6/10/25

El obituario del coraje [Antonio Lissot]

     No pude volver a casa. Mis heridas eran demasiado profundas para poder sanar. Tenía la espada de mi hermano atravesando mi estómago, pero lo que más dolió fue su traición. Intentaba levantarme en esta llanura de nieve, repleta de soldados caídos que había derrotado yo con mis propias manos, pero apenas pude, especialmente con ese viento helado que soplaba y carecía de esperanza. Lentamente, sentía como la vida se me escapaba de las manos. No la quería soltar, pero sé que debía dejarla ir.

De repente, a pesar de mi visión borrosa, pude ver a un hombre de negro, encapuchado, ofreciéndome su mano tan pálida como la nieve que me tenía atado al suelo. La agarré, me pude levantar y con una voz que podía trascender los universos, el señor encapuchado me dijo:

—La vida fue cruel contigo. ¿No es así?

No sabía qué responder. Era como si las vibraciones de su voz atravesaran mi pecho y no mis oídos.

—Pues sí —le contesté—. Pero no importa. Debo seguir luchando. Mi familia, la poca familia que aún me queda, me está esperando en esa ciudad. El frío no me va a detener.

El señor exhaló una risa sofocada, manteniendo esa mirada tranquila pero intimidante. A través de sus ojos de oro, me hizo saber que no me iba a hacer daño, pero indefenso era lo último que parecía.

—¿Y la espada que tienes entre los intestinos tampoco te va a detener? —agregó él—. Admiro tu determinación.

—No tengo elección. Incluso me podrías clavar una espada más y aún tendría fuerzas para volver a mi hogar.

Se rio otra vez.

—Éste sí que no decepciona. ¡Qué lástima que me lo deba llevar!

—¿De qué hablas? —le pregunté, pero por dentro ya podía adivinar lo que estaba ocurriendo.

—Ya todas tus fuerzas se acabaron. El mundo que ves ahora es el mundo que acabas de dejar.

—¡No! —exclamé impacientemente—. ¡Aún no me puedo ir! ¡Se lo prometí a mi mujer! ¡A mi hijo!

—Las promesas son sólo cenizas de un mundo posible que vuelan en el viento de la muerte. No puedes volver.

—¡Sí puedo! ¡Sólo déjame!

Intenté alejarme de él, pero se agarró de mi capa y no me dejó ir.

—Por favor —le rogué como si tuviera la espada en el corazón y no en el estómago—. Nunca me perdonaré si caigo aquí. ¿Quién amará a mi mujer de la forma que merece? ¿Quién le enseñará a mi hijo a pescar y a lanzar flechas con el arco? ¿Quién les asegurará que todo va a estar bien cuando parezca que el mundo se está acabando?

— David —dijo la Muerte con un tono melancólico—. Tanto coraje en tu corazón, pero tan poca fe en el futuro...

—¿A qué te refieres? —le cuestioné con lágrimas de frustración.

—¿Acaso crees que todas tus batallas no valieron para nada? Cada duelo, cada victoria, cada sacrificio… ¿Crees que no salvaste a nadie?

Me quedé callado mientras miraba el suelo.

—Sufriste, pero sobreviviste. A pesar de todo el mal que este mundo te ha hecho, transformaste ese dolor en un arma para el bien. Lloras por tu familia, pero te olvidas de las generaciones que salvaste con tu sangre y tu sudor.

—¿Acaso soy digno de la salvación? ¿Un hombre tan imperfecto y tan débil como yo?

Me tendió su mano cálida, levantó la mirada hacia mí y me consoló:

—No pudiste vencer al destino, pero igualmente te sonríe, porque sabe muy bien que tu sacrificio no fue en vano.

Me ofreció otra vez su mano. Quise mirar atrás para ver la ciudad a la que nunca podría regresar, pero decidí no hacerlo. Tomé su mano, cerré los ojos y en tan sólo un instante pude saber…

…que siempre fui digno.

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