Piensa. Contempla las ojeras, el pelo revuelto y los labios fruncidos del reflejo. Su vida siempre ha sido un caos, pero antes era de otro tipo: una espiral vertiginosa que giraba y se hundía cada vez más adentro de ella y terminaba por agujerear su calzado, penetrar en el suelo y clavarse muy, muy abajo. Se sorprende de que entonces no entendiera por qué le costaba tanto andar con esos zapatos soldados.
Ahora salta, pero no siempre fue así. Solía marearse con cada pequeño movimiento; las noches de ojos empapados y mente despierta le quitaban el apetito y todo el mundo sabe que, por muy escuálida o bonita que se sea, sin energía no se puede pretender bailar en las fiestas.
Escribe. A diferencia de antes, lo hace desde el recuerdo, la herida vendada que pronto será cicatriz, el puñal con sangre seca que consiguió arrancarse del pecho. Durante muchos años mojaba la pluma en las gotas espesas de su hoja manchada y utilizaba rojo, no negro, para sus relatos.
Sana. Poco a poco, se recupera de esos años. Ahora casi nunca se ahoga y come, y ríe, y no le preocupa lo que digan o al menos así lo intenta.
Sonríe y se abraza frente al espejo. Es lo que tendría que haber hecho hace mucho.
Que arte
ResponderEliminar¡Gracias!
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