¿Acaso soy digno? ¿Acaso soy digno de ser? ¿De vivir? ¿Quién soy yo, más que otro cobarde con mil y un arrepentimientos? ¿Quién soy yo, más que otro débil sin razón para ser, sin razón para vivir? Fantasmas del pasado me persiguen por todos lados; llevan los nombres de quienes amé y a quienes fallé, y sus recuerdos no se alejan de mí en ningún instante. No vivo como un hombre: existo como un recipiente vacío y mi cuerpo no es más que un instrumento para la mezcla caótica de mi odio del pasado, el miedo del presente y el deseo del futuro.
¿Quién soy yo para juzgar a otro si yo mismo camino imperfecto? ¿Quién soy yo para protestar por los errores de otro si vivo sentado en un trono de pecados? Me balanceo entre la llama ardiente de mi soberbia y el abismo eterno de mi culpa, angustiado por en qué infierno de mi ser terminaré cayendo. Un hemisferio de mi alma quiere vengarse del mundo y verlo arder; el otro lado de mi espíritu quiere arrodillarse ante él y pedir disculpas. Me digo que es demasiado fácil anclarse al odio y culpar al resto del mundo por las injusticias de mi vida que yo mismo no fui capaz de prevenir. Es demasiado fácil rogar que termine mi dolor cuando yo mismo soy quien lo alimenta. No me miento: también insisto en tomar el poder del perdón, dar el cariño que cualquiera puede necesitar y ofrecer la oportunidad de redención a aquellos que la buscan. El ser humano está lleno de errores, pero también posee el don de aprender. Sin embargo, paradójicamente, el amor que doy al mundo no lo considero para mí mismo. A veces lo anhelo; otras veces pienso que no lo merezco. Entonces sigo perdido, haciéndome las mismas preguntas: ¿Acaso soy digno? ¿Acaso soy digno de ser? ¿De vivir?
Mi alma vagará por la eternidad… y, en el fin de los tiempos, podré ver si el bien que habré intentado hacer pudo redimir todo el mal que habré cometido. Entonces, finalmente, sabré si alcanzaré la paz que siempre he deseado… o si caeré en las eternas llamas del inframundo.
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