insectos, intentando pasar desapercibidos. Y, finalmente, una tarde de junio, varada en el refugio del atardecer, nacieron las mariposas. «Metamorfosis», recordé que se llamaba: ese puente en el que se dan la mano pasado y futuro, revelando así una belleza hasta ahora desconocida: la belleza del dolor.

Reprimo un escalofrío mientras me pierdo una vez más. El frío me muerde la piel, pero no importa. Ahora nada importa: solo seguir reflejándome en el espejo que soy.

Miro mis manos. Hay anhelos brotando de ellas como brotes verdes, pequeños, frágiles, pero son míos. Míos. La palabra ‘salvaje’ podría definir a la perfección este momento que sabe a hojas ondeando al viento. La libertad tiene un regusto dulce y amargo.

Cuando era pequeña, solía perderme por todas partes —costumbre que, pese a los años, no ha cambiado— y una vez fue una anciana la que me ayudó a encontrar a mi madre. Mientras ella se esmeraba en regañarme una vez más por haberme separado de su lado, la mujer se echó a reír y le dijo a mi madre, mirándome a los ojos: «No te preocupes. Esta niña nació con las alas equivocadas». Hoy, todavía, esas palabras siguen revoloteando en mi cabeza.

Y, como si de una película se tratase, despierto de ese sueño que no es sueño, sino recuerdo. Por primera vez soy consciente —plenamente consciente— de lo que me rodea: las flores, las sensaciones. Y es que las hay de todos los colores y sabores: camelias, lilas, jazmines celestes y, las que siempre fueron mis favoritas, las margaritas.

Pero las rosas… las rosas…

Rozo sus pétalos color carmesí con las puntas de los dedos. Esas rosas que siempre crecieron en la enredadera que soy y que parecen embotellar en ellas esa asíntota llamada amor.

Me levanto despacio. Sonrío. La sonrisa me tiembla en las comisuras de los labios.

El verano, con ese halo de nostalgia que desprende a su paso, pone fin a esa cuenta atrás que empezó con Madrid y terminó con la fugaz Barcelona de tus ojos.

Quizá ser enredadera siempre fue caminar en círculos. 

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