1/10/25

Verano en la piel [Inés Soledad]

         Hay algo, cuanto menos, nostálgico en el inicio del verano. Quizá sea esa sensación de encontrarse al borde del abismo que suponen esos tres meses —junio, julio y agosto— donde todo es posible porque aún está por escribir, imaginar y vivir. Todo junto, todo entremezclado. Todo sin ti.

Junio es sinónimo de punto y final, ese cierre de capítulo imposible de ignorar. Son finales, atardeceres y recuerdos que se desdibujan en el horizonte. Junio es bailar con los ojos cerrados, vacía y pletórica, pictórica y vacía, en mitad de una calle cualquiera.

Julio, como el tan ansiado primer capítulo del verano. Julio es escaparse en mitad de la noche y sin equipaje, con tan solo un par de certezas mal dobladas al fondo de la maleta, como los dos adolescentes rebeldes que somos y fuimos una vez. También es un mes cubierto por un halo de magia, ese en el que uno se permite creer en lo improbable: que existe el pasar de página, que las primeras veces siempre vuelven y que enamorarse de nuevo —quizá, solo quizá— no es una locura. Julio son madrugadas respirando de verdad, entre besos bajo el cielo estrellado. Son miradas contenidas que se quedan grabadas para siempre en la memoria y miles de palabras y mensajes convertidos en «y si» que se desperezan lentamente.

Agosto son los rayos incandescentes del sol quemándote la piel. Agosto son locuras, cantar a pleno pulmón, labios sabor a fresa o leer tumbado, sintiendo el calor de la arena en las puntas de los pies. Pero agosto también son lágrimas. Lágrimas amargas, derramadas durante el último día de verano. Es hacer la maleta sin querer, olvidando demasiado y guardando demasiado poco. Es entender que el amor —esto que construimos una tarde de junio cualquiera— tenía fecha de caducidad incluso antes de que fuéramos conscientes de ello.

Y así, perdida entre fragmentos de lo que fuimos, verano y amor han dejado de ser sentimientos. Fueron fuegos artificiales de colores estallando y arrasando con todo a su paso, pero ahora no son más que eso: palabras, letras entrelazadas entre sí.

Vivo estancada en un eterno verano. Un junio que no deja de atormentarme con un cierre de capítulo que no llega. Un julio que es un recuerdo constante de la magia que no volverá. Y un agosto con decenas de maletas que se amontonan frente a mi puerta.

Supongo que, en el fondo, eso eres tú: una estación que no se va, un verano que siempre vuelve aquí, a ti, aunque tú ya no estés.

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